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Hablar de Roberto Servitje, CEO de Grupo Bimbo, es hablar de un hombre visionario, cuyo modelo de negocios permeó hace cuatro décadas en una nueva cultura empresarial en México… sin romanticismos.

Estableció una serie de conceptos que involucró inversión en el capital humano como principal activo. De ahí derivaron otros preceptos, como ética empresarial, conservación del medio ambiente y participación en la comunidad en temas como nutrición y educación. Como pionero de la doctrina Empresa Socialmente Responsable, Servitje sabía que cada uno de éstos no podía ir ajeno el uno del otro, llevando más allá de la responsabilidad a un concepto también de sustentabilidad, y con congruencia. Por ejemplo. La inversión aplicada por el empresario para el desarrollo de tecnología plástica biodegradable ha sido millonaria, a fin de que los empaques de todos sus productos, 10 mil para ser exactos, se degraden en un lapso de entre tres a cinco años (versus 400 años del plástico normal). También ha sido impulsor de campañas a favor de la reforestación, del financiamiento a microempresarios, de la educación…

Su contribución a esta cultura empresarial ha tenido efecto dominó. Inspiró a decenas de empresas a implantar programas de esta índole, y a crear alianzas conjuntas. Abrió brecha para la creación de la asociación civil Centro Mexicano para la Filantropía (Cemefi), con una membresía de mil socios, quienes han desarrollado dentro de sus organizaciones programas para generar equidad, solidaridad y prosperidad comunitaria, en temas sociales y económicos.

Sin embargo, aunque el empresariado de Quintana Roo no ha estado exento de adquirir esta cultura empresarial, lo ha hecho conservadoramente, tratándose de un padrón de 33 mil empresas (versus seis que aplican tales conceptos). Y esta cifra no es más que una manera de tomar el pulso sobre la falta de seriedad para trabajar en una visión conjunta de sustentabilidad, de la que pende al cien por ciento el negocio del turismo, nuestra fuerza económica.

Sin un concepto de responsabilidad social no se puede hablar de un entendimiento de conservación ambiental. Sin preservación natural no se puede hablar de generación de inversiones, ni de generación de fuentes de empleo, ni de prosperidad, ni de equidad.

Corruptelas para permisos irregulares, con los subsecuentes daños ambientales, no han contribuido a generar esa cultura de responsabilidad social y sustentabilidad que el destino demanda. Y en ese sentido, no creemos que todo se resuelve únicamente con un enfoque empresarial, en algunos casos, como éste, sería preferible también involucrar una visión de estado.

Como el efecto dominó generado por Roberto Servitje y su gran organización Bimbo, empieza a haber indicios de que las empresas quintanarroenses involucradas en las ESR  están generando a su paso adhesiones empresariales comprometidas. Faltará la voluntad política auténticamente comprometida con el modelo de sustentabilidad para cerrar el eslabón.

 



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