Año 6 Número 66 Septiembre 2008

 
   

¡Basta ya!

La primera tarde, de confusión total, se atropellaron las llamadas preguntando si era yo la víctima.
Los días que siguieron, al conocerse los horrendos detalles del asesinato de Fernando Martí Haik, los amigos llamaban para enterarse si debían darme el pésame, con la inquietud de averiguar si éramos parientes.
No lo éramos.
Pero repetir que no existían lazos familiares no fue ningún alivio.
Hace poco más de cinco años tuve la suerte de conocer a su padre, Alejandro Martí. Le pedí una entrevista tras la apertura del Sport City, en Cancún, y hablamos de sus negocios durante una tarde larga en otro Sport City, creo que en Plaza Loreto, en la Ciudad de México.
La coincidencia de un apellido poco común nos llevo a comparar ancestros. Mi abuelo paterno, le conté, se afincó en San Luis Potosí, a mediados del siglo pasado, con ansias de ganadero. Su abuelo, me confió, se estableció en México poco antes de la Guerra Civil, donde fundó la primera sucursal de Deportes Martí, en las calles de Venustiano Carranza. Ni traza de parentesco, ni siquiera un indicio del más casual de los encuentros.
Pese a tan frágil conexión, Alejandro decidió que era suficiente para llamarnos ‘primos’.
Y en ese tono condujo la charla, ‘mira, primo’, ‘fíjate, primo’, ‘apúntale, primo’, mientras desgranaba los datos financieros de su emporio. Más allá de tanto desenfado, su visión empresarial me pareció tan sólida y congruente que le propuse que apareciera en la portada. Aceptó sin regateos y su rostro sonriente, con escenografía de gimnasio deportivo, engalanó la cuarta edición de Latitud 21.
Meses más tarde lo llamé para invitarlo a nuestra fiesta anual, la Noche de las Portadas. Tras remolonear un poco, volvió a aceptar: allá nos vemos, primo. Vino con su esposa, recibió una ovación plena en reconocimiento a su trayectoria, se comportó con esa calidez y esa bonhomía que hoy conoce todo México.
Desde luego, no puede haber alivio, ni sirven las palabras de consuelo, para la magnitud de la tragedia que hoy viven Alejandro y su familia.
Eso lo entienden los millones de mexicanos que salieron a la calle el 30 de agosto para decirle al gobierno que ya basta, que todo tiene un límite, que no se puede vivir así.
Pero sería un error pensar que la congoja es unánime: no todo el mundo lamenta la afrentosa muerte de Fernando Martí Haik, aunque en público se den golpes de pecho. De hecho, son demasiados quienes vieron el salvaje crimen tan sólo como una oportunidad para medrar en la arena política.
Desde hace años México está secuestrado por una partidocracia rapaz, que le apuesta sin recato al fracaso del gobierno en turno, aunque se lleve al país entre las patas. Esa óptica enfermiza, que se viste de cualquier color, propone como prioridad asaltar y conservar el poder a cualquier precio: el bienestar ciudadano es tema secundario. Arraigada en todos los niveles del gobierno y de la oposición, la consigna permanente es torpedear las iniciativas del adversario, buscar que fracase, lograr que se desgaste, paralizarlo, inutilizarlo, aunque esa rebatinga abone el terreno para la guerra del narco y la industria del secuestro.
Ahí hay más que una complicidad involuntaria: hay un incentivo directo al baño de sangre que vive el país.
La violencia en México tiene solución, como la ha tenido en otros países, pero requiere mano firme (incluso mano dura), mente fría, mucha paciencia, y sobre todo un acuerdo entre las cúpulas, para establecer una estrategia blindada que nadie se atreva a boicotear.
Urge despolitizar el combate a la violencia.
Mientras eso no suceda, nuestra vida, nuestro patrimonio, nuestra tranquilidad, incluso nuestros hijos, no son más que moneda de cambio.


 
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