Al final tenía, de hecho siempre tuvo, unas enormes ganas de vivir.
Tal vez por eso escogía, para sus fiestas de cumpleaños, los escenarios más estrambóticos.
Quiero bailar un danzón, llévenme al California Dancing Club, exigía.
Vámonos en bola a oír a Paquita la del Barrio, organizaba.
En mis 75, quiero ir a Garibaldi, a cantar con los mariachis del Tenampa, decidía.
Y ahí íbamos en bola, hijos y nietos, parientes y amigos, cómplices entusiastas en esas gozosas excursiones al inframundo. Un poco fuera de lugar, con sus elegancias en el vestir y sus modos de señora fina, por fuerza se convertía en el centro de las miradas, mientras tropezaba con los pasos del cha cha cha o coreaba los pegajosos lamentos de las rancheras.
Otro poco fuera de lugar lucía en los grupos políticos que luchaban por la que fue su gran pasión: el feminismo.
Allá por los sesenta, ama de casa eficaz, madre de familia de tiempo completo, de a poco fue adquiriendo conciencia del papel secundario y subalterno que las mujeres asumen por decisión ajena. Empezó por escribir en un periódico (su columna se llamaba Pensándolo bien), pero al rato vinieron las conferencias, los congresos, las entrevistas, las exhortaciones a pasar a la acción.
De ahí sólo hubo un paso hasta los desplegados, la denuncia de leyes injustas, el acoso a funcionarios
retrógrados, la militancia comprometida y abierta, que implicaba asistir a los mítines, a los plantones, a las marchas, y alzar la voz en defensa de todas las trabas que aún asfixian a la mitad del género humano.
Pero no parecía lógico ver a esa señora tan arregladita, presidente de una institución de beneficencia,
traje sastre a la moda, prendedor en la solapa, pañuelo de seda y blusa de encaje, argumentando en plaza pública por la igualdad de salarios, denunciando a los maridos golpeadores,
reclamando la despenalización del aborto o protestando por la ablación del clítoris de las mujeres africanas.
Esa cruzada personal la condujo a codearse con gente de toda alcurnia, catálogo variopinto de oficios y posiciones que se apersonó en su imprevisto velorio. Filántropos y empresarios, funcionarios
y embajadores, feministas y maestros, secretarias, músicos, contables, artistas, sirvientas y choferes de otras épocas, además de la numerosa y dolida parentela, muchos desconocidos entre sí, muchos con semblantes aturdidos, tal vez porque el lazo que los unía acababa de rom-perse.
Eso sí, todos conmovidos hasta la médula (me pareció ver), con lágrimas que le dan sentido a lo de pérdida irreparable (quiero creer), cuando las notas del trío iniciaron la última serenata, porque una mujer así no podía despedirse de este mundo en silencio.
De su legado, primero rescato una humilde pero magistral lección, y ésta es que la suavidad no está reñida con la firmeza, que la seriedad es más efectiva con humor, y ante todo que las convicciones
profundas, incluso radicales, no te obligan a perder el estilo o a renunciar al amor.
Cuando me encontraba camino a las exequias, todavía en el aeropuerto de Cancún, un amigo cálido, aún ignorante de la noticia, me saludó con una fórmula ritual: ¿todo en orden?, preguntó.
Me sentí incapaz de entrar en detalles: todo en orden, respondí.
Entonces sonríe, muchacho, si todo está bien, se despidió.
Pensándolo bien, creo que tiene razón: dondequiera que se encuentre, mi madre ha de estar sonriente y juguetona, sabiendo que, rodeada de ángeles y demonios, va a festejar su próximo cumpleaños en el paraíso.