Año 5 Número 55 Ocubre 2007
Glass Bar

Sal y Pimienta
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Sal y Pimienta
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*Las críticas que presentamos en este espacio gastronómico están soportadas en las experiencias personales de expertos en restaurantes de Latitud 21. Todos los lugares que se mencionan aquí son visitados en anonimato y Latitud 21 paga por el consumo. Ningún desembolso de otro tipo influye en los comentarios de este espacio gastronómico.

La verdad, Pimienta, a mí me encanta la Quinta Avenida.

- A mí también, Sal, aunque a últimas fechas percibo…mmm… cierto deterioro de imagen. Digamos, como que está menos refinada que antes.

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, Sal, veo muchos puestos en las calles, trenzeras en las esquinas, negocios de tatuajes, y demasiados jaladores en el arroyo, incluso ofreciendo tables dances y casas de mala nota. Peor aún, veo que hay carretas que tapan la entrada de tiendas de marca. Espero que el Ayuntamiento tome cartas en el asunto.

- Ojalá, Pimienta. Y sobre todo que no cometan el error de rentar piso en una calle peatonal. Es triste decirlo, pero si la Quinta no conserva cierto nivel de calidad, que resulte atractivo para el turismo, terminará por volverse territorio de mochileros…

¡Y adiós negocio!

- ¿Sugieres que le puede pasar lo mismo que a la Zona Rosa de la Ciudad de México? 

- Exacto. O lo mismo que al Acapulco tradicional, lleno de vendedores ambulantes, de puestos callejeros, de baratijas, y en permanente crisis económica, vacío de turistas.

- Pero el lugar en el que estamos esta noche, el Glass Bar, sugiere exactamente lo contrario. Está lleno hasta el tope, incluso hay gente esperando para ocupar las mesas exteriores. Y por lo que aprecié al llegar, la impresión es que se trata de un lugar sencillo, pero a la vez refinado.

- Otra vez estás en lo correcto, Sal. Aunque, si te fijas bien, parece sencillo, pero está repleto de detalles elegantes. Echale un ojo al pizarrón que está en la entrada y verás que tienen más de una docena de vinos que venden por copeo, incluyendo un par de espumantes, y las marcas son sólidas, de calidad superior al promedio. Y fíjate en la cava, o más bien debería decir en las cavas del establecimiento, pues varios rincones se aprovecharon para convertirlos en depósitos de vino, donde los mantienen a la temperatura adecuada.

- Pero tienen vidrieras al frente, para que la clientela pueda apreciar la colección. Esta gente sabe tratar el vino.

- Y observa esa mesa larga al fondo, para doce o catorce comensales, con vista al jardín del hotel Mosquito Blue. La usan para grupos grandes, que contratan una cena gourmet, y te la montan hasta con candelabros. Eso es harto sofisticado, y recuerda que estamos en la Quinta de Playa, no en la Quinta de Nueva York.

- Ya veo el pizarrón, Pimienta, pero mis ojos me engañan porque sólo veo marcas que me resultan por completo desconocidas.

- Esa es una apuesta arriesgada de este lugar: sólo te ofrecen vinos italianos, que son una rara avis en México, donde las etiquetas preferidas son las que están escritas en español: mexicanas, españolas, argentinas, chilenas y, si acaso, para los snobs, francesas. Con excepción del chianti, el vino italiano es difícil de encontrar, y hay poca gente que lo aprecia y lo pide. Curioso, porque Italia es el primer país consumidor del mundo…

- Ya veo una cepa que sí conozco, Pimienta, el pinot grigio. Me apetece empezar con una copa de ese blanco afrutado y coqueto, como aperitivo.

- De acuerdo, Sal, pero si me permites yo elegiré un tinto para la cena. Hay tantas uvas interesantes que estoy en un dilema. Por ejemplo, la trebbiano, típica de los grandes vinos de la Toscana. O la malvasia. O la nebbiolo, que produce vinos de gran cuerpo. O la guarnaccia, pariente de la garnacha francesa. O una de mis preferidas, la sangiovese.

- Veo que están en problemas. Mientras te decides, voy a revisar el menú.

- Adelante, pero te sugiero que rompas la dieta mental y pidas algo de entrada y luego un plato fuerte. Aquí las porciones son pequeñas, y algunas tienden a ser diminutas, como se estila en los lugares sofisticados.

- Eso te choca, ¿verdad?

- Sólo cuando tengo hambre, que es casi siempre. Lo que sí te digo es que la calidad es muy buena, lo mismo que la presentación de los platos. Pide un carpaccio, o una ensalada con pato, o una pasta con hongos, o un atún sellado, o cualquier cosa que despierte tu imaginación.

- ¿Y si le pregunto al mesero?

- No te lo aconsejo. Los meseros del Glass Bar, como casi todos los meseros de Playa, tienen la mala costumbre de sugerirte, siempre, camarones o langosta, no porque sean lo mejor sino porque son lo más caro y están tratando de aumentar su propina. Eso es algo a lo que deberían prestar atención los propietarios.

- Pues, por lo que veo en el menú, yo creo que aquí todo está caro.

- En efecto, el Glass Bar es un lugar caro, pero lo vale. Los dueños te cambian calidad por precio y, si estás dispuesto a pagar, como yo lo estoy esta noche, te la vas a pasar de maravilla.

- Pues entonces haz el trabajo completo, Pimienta, y escoge también los sagrados alimentos. Y en cuanto al vino, mi petición sería que elijas uno de esos que te ponen ligera la sangre e inquieto el espíritu, a fin de que la noche sea perfecta.

- Prueba superada, Sal. Ya desde ahora te digo que tengo inquieto algo más que el espíritu. 

 
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