Hay que reconocerle a Rodolfo Elizondo que, en público y en directo, haya declarado su interés por permanecer al frente de la Secretaría de Turismo en el próximo gobierno.
No recuerdo que algo así haya sucedido en sexenios anteriores, porque Turismo siempre ha sido el patito feo de las secretarías de Estado. Hoy es penúltimo lugar a nivel presupuestal, apenas arriba de la Reforma Agraria, pero si se cumplen los pronósticos y esta última desaparece, como desde siempre han propuesto los panistas, Sectur volverá a ocupar de nuevo el paupérrimo sótano.
Pese a todo, Elizondo desea quedarse.
Y hay otros tiradores que, con más o menos méritos, se dice que la buscan: John McCarthy, de Fonatur (quien dice que ya cumplió, que quiere volver a sus negocios); el ex diputado Francisco López Mena (opción grata para las cúpulas locales); el gobernador sonorense Eduardo Bours (pese a su extracción priísta), y hasta el hotelero canadiense Gordon Vyberg, presidente del Consejo Coordinador Turístico (un arrogante que no habla español y cuyo mayor mérito es ser fiel personero de Gastón Azcárraga).
A lo que voy es a que, por primera vez en la historia, quedar al frente de Sectur parece una opción atractiva.
Eso habla de que el turismo ha crecido y se está convirtiendo, con lentitud pero con solidez, en uno de los puntales del desarrollo nacional. Y, por sus características, viene a ser una herramienta ideal para acometer dos prioridades del gobierno entrante: el combate a la pobreza y la creación de empleos.
También es señal, claro está, de que muchos están atentos al empujón que Felipe Calderón le ha dado al tema: fue el único candidato que vino al Foro de Cancún, fue el único que mencionó al turismo en los debates, lo metió a su programa de gobierno, y de remate fue tema central en el primer encuentro que tuvo con los gobernadores.
Todo parece indicar que, después de tantos años, el turismo será tomado en serio.
Claro, falta mucho por hacer, el panorama aún luce complicado.
La debilidad de Sectur no sólo es presupuestal, también es política (no es autoridad en nada), también es estratégica (apenas opina en temas que son torales, como las comunicaciones y el control de las fronteras), también es programática (ni siquiera existe un Plan Nacional de Turismo que fije metas de crecimiento), también es jurídica (las leyes que moldean el sector son, más que las turísticas, las relativas al desarrollo urbano y la ecología).
Pero la coyuntura parece estarse dando porque, más allá de quien sea ungido como cabeza del sector, lo ideal es que sea el propio Presidente quien se mantenga interesado, y esté convencido, de las bondades del desarrollo turístico.
Eso ha sucedido, en gran medida, en todas las naciones que han adoptado el turismo como eje de su política económica, desde la España de la posguerra hasta el alucinante Dubai de nuestros días.
En años recientes, la industria pedía (y parecía mucho pedir), que al menos le pusieran un secretario que fuera turistero.
Hoy, hasta podríamos soñar, que al cabo no cuesta nada, con algo descabellado: un Presidente turistero que haga fuerte a su secretario de Turismo.