Don Jorge Acevedo Torres era un hombre querido por todos. Llegó a Cancún en compañía de su familia en 1977, para participar en la campaña electoral de Felipe Amaro Santana, que buscaba la presidencia municipal. Antes había vivido en Chetumal, donde era un personaje. En Cancún pronto se dio a conocer como una persona abierta, generosa, con un claro sentido del humor.
Amaro Santana lo nombró director de Seguridad Pública y posteriormente se hizo cargo del Fideicomiso del Patrimonio Municipal. En Seguridad Pública se distinguió por su trato caballeroso hacia sus subalternos y siempre dispuesto a servir a la comunidad. Trabajaba día y noche, estaba pendiente a cualquier hora de lo que sucedía en la ciudad.
Acevedo Torres se hizo amigo de todos. Todos lo querían porque se hizo querer con su trato amable, cordial, cortés. Disfrutaba lo mismo de un buen café que de una buena comida y un vino de prosapia. Siempre tenía tiempo para escuchar a sus amigos y su consejo siempre era atinado y prudente. Siempre procuraba sumar, nunca alentaba la discordia sino el entendimiento. Cuando entre amigos se daban, como es normal, malos entendidos, él siempre procuraba mediar con su humor a flor de piel, con su bonhomía característica.
En momentos difíciles para sus amigos él allí estaba, pendiente de los detalles, cuidadoso de las formas. Conocía la condición humana porque había ejercido dos actividades que le permitieron conocer a fondo las grandezas y debilidades de los hombres (y de las mujeres, claro): el comercio y la policía. Era un comerciante natural, aunque por su generosidad muchas veces salía perdiendo en las transacciones. Fue comandante de la Policía Judicial Federal, y en esa dependencia hizo amigos. Los que lo conocieron y trataron en sus años en la Judicial Federal lo recuerdan por su carácter afable, ajeno a los abusos de poder a que son proclives muchos que portan una credencial policíaca, sobre todo del nivel federal.
En Cancún pasó años intensos. Se vinculó a esta ciudad con una vitalidad encomiable. Conocía a todos y a todos estaba dispuesto a ayudar. Durante la gestión de Arturo Contreras Castillo ocupó la Dirección de Tránsito, desde donde realizó una labor todavía recordada por muchos cancunenses de esos años.
Como director de Tránsito estaba en la calle, a veces en una patrulla pero muchas veces caminando para observar el desempeño de sus subalternos. Sus oficinas tenían las puertas abiertas y recibía a todos los que acudían a realizar una gestión, a presentar una queja, a buscar el descuento de una multa.
Don Jorge frecuentaba el desaparecido Café Pop por la mañana y por la tarde a veces iba al café de la señora Capelesso. Era un excelente conversador. Cultivaba este arte como pocos. Viajó mucho. Conoció casi todo su país y gran parte del mundo y tenía un caudal de anécdotas con las que cautivaba a sus amigos.
Con don Jorge me unió una amistad de años. Conocí su pasión por la vida, su amor por Cancún, su elevada nobleza. Tomar un café, una copa o cenar en su compañía era una experiencia siempre grata y recordable.
Una tarde de agosto de 1993 me enteré de su muerte. Allí está esa tarde aciaga en la memoria de una ciudad. A veces, pensando en don Jorge recuerdo unas líneas de Sabines:
“Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto…
y estar en todas partes en secreto”.