Año 3 Número 32 Noviembre 2005
 
   
Vamos a la playa

Aunque hayamos mostrado mucha casta limpiando las calles, aunque hayamos recogido toneladas de basura en tiempo récord, aunque el Presidente Fox haya venido varias veces con medio gabinete, aunque el aeropuerto haya abierto en siete días y aunque estemos seguros que vamos a salir adelante, no hay que hacerse demasiadas ilusiones: el huracán Wilma ha puesto en riesgo la existencia misma de Cancún o, en términos más precisos, su viabilidad como polo turístico.
Y es que este flagelo terminó lo que hace 17 años inició Gilberto: la destrucción casi total de nuestras playas.
Nadie puede llamarse a engaño sobre la gravedad de esta pérdida.
Desde que los banqueros escogieron este sitio en la década de los 60’s, el atractivo que ilustró todos los folletos, que animó todas las conversaciones y que nos dio prestigio a nivel mundial, fue esa luminosa franja de arena calcárea, blanca, microscópica, tan singular y tan suave que se vendía en botellitas como souvenir para los turistas.
Cancún vende sol y playa.
Pero el domingo 23 nos despertamos con la noticia de que esa playa ya no existe.
En efecto, la línea costera que separa Punta Cancún de Punta Nizuc es una sucesión dantesca de rocas pelonas, muros de contención derruidos, albercas colapsadas y hoteles socavados, cuya restauración, en el mejor de los casos, va a llevarse muchos meses.
Mas no tenemos opción: sin playas, más temprano que tarde, Cancún se quedará sin turistas.
Desde luego, anima el anuncio de que la Federación está dispuesta a poner los 20 millones de dólares que requiere el proyecto. Es un problema menos…
Pero eso no significa que al asunto esté resuelto.
De hecho, el asunto está más complicado que nunca. Aún faltan varios permisos federales (SCT, Marina, Hacienda), no están listas las bases de licitación, hay dudas sobre la capacidad legal del Fideicomiso y hay voces que sugieren que Wilma movió los bancos de arena, de modo que se requieren nuevos estudios. Para colmo, Wilma también movió la tersa relación que existía entre el gobierno federal y el estatal, creando un clima de mutua desconfianza que tardará un tiempo en despejarse. 
No hay tiempo para tanto.
Peor todavía, no hay tiempo para nada. Primero, porque la administración de Fox está a punto de entrar en la parálisis de fin de sexenio, y segundo, porque se calcula que el acarreo de arena se llevará 25 semanas, es decir, unos seis meses, mismos que deben situarse en temporada de secas (y no de huracanes, que empiezan en junio). Eso significa que si no hay una draga vertiendo arena a principios del 2006, es muy probable que el proyecto se frustre.
Lo cual equivaldría a un suicidio anunciado, porque si el año próximo nos llega a pegar otro huracán y no tenemos playas, son los hoteles lo que van a terminar en el agua.
Se va a necesitar mucha generosidad, y mucho valor, y mucho liderazgo para sacar a Cancún de esta crisis.
Mas no tenemos opción: o arreglamos la casa, o terminamos con el paraíso convertido en un infierno.

 


 
2005 Latitud 21. Derechos Reservados.