Año 5 Número 59 Febrero 2008
 
   

Para llorar...

A estas alturas, sólo necios y despistados pueden sostener que el movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador está animado por alguna suerte de aliento democrático.
En forma explícita, casi diría brutal, el Peje y sus seguidores han declarado que:
1) No reconocen al Presidente de la República.
2) No aceptan las sentencias de la Suprema Corte de Justicia.
3) No van a permitir que la mayoría legítima sesione, y menos aún, que legisle en el Congreso.
Con estos elementos, hay que ser bobo (o perverso) para suponer que, una vez que acceda al poder (por la vía del derecho, en el 2012, o por la vía de los hechos, pesadilla que puede consumarse antes o después), el líder indiscutido del populismo mexicano asumirá las reglas del juego democrático, pues la esencia del mismo, la obediencia a la voluntad de la mayoría, no la respeta ni ahora, cuando todavía es minoría.
López Obrador maneja su cruzada como un dictador, como Chávez en Venezuela y como Castro en Cuba, sí, pero también como Pinochet en Chile y como Somoza en Nicaragua, porque los déspotas de izquierda son idénticos a los déspotas de derecha: cero tolerancia a la crítica, a la disidencia, a la oposición, todo en nombre del “interés supremo del pueblo y de la Patria” que, desde luego, ellos son los únicos capaces de interpretar.
En resumen, hay que estar extraviado, muy distraído, o de a tiro ser harto cándido, para no calcular que estamos presenciando la génesis de un tirano.
Pero AMLO no es la única incógnita del crucigrama nacional.
Del otro lado, pesa reconocerlo, tenemos un gobierno que no está asumiendo su mandato.
Los demócratas auténticos conocen el valor del diálogo y la tolerancia, pero en caso de ser necesario, tienen que estar dispuestos a aplicar la ley.
Felipe Calderón está fallando en ese apartado. A ojos vistas, está dejando que la cruzada del Peje se desgaste, presa de sus contradicciones (se anuncia pacífica, pero sus bloqueos son violentos y su discurso es incendiario), mas tal es una estrategia de alto riesgo, que está polarizando al país y debilitando al gobierno.
Tal vez Calderón, que en el fondo es un reformista moderado, no esté preparado y/o se sienta muy incómodo al tener que enfrentar esta insurrección civil. Es probable que al final tenga que reprimir, haciendo uso de la fuerza, con lo cual es inevitable que la historia lo juzgue con severidad (él, que lo único que pretendía era figurar como un administrador brillante), pero también es probable que se amilane y que su administración, con el país a cuestas, transcurra entre la incertidumbre y la parálisis.
Otro elemento perturbador es el fiel de la balanza, el PRI.
En su origen partido de Estado, el tricolor está desempeñando el triste papel de una facción oportunista, más que dispuesta a recoger los despojos del enfrentamiento. Ahora están del lado del gobierno, porque le tienen terror al Peje y sospechan que los pondría de patitas en la calle (y hasta de huesos en la cárcel), pero su apoyo a la legalidad está condicionado por el cálculo: si el gobierno actúa, serán los primeros en denunciarlo como un exceso y tratarán de sacarle raja al conflicto.
Y hay un último factor de desaliento: la opinión pública.
Para decirlo sin rodeos, cerca de la mitad de la sociedad mexicana se ha pronunciado en contra de que se aplique la ley. Primero, rechazan que se tomen medidas preventivas o represivas para evitar los bloqueos y los secuestros de tribunas, y, segundo, consideran que la reforma energética sería ilegal, aunque sea aprobada por una mayoría en el Congreso.
Son muy malas noticias…
México se pasó un siglo completo, el XIX, enfrascado en una lucha entre liberales y conservadores, que en varios episodios se convirtió en guerra civil. Sin lograr superar el conflicto, nos pasamos otro siglo, el XX, bajo la tutela de la dictadura: primero don Porfirio, luego el PRI. Y ahora, cuando tenemos una democracia debutante, ya la estamos poniendo en riesgo.
Hay un apotegma atribuido al gurú de la izquierda, Carlos Marx, que reza: los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla.
Nuestro caso es peor: conocemos muy bien las tragedias del pasado (inestabilidad social, guerras civiles, pérdidas de territorio, golpes de Estado, dictaduras), y sin embargo, parecemos ansiosos por volverlas a vivir.

 
Sotano

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