Año 4 Número 38 Abril 2006
 
   

Welcome home

El caos empieza poco después de aterrizar, cuando un solitario empleado de la aerolínea pide a los pasajeros formen una fila para revisar, uno por uno, sus documentos de migración, cerciorándose de que no haya errores. Es difícil saber si las autoridades han solicitado a las empresas que efectúen ese peculiar escrutinio, pero hay que anotar que es algo que no sucede en ningún otro aeropuerto del mundo.
Como sea, ese filtro improvisado puede llevar 10, 15, hasta 20 minutos…
Luego viene Migración propiamente dicha. Como se sabe, hay muchos módulos de revisión (ninguno para mexicanos), pero a pesar de las protestas del público y las promesas de Fox casi todos están cerrados, en parte porque sigue faltando personal y en parte, faltaba más, porque la hora pico de la llegada de las aerolíneas coincide con el almuerzo de los agentes migratorios, de una a tres de la tarde, y no es cosa de tirar por la borda tan cara conquista laboral.
Superar Migración, con ese criterio, suele llevar de 15 a 40 minutos…
Para ese entonces es lógico suponer que las maletas habrán llegado a las bandas distribuidoras, y casi siempre es así.
Pero hete aquí que las bandas distribuidoras son insuficientes para tanto vuelo, y entonces los maleteros del aeropuerto las retiran de las bandas y las apilan aquí y allá, con lo cual hay que peregrinar de montón en montón para recuperar el equipaje.
Con suerte, digamos unos 5, 10, 15 minutos…
Tiene lugar entonces otra improvisada revisión, también única en el orbe: un agente de seguridad privada, quién sabe si del aeropuerto o de la aerolínea, auxiliándose con postes de aluminio (con el propósito manifiesto de que no se le escape nadie), revisa uno por uno los talones de resguardo de las maletas, para asegurarse de que ningún turista distraído (o un amante de lo ajeno, que igual pagó un viaje trasatlántico para birlarse una petaca), vaya a salir con bultos ajenos.
Otros 10, 20 minutos…
Después Aduanas, cuello de botella natural, pues aquí nada más hay dos módulos. Antes había que pasar por el semáforo fiscal, si daba verde seguías, si salía rojo te revisaban, pero ahora todos los pasajeros tienen que colocar su equipaje en la banda de rayos X, el grande y el de mano, no sea que sean cómplices de Osama y quieran introducir taimadamente un par de misiles al país.
Pero eso no es suficiente: después de los rayos X sigue vigente y potente el semáforo fiscal, y si sale rojo te toca revisión, aunque ya hayas pasado el examen de las radiografías
Eso sí tarda: en horas pico 20, 30, 40 minutos…
En total, la cálida bienvenida te lleva, con suerte, una hora, pero el promedio se acerca a la hora y media, y bien puede llegar a dos (que se suman a las 10 o 12 de un vuelo trasatlántico).          
Y cuando por fin sales del recinto oficial y entras al dominio de las empresas privadas, lo primero que topas es una turba altanera y vociferante que te advierte que tienes que dejar ahí el carrito de las maletas (y pasarlas al diablito de un maletero), que te ofrece a gritos transporte colectivo (con terquedad, aunque digas que no), que te da a fuerzas revistas y folletos (aunque te falten manos), y el último grito de la moda, que te engaña diciendo que te van a dar información turística oficial, cuando en realidad son jaladores que te quieren vender un tiempo compartido.
El contraste es brutal, sobre todo cuando vienes de un aeropuerto del Primer Mundo, donde no hay revisiones patito, donde las bandas de equipaje son amplias y sobradas, donde ni siquiera pasas aduana porque hay salidas que rezan “Nada que declarar”, donde te puedes llevar el carrito de las maletas hasta la puerta del taxi, donde no agraden con ofertas chafas al visitante.
Aquí, todavía no sales del Aeropuerto de Cancún y ya te enteraste que has llegado al Tercer Mundo.

 

 
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