Como si no tuviéramos suficiente con la crisis, con las extorsiones de los zetas, con la infiltración del narco, con las elecciones de diputados y con el dólar a quince pesos, este sombrío 2009 nos depara a los mexicanos otra calamidad: el torneo eliminatorio de la Concacaf, donde se decidirá si México logra un boleto para la Copa Mundial de Futbol, en Sudáfrica.
Por lo pronto, la Selección ya nos dio una probadita de lo que nos espera, al sucumbir en el primer partido frente a los Estados Unidos, percance que nos ha sucedido en forma reiterada por más de una década.
Esas derrotas contra los vecinos del Norte son doblemente afrentosas, porque nos las inflige un rival que siempre consideramos inofensivo, y hasta bobo. Cuando yo era niño, en la escuela sabíamos que los gringos nos ganaban en todo, menos en futbol, y la certeza de que esa superioridad sería eterna era reconfortante. Por tanto, cada gol que hoy nos meten es una puñalada trapera en la autoestima nacional.
Irle a México en futbol y traer el ego maltrecho son una y la misma cosa.
Hasta donde me da la memoria, que es el Mundial de Londres, en 1966, no recuerdo en las tertulias mundialistas más que rostros desesperados, manos sudorosas, alaridos desgarradores y maldiciones variopintas. En aquella ocasión, que la vimos en televisores de bulbos, en blanco y negro, un delantero mexicano metió un gol con la nuca, una hazaña digna del bronce, pero sin efecto sobre el resultado final: perdimos.
Eso es normal: siempre perdemos. Es tan normal que un amigo mío, gran fanático, asegura que tenemos un estilo propio de perder, que consiste en: a) calificar con dificultades en la fase eliminatoria, siempre jugando mal; b) pasar a tropezones la primera ronda, con empates cardiacos y arbitrajes dudosos; c) caer como héroes en cuartos de final, siempre jugando bien, y ¡ojo!, con suficiente tiempo para, d) recuperarnos del chasco y disfrutar la inalcanzable disputa del título.
En la teoría de la recuperación emocional coincido plenamente, pues suele ser vertiginosa. De hecho, por regla general, acontece en la misma tertulia futbolera, al amparo de las carnitas y el chicharrón, al consuelo del tequila y de las chelas: en pocas horas superamos el descalabro y es sorpresa auténtica saber que en otras latitudes la gente se mata o manda matar porque perdió su selección. Nosotros no, nosotros sí sabemos perder, tal vez porque siempre sospechamos que no hay otro desenlace posible.
(A los españoles, pobrecitos, les va mucho peor: cada cuatro años se convencen, sienten, saben que van a ganar, que van a ser campeones, pero siempre los eliminan como a nosotros, en cuartos de final, pesaroso final que los indigna, los crispa y les deja un humor de perros el resto del campeonato).
Otro amigo, filósofo del futbol, dice que la Selección Mexicana goza de una suerte de virtud camaleónica que provoca que: a) si el rival es malo, jugamos mal, lo cual explica por qué nos cuesta tanto doblegar a potencias como Haití o San Vicente, pero, b) si el rival es bueno, jugamos bien, incluso jugamos increíble, no tan increíble como para ganar, pero al menos lo suficiente como para enfrentar con recuerdos dulces los sinsabores de la derrota.
Es una adaptación risueña de la famosa teoría del ya merito que, como todos sabemos, aplica a muchas facetas del acontecer nacional: ya merito fuimos ricos, ya merito somos democracia, ya merito erradicamos la mordida, ya merito ganamos un Oscar, ya merito metemos un gol.
¿Qué hacer?
Pues aguantar vara.
Nosotros, mexicanos de hueso colorado, estamos con la Selección pierda o pierda.
Es un calvario, es una friega, es una vergüenza, es un gratificante ejercicio de autoflagelación, es algo muy mexicano, como deber la renta, como comer chile, como ver telenovelas, en suma, el sabor agridulce de gozar sufriendo.
¿Qué hacer?
Pues lo mismo que hacemos con la crisis, con el narco, con el fraude electoral y con la devaluación: sonreír, reír, seguir jalando…
¡México, México, ra ra ra!
