Año 6 Número 72 Marzo 2009
 

Para todos los amantes del vino, ya sean conocedores o principiantes, el precio del vino siempre ha resultado un terreno escabroso que nos hace adentrarnos en una dimensión desconocida. Esta incertidumbre afecta sobre todo a los últimos eslabones de la cadena de consumo, es decir, el consumidor final y el establecimiento que le vende directamente a éste.
El vino es un producto muy complicado y existe un sinnúmero de factores que intervienen a la hora de establecer su precio final. Independientemente de la forma de producción, el precio del vino puede ser bajo o muy elevado.
Por ejemplo, empleando el método tradicional puede llegar a bajarse el precio del vino aumentando la producción o incrementarse significativamente si se utiliza una barrica francesa para su fermentación y se le aplica un tostado de la mejor calidad. Mientras que en el método moderno industrializado, el costo de producción puede disminuir mediante el empleo de máquinas en el campo; sin embargo, el costo pudiera elevarse debido a la inversión que se requiere para adquirir complejos sistemas de vinificación.
Considero que uno de los factores que marcan la diferencia en el precio es el tipo de relaciones comerciales que existen entre un gobierno y otro. Un ejemplo son los vinos chilenos, que tienen un impuesto casi nulo y el transporte es muy barato, mientras que los vinos europeos pagan más impuestos y el transporte es caro, lo que por consecuencia influirá directamente en el precio del producto.
Por otro lado, llama la atención que cuando hablamos de vinos de calidad media hacia arriba el rango de precio del vino es muy similar, a diferencia de los vinos jóvenes o de menor calidad que muestran grandes discrepancias, lo que hace muy sospechosa su relación calidad-precio pues no reflejan realmente sus cualidades en origen.
Por ejemplo: el precio de un vino joven importado realmente bueno en México es de 150 a 250 pesos por botella; sin embargo, podemos encontrar que existen en el mercado vinos españoles que cuestan 80 pesos. No es de extrañar que esta disparidad en los precios resulte sospechosa y pone también en tela de juicio la calidad del vino en cuestión. Anotemos, la mayoría de los importadores traen el vino en contenedores no refrigerados que generalmente pasa varios días en alta mar, más tarde permanecen en aduana, para luego ser guardados en lugares sin refrigeración hasta ser distribuidos a su destino final. Todo este traqueteo da como resultado un vino que ya ha sido alterado en su estructura debido a los cambios de temperatura y como consecuencia su calidad de origen ya nunca será la misma, por lo que no vale la pena comprarlo.
Otro factor del que debemos estar pendientes cuando hablamos de vinos jóvenes es el que sea de la temporada en que se da la vendimia, ya que hay algunos vinos que sólo se venden en temporadas específicas y si lo comparamos fuera de tiempo la calidad al probarlo no será la esperada (Boujoule Nouveau, Novello, entre otros).
Cuando hablamos de grandes vinos todo es completamente distinto, y en este rubro incluiremos a Francia. Mucha gente se sorprende al encontrar que a veces una botella de vino llegue a costar 20, 30, 50 o hasta 100 mil pesos. La pregunta obligada es: ¿Por qué son tan caros? Para contestar, hablemos de un Petrus: algún ingenuo podría decir que consiguió una botella en 40 mil pesos y asegurar que es una ganga, sin saber que esa botella pudiera estar al principio de su vida, lo que significa que no está en su mejor momento y habría que esperar algunos años para que estuviera a punto (aumentando así cada año su valor como si fuera una inversión como cualquier otra). Consumirla antes de ese tiempo sería un verdadero desperdicio. Poniendo otro ejemplo, si algún amante del Marguax o Latour quisiera obtener una botella, tendría que pagar unos 20 o 25 mil pesos por una añada muy reciente y al igual que con el Petrus tendría que esperar algunos años para poder consumirlo.
Al mencionar esto no es mi intención quitarles ningún mérito a estos vinos en cuanto a lo que se refiere a calidad; reconozco que sí son grandes vinos, muy buenos y sumamente elegantes, que en algunos casos pueden llegar a tener una vida de hasta 40 años. Lo que quiero exponer es que existen vinos de las mismas características que cuestan 80% menos. Entonces, ¿por qué son tan caros? Todo se trata de la ley del libre mercado. No son ni el distribuidor, ni el restaurante los culpables de estos extremos en los precios, pues finalmente ellos son los que muchas veces arriesgan más que el mismo cliente al comprar estas botellas. Tan sólo hay que pensar en la inversión que los establecimientos tienen que hacer para no ver ganancias hasta mucho tiempo después de haber hecho la compra. Deben pagar entre otras cosas las instalaciones para mantener las botellas a una temperatura estable, contar con un humidificador, espacio de almacenaje y considerar el costo de tener mucho tiempo parado el producto. Estos factores hacen el producto extremadamente caro.
Para concluir, considero que hay excelentes vinos de entre 500 y dos mil pesos, los cuales valdría la pena consumir alguna vez en la vida, ya que se puede obtener una calidad excelente a un costo accesible, donde la experiencia de probarlos puede llegar a ser inolvidable.

 
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