Año 5 Número 59 Febrero 2008
 
   

Voto de castigo

Cada día me convenzo más de que el factor decisivo en las pasadas elecciones municipales fue el voto anti-sistema.
Enojados, frustrados, castigadores, los electores de Benito Juárez no se dejaron seducir por la oferta continuista del discurso oficial y optaron por el riesgo indudable de entregar el gobier-no de la ciudad a un político debutante, con cero experiencia en cargos de administración pública.
Desde esa óptica, la victoria de Greg Sánchez hay que interpretarla como un reclamo ciudadano a los tres niveles de gobierno, una respuesta brusca al manifiesto desdén que los políticos ‘de fuera’ han mostrado durante años por nuestra suerte. Si bien ahí hay un castigo directo a la ineficacia de la gestión de Paco Alor, también hay un reclamo a la poca atención que nos obsequia, en los dos niveles superiores, el Supremo Gobierno.
Aquí en casa, los titulares del gabinete estatal no parecen tener a Cancún en su lista de prioridades y, si bien visitan con frecuencia la ciudad y se dejan ver en los restaurantes y boutiques de la zona hotelera, es raro verlos presidir reuniones de trabajo, y más aún oírlos decir que se afanan por arreglar los numerosos pendientes de la ciudad más importante del estado.
(Y así, mientras Chetumal estrena flamantes pasos a desnivel, los cancunenses hacemos colas de un kilómetro para librar los semáforos.)
De por sí, Cancún tiene una baja representación en el gabinete local, en el cual despachan ocho chetumaleños y cuatro cozumeleños, por tan sólo dos cancunenses, o sea el 13 por ciento de los cargos para la ciudad que tiene el 50 por ciento de los electores. El voto díscolo podría leerse como la decisión de que, al menos, al presidente municipal lo ponemos nosotros.
Otro tanto sucede a nivel federal. Como no sean las peregrinaciones rituales para inaugurar congresos de su materia (y para aprovechar el weekend), es casi milagro ver trabajando en Cancún a los integrantes del gabinete de Calderón. El único que viene de vez en cuando es Rodolfo Elizondo, pero con el gesto torcido, siempre enfuruñado por las críticas de factura local.
Qué les pasa a los de Cancún, parecen decir los políticos ‘de fuera’, si son el primer destino turístico del país, tienen muchos hoteles, reciben muchos turistas, captan muchas divisas, viven frente al mar, son privilegiados; qué les pasa, de qué se quejan.
Bueno, nos quejamos de que tras el espejismo del paraíso vivimos en una ciudad colapsada, con un casco urbano deplorable, lleno de basura, lleno de baches, lleno de bandas juveniles, atascado de tráfico, sin vigilancia, sin seguridad, sin control.
Nos pasa que no tenemos parques, no tenemos teatro, no tenemos museo, no tenemos playas públicas (las vendieron), no tenemos transporte adecuado (dos horas para cruzar la ciudad en camión), y nos pasa que, en operaciones dudosas, el Ayuntamiento vende y vende lotes etiquetados para equipamiento urbano.
Nos pasa que la zona hotelera ya se saturó, que nadie está haciendo los puentes, que otra vez nos quedamos sin playas, que estamos rodeados de ciudades perdidas, que el paraíso se está volviendo purgatorio.
Y nos pasa que estamos hartos de la burocracia y, sobre todo, de la corrupción, que ha convertido a la ciudad en botín (lo cual, si bien es un problema municipal, cuenta con el silencio cómplice ‘de fuera’).
Eso es lo que nos pasa.
Pero en Chetumal, como en la Ciudad de México, ni nos ven ni nos oyen.

 
Sotano

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