Año 4 Número 47 Febrero 2007


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Jorge González Durán
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A los cancunenses nos gustan las buenas noticias. Este es un buen descubrimiento de Fernando Martí. Y la aparición de 60 Horas con Wilma es una excelente, magnífica noticia. Wilma ocurrió en Cancún, en todo el Caribe mexicano, durante 60 o 66 horas. Fernando las vivió durante 60 horas intensas, con los ojos abiertos, o casi, porque hasta cuando los cerraba vencido por el cansancio del encierro en el Centro de Convenciones, escuchando el vuelo de puertas y el escurrimiento del agua interminable en los plafones, mantenía abiertos los ojos del alma. Fernando, como excelente cronista que es, quería estar en primera fila para ver el paso de Wilma. Quería ver para contar. Y el resultado es esta obra.
Cada hombre y cada mujer vive y cuenta su historia… Wilma ya es historia, historia que nos ha marcado, y cuya crónica, es decir, su discurrir en el tiempo y el espacio, sobrevive gracias a la palabra escrita. La memoria oral no perdura como historia, si acaso como leyenda logra vencer el paso del tiempo. Sobrevive, sobrevivimos, gracias a las palabras grabadas en las piedras, en la piel del venado, en el papel que adquiere vida y trascendencia cuando se transforma en libro.
El texto de Fernando Martí nos ha exorcizado de los rescoldos del miedo que anidaba en nuestra alma después de Wilma. Ahora es una historia que se lee de un tirón. Una vez que se comienza a leer es difícil de soltar, difícil de colocar en el buró. Mientras lo leí durmió junto a mí dos noches. Entendí entonces por qué algunas mujeres, no todas gracias a Dios, ven en los libros a rivales de noches insomnes. Resulta vano interrumpir la placidez  de alguien que sueña con un libro entre los brazos.
En la crónica de Wilma de Fernando Martí descubre la espléndida cartografía del alma del Caribe, que ha naufragado en miedos, sobresaltos y tempestades, pero que también ha encontrado puerto seguro en mañanas luminosas, en tardes de brisa tenue o en noches enfebrecidas.
La dedicatoria sorprende por su sobria certeza. Creo que esta dedicatoria debe figurar en una antología del género de las dedicatorias, que si no existe habría que inventarla para que en ella figure la de Fernando entre las más afortunadas.
El libro tiene capítulos subyugantes, como la Crónica del Ojo Parchado; la Crónica del Ojo Distante y la Crónica del Ojo Alegre. Sólo un cronista que estuvo en el ojo del huracán, con su ojo clínico, con su ojo crítico, con su ojo críptico, nos lo pudo contar haciendo de sus vivencias personales una experiencia colectiva.
La carta a Joaquín López Dóriga creo que todos la podemos suscribir. No es un ataque a nadie, es una amena y aleccionadora defensa de Cancún. Porque si bien no tenemos una identidad –es decir, asideros espirituales, sentido de pertenencia a una patria chica, sí tenemos un patrimonio común, que si no es lo mismo se le asemeja. Y nuestro patrimonio común es Cancún.
Ya pasó lo que pasó. Ya sentimos lo que sentimos. Y gracias a Fernando podemos revivir sin miedo esas 60 horas en las que estuvimos aferrados a una esperanza. Que nunca muera esa esperanza.    
Nota: Texto leído por su autor en la presentación del libro “60 horas con Wilma, crónica del huracán más poderoso de la historia”, de Fernando Martí.

Jorge González Durán

 
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