Año 4 Número 47 Febrero 2007
 
   

Antonio

 

La semana anterior, cuando supimos que el desenlace era inevitable y estaba próximo, escribí unas palabras para Antonio.

Yo ya no pude verlo, pero sé que Olivia se encargó de que las oyera. Dicen así…

Antonio:

Me dicen que tal vez te ausentes, que quizás dejes de estar entre nosotros.

Eso me pone triste.

Uno es egoísta y no quiere que se acabe lo bueno, y tú fuiste una de las mejores cosas que me pasaron en la vida.

Para mí, Antonio, la palabra amigo me resulta insuficiente, no me alcanza para describirte.

Durante años has sido una referencia luminosa, un motivo de inspiración permanente.

Cambiaste mi vida para bien, aunque ello no sea novedad. Con tu talento modificaste la vida de millones de mexicanos, dejaste un legado colosal, hiciste historia sin aspavientos. Ya vendrán los reconocimientos y los homenajes, que no serán inútiles: sacarán a la luz la verdadera dimensión de tu hazaña y serán motivo de legítimo orgullo para nosotros, tus deudos.

Tu figura crecerá en tu ausencia. Y entonces te recordarán como yo te veo, como una mente genial que convirtió sus sueños en realidades, pero además, ante todo, como un gran corazón que se entregaba sin intereses y sin pausas.

Ojalá no te vayas, Antonio, pero puedes irte tranquilo si decides hacerlo.

Vas a dejar un hueco en quienes te queremos, un hueco grande, pero es un hueco lleno de generosidad, de nobleza, de elegancia, de esos regalos que nos diste, de las lecciones que nos enseñaste.

Quizás te vayas por ahora, pero ya te quedaste para siempre. Nos diste tanta luz, que el  resplandor no se agotará por la chocante noticia de tu partida.

Ojalá no te vayas: tu presencia es mejor que tu memoria.

Pero si llegó el momento de despedirnos, usemos una fórmula sencilla, aquella frase yucateca que te encantaba, un adiós casual que implica que tu ausencia no será suficiente para separarnos.

Vaya bien, Antonio. 

 
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