Año 1 Número 12 Marzo 2004



Elmer Llanes

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No es tan fácil tener un changarro, como se pretende, y no se vale soslayar el grave problema de desempleo, más cuando no existen facilidades para impulsar a quien en algún momento sueña con la eficiencia.

Un mexicano, todavía esperanzado de las promesas hechas por sus gobernantes, decidió convertirse en un trabajador independiente y establecer un negocio que le permitiera ganarse la vida.

Para ello y lleno de esperanzas, inició el largo calvario ante las diversas dependencias de gobierno en sus tres instancias (federal, estatal y municipal), pretendiendo cumplir con todos y cada uno de los requisitos a fin de que le fueran concedidos los diversos permisos y licencias necesarios para el funcionamiento de un negocio pequeño o grande.

Así debemos llegar a una triste conclusión gatopardiana: que todo cambie para que todo siga igual. Ya Peter con una crueldad inhumana había comprobado estadísticamente que la burocracia tiene tres características: cada vez es mayor el número de burócratas, de más baja calidad, y más cara. No sabemos a qué se debe, pero se requiere de la ayuda del Señor para encontrar el camino y cumplir con los propósitos fijados.

Pues nuestro hombrecillo, terco, se puso a seguir esos caminos olvidados de Dios, iniciando con la obtención de su Registro Federal de Causantes, para lo cual le exigieron un sinfín de documentos, desde su acta de nacimiento hasta la última vez que vio un partido de futbol, con la alineación de ambos equipos y el resultado final, aunado, claro está, a copias multicolores, amarillas, blancas, rojas, etc.

Cumplido este requisito y forrado de una coraza de persistencia llegó ante las oficinas estatales donde facilitan la apertura de negocios, y le fue advertido que no podría caminar si no satisfacía un fárrago de condiciones ecológicas, arquitectónicas, sanitarias y algunas otras más, con la lógica intervención de inspectores, supervisores, asesores y consultores.

Decidido a llevar hasta las últimas consecuencias su trámite acudió a las oficinas del municipio, donde lo menos que le exigieron fue la opinión de los vecinos, haciendo a un lado el plan maestro de desarrollo que supuestamente debe establecer los lugares donde se conceden permisos de funcionamiento. Ah, por cierto, le pidieron una cooperación o impuesto sobre basura.

Como verá algún atrevido lector que me haga caso, lo único que faltó fueron magnavoces en uso, de los cuales, a todo volumen, se oyeran carcajadas estrambóticas dada la reclamación de nuestro personaje, sobre aquellas facilidades según las cuales hay eficiencia en el trabajo burocrático.

No he querido ahondar en el problema, pero desde luego nuestros representados y mandatarios, entendiendo por mandatario a quien el pueblo manda, hacen un supremo esfuerzo por mejorar las cosas y ayudarnos a todos a salir del bache.

No es tan fácil tener un changarro, como se pretende, y no se vale soslayar el grave problema de desempleo que padecemos, más cuando no existen facilidades y buenas maneras para impulsar a quien en algún momento sueña con la eficiencia.

 
 


 

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