Los protocolos de los políticos

Como prometí, aquí está para mis ocho lectores la columna que habrá de revelar algunos de los absurdos y ridículos protocolos de los políticos.

Protocolo sin duda absurdo y eventualmente molesto es ese que tienen los políticos y funcionarios públicos de enviar un “representante” a aquellos eventos o actos públicos en los que ha sido requerida su presencia.

Primero, cabe señalar que los políticos tienen la extraña manía de no contestar con prontitud los mensajes, las misivas o las invitaciones formales. Pareciera que esto puede ser lógico y eventualmente entendible dada la pesada carga de sus agendas y ocupaciones, que en teoría aumentan en proporción a la importancia del cargo que ocupen; sin embargo, parece que ese estilo de no responder solo es privativo de los políticos, ya que empresarios e intelectuales suelen responder con mucha mayor celeridad aunque sus agendas sean también complicadas.

Ante la falta de acuse de recibo para quienes invitan a un político a determinado acto, deben hacer uso de toda suerte de comunicados y artimañas para por lo menos saber si se contará con su distinguida presencia o no.

Algunos, cuando no han de acudir, se dignan por lo menos avisar con antelación que enviarán al acto a un “representante”, otros muchos nunca acusan de recibido y algunos tantos envían al famoso representante, así sin más, quien simplemente llega y hace acto de presencia diciendo a los anfitriones, “hola, vengo en representación de don Fulano”, una desfachatez y descortesía digna de admiración.

Los famosos representantes son en ocasiones todo un problema para quienes organizan determinado evento. Por una parte, si se tenía previsto un lugar especial para el invitado original, eventualmente el mismo sitio ya no puede ser ocupado por el “representante”, cuando este no tiene la categoría del primer y original invitado, generando con ello el desconcierto y la zozobra para el convocante, que se ve en el apuro de último minuto de reasignar lugares, personificadores cuando es el caso y hasta el orden de los discursos si es que los hay.

En lo personal, en ocasiones prefiero que si no ha de ir el invitado original no envíe a representante alguno, ya que el asunto resulta incómodo en incontables ocasiones incluso para el mismo representante.

Luego hay que decir que como parte del protocolo, los políticos siempre llegan tarde a todos lados y no tienen respeto alguno por la puntualidad y el tiempo de los demás.  Es claro que hay honrosas excepciones, y momentos también que justifican plenamente la demora, incluso disculpas que se aceptan cuando el funcionario en turno justifica con argumentos su falta, pero tristemente en la mayoría de los casos los políticos tienen por costumbre, casi por protocolo, hacer esperar al prójimo.

Y para seguir en el tema, ya una vez les había contado a mis ocho lectores en este espacio acerca del absurdo y ridículo protocolo que cumplen religiosamente los políticos en el uso de la palabra al iniciar un evento. Por citar un ejemplo, si hay siete lugares en el presídium, el señor político saluda a cada uno por su nombre y cargo, y  si se trata como es frecuente de “representantes”, pues agregará entonces a la consabida perorata nombre y cargo de representado y representante.

Imagine el lector cuando se da el caso de que los siete integrantes deben hacer uso de la palabra, resulta entonces que el respetable público deberá soportar 49 veces el saludo protocolario de los políticos, aderezado con la retórica personal que cada uno le quiera agregar al saludo. La pérdida de tiempo es impresionante, las horas hombre de desperdicio casi incontables, y en consecuencia una falta de productividad aplastante.

Y ya casi para terminar, el respetable tiene que escuchar el saludo inicial del “representante”, que invariablemente dice, “reciban el saludo afectuoso de don Fulano y bla bla bla”. Nada más falso, pues es casi un hecho que don Fulano y don Representante ni se vieron antes del acto.

Vaya pues un saludo a los políticos y sus protocolos, que tanta productividad, seriedad y orden le restan a nuestro quehacer cotidiano.

Claro que como ya he comentado, hay honrosas excepciones, por ello aquí aplicaría aquel viejo refrán de que “a quien le quede el saco, que se lo ponga”.

O bien, como se titula este espacio, Al Buen Entendedor…

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