¿La unión hace la fuerza?

El 25 de marzo pasado se conmemoraron los 60 años del nacimiento de la Comunidad Económica Europea (CEE). En efecto, ese día, pero del año 1957, firmaron el Tratado de Roma los líderes de Bélgica, Holanda, Francia, Alemania Occidental, Italia y Luxemburgo, creando la CEE, una zona de comercio que buscaba promover una interdependencia económica y a su vez prevenir el regreso del nacionalismo militar, que en los anteriores 40 años había ocasionado ya dos guerras mundiales. El Tratado de Roma prometía sembrar los cimientos de una unión en esta zona del mundo, devastada y dividida por las guerras y la ambición.

Como parte de la celebración que conmemora el nacimiento de la ahora Unión Europea, uno de sus más destacados miembros, el Reino Unido, anunciaba el plan a seguir para su salida de dicha comunidad de naciones, en cumplimiento al mandato del pueblo británico, que apenas nueve meses antes votara su separación de dicha Unión.

Y es en esta misma primavera cuando también los franceses eligen a sus representantes, siendo una de las favoritas la populista Marine Le Pen, quien ha sugerido regresar al franco en lugar del euro y convocar a un referéndum sobre su permanencia en la Unión Europea.

La realidad es que, según encuestas recientes, solo el 51% de los encuestados en los países miembros ven favorable su participación en este conglomerado de naciones, y en países como Francia y Alemania la opinión favorable ha caído en los últimos 12 meses 17 y ocho puntos, respectivamente.

Pero, ¿que ha provocado esta crisis de identidad en la Unión Europea? Todo inició en 2009 con la crisis económica mundial, exponiendo las diferencias entre las economías de los países del norte y del sur de Europa. Las políticas de austeridad y disciplina en el presupuesto de los países en crisis, como Grecia, Portugal, España e Italia, requeridos por la UE para acceder a los fondos financieros, han provocado mayor desempleo e inconformidad. Y para rematar, la crisis migratoria de los países de Europa Central y del Este, que han desafiado las reglas de asentamientos establecidas por la misma UE y expuesto su vulnerabilidad en los ataques terroristas en Francia y  Bélgica.

Y es entonces cuando los miembros de esta Unión se cuestionan si en verdad dicha unión los ha fortalecido o en su caso los ha debilitado. Es decir,  la gran cuestión es entonces si la unión hace la fuerza.

Misma pregunta que los Estados Confederados se hicieron a mediados del siglo XIX en los Estados Unidos de América, cuando se separaron de la Unión Americana al considerar que las decisiones de la Unión no compaginaban con la idiosincracia de algunos de sus miembros, lo que provocó la guerra civil en dicho país.

Misma pregunta que, por ejemplo, muchos californianos se hacen hoy en día, cuando siendo por sí misma la séptima economía del mundo (la de la República de California solamente), se cuestionan por qué su destino lo decide un lugar tan distanciado, geográfica e ideológicamente, como es Washington, D.C.

Misma pregunta que se hacen los irlandeses y escoceses de su participación en el Commonwealth del Reino Unido y su sumisión a la Corona Británica.

Misma pregunta que se hacen los vascos y los catalanes de su participación en las Españas.

Misma pregunta que se hacen grupos regionalistas y nacionalistas en muchas naciones del mundo.

Misma pregunta que cada día se hacen muchos individuos respecto a su unión matrimonial.

Y la realidad es que no hay una respuesta precisa para tan compleja pregunta.

La realidad es que una unión representa cesiones y sacrificios de cada una de las partes que la integran, en aras de un mayor beneficio, de un bien común. La duda del valor en la unidad surge cuando el precio que se paga es mayor al del valor de lo que se obtiene; cuando lo que se obtiene es menor de lo que se cede o cuando el bien común se relega al bien individual.

Es complejo, por supuesto, pero lo que sí es cierto es que es difícil justificar una unión cuando son más las diferencias que las semejanzas, y es lo que vemos está ocurriendo en una gran unión llamada la Unión Europea.

La solución sería segregar esas diferencias, regionalizarlas y respetarlas, regresando a lo que dio origen a esta unidad y que fue promover el libre comercio en una zona específica, nunca el libre tráfico de los individuos. Una sola moneda, puede ser, pero no necesariamente un solo pasaporte. Es decir, Back to the Basic.

Lo que sí es un hecho es que alguien siempre se beneficia de la desunión, pues bien dice el dicho “divide y vencerás”. Si no, pregúntenle a Donald Trump o a Vladimir Putin. Back to the Basic. 

 

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