Año 6 Número 63 Junio 2008
 
   

No hay de otra

Quintana Roo acaba de instituir una ‘Medalla al Mérito Turístico’, primera en su género en todo el país, y en un acto de justicia histórica le puso el nombre de Antonio Enríquez Savignac, el más notorio de los fundadores de Cancún.
El decreto respectivo, publicado a mediados de mayo, establece que el premio tendrá carácter anual, que se entregará el día 20 de abril (coincidiendo con la fecha oficial de la fundación de Cancún), y que será un reconocimiento a quienes hayan efectuado “contribuciones extraordinarias al desarrollo turístico de Quintana Roo”, para luego establecer que las mismas pueden ser de carácter financiero, social, académico, y hasta humanístico.
En esencia, ahí se concibe al turismo como una actividad con múltiples enfoques, que rebasa los estrechos límites de una actividad económica, donde el único mérito sería poner billetes y construir hoteles. Es una prevención sensata que procura, aunque no garantiza, que la presea no será conferida en el futuro al empresario de moda o, peor aún, al político de coyuntura.
En esa línea, el Consejo de Premiación decidió otorgar la primera presea a don Ernesto Fernández Hurtado, un funcionario probo y modesto, forjador de instituciones, la mente estratégica que impulsó la creación de los fondos nacionales de vivienda y de turismo, el Infonavit y el Fonatur, y por ende, como resultado feliz de este último, la fundación de Cancún.
Justicia histórica por todos lados, pues.
Y aún más, porque siento que el decreto y la medalla tienen dos lecturas adicionales, que no deben pasar desapercibidas.
La primera, el reconocimiento implícito de la actividad turística como la mejor y, quizás, la única herramienta que tenemos a la mano para crear riqueza y producir bienestar.
Esta verdad de Perogrullo no siempre es evidente en la vida cotidiana, y mucho menos en los planes de gobierno, que dedican demasiado tiempo y recursos a ramas de la economía que van de fracaso en fracaso. El ejemplo mayor, desde luego, es el campo, que ha engullido millones y millones en ingenios azucareros, cuencas lecheras, corredores frutícolas, experimentos ganaderos e invernaderos futuristas, tras los cuales los hombres del campo continúan postrados en la pobreza.
Quintana Roo tiene una vocación turística abrumadora, total, obvia hasta decir basta, pues cada rincón del estado tiene atractivos que pueden convertirse en productos turísticos (los atractivos no bastan, hay que hacerlos producto). Se requiere una gran miopía o un atavismo cerril para no comprender que los campesinos, y los leñadores, y los pescadores de Quintana Roo vivirían mucho mejor si lograran asociar sus esfuerzos al gigantesco surtidor de las divisas turísticas.
Y lo mismo es válido para todas las regiones del estado que tan sólo han hecho intentos parciales, muy débiles, a todas luces temerosos, para adoptar el turismo como el motor de su economía. Esa lista incluye a la mismísima Chetumal, donde la inercia burocrática, y un empresariado en exceso provinciano, siguen contando centavos cuando están parados sobre una auténtica mina de oro.
La segunda lectura también tiene que ver con Chetumal, pero esta vez con un acento positivo: por primera vez en la historia, el gobierno estatal reconoce en público los méritos de un cancunense, o al menos de alguien cuya trayectoria y méritos están vinculados a Cancún.
Ese no es logro menor, pues hasta el día de hoy todas las medallas al mérito civil, las declaratorias de hijo predilecto, los monumentos en plaza pública, las inscripciones con letras de oro en el muro del Congreso y otras distinciones de la historiografía oficial han sido destinadas a hijos del estado ajenos a Cancún, que da la casualidad que es la primera ciudad de la entidad.
En ese sentido, la Medalla Antonio Enríquez Savignac me parece trascendente, no porque se instituya un premio para cancunenses, sino por el solo hecho de reconocer que los próceres de Cancún también son héroes de Quintana Roo.
Como que ya era hora...


 
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