Con la pena, pero yo no voy a votar por Chichén para que se convierta en una de las Siete Nuevas Maravillas o, para ponerlo en lenguaje cibernético, de las new7wonders.
De hecho, no voy a votar por ninguno de los prodigios propuestos, porque me parece afrentoso (a la inteligencia) este certamen entre mercadotécnico y futbolístico, cuyo único elemento de juicio es la algarabía de las porras.
Supongo que eso es ir contra corriente.
Todos los días llegan a mi correo electrónico excitativas de amigos y de extraños con un título unánime: ¡Vota por Chichén! La página oficial de la OVC difunde y multiplica la misma consigna. En Bancomer, grandes cartelones con el logotipo del banco invitan a sumarse a esta cruzada nacional. Y en su visita a Cancún, al grito de ‘ya le entendí’, el presidente Calderón instruyó con contagiosa frivolidad a su secretario de Turismo para que coordine la votación nacional en favor de la metrópoli maya (con lo cual aseguramos la derrota, pues ya se vio en Yucatán lo maletas que son los panistas para organizar elecciones de Estado).
Ironías aparte, cómo entrarle a esta ensalada que revuelve lo neolítico con lo contemporáneo, lo chino con lo maya, lo bizantino con lo inca, lo funcional con lo simbólico, lo profano con lo sagrado, y para colmo, que incluye en la lista la única maravilla sobreviviente del Mundo Antiguo, las Pirámides de Egipto, con lo cual el jurado se verá en el dificultoso trance de ratificarlas, título que no requieren, pues llevan cinco mil años de Maravilla con Certificado de Origen, o bien, lo más seguro, de degradarlas a cosa ya no maravillosa, por la truculenta circunstancia de que Egipto es un país pobre, con pocas computadoras, de las cuales no saldrán suficientes votos.
Ni qué decir que yo adoro Chichén, que me fascina la Torre Eiffel, que me asombra el Coliseo, que me apantalla la Alhambra, que me embobaron las Pirámides, y que me falta tiempo y lana para escaparme hasta Petra, para fugarme a Kyoto, para huirme a Angkor, para explorar la Muralla China y para hacerle reverencias mil a las cabezotas de la Isla de Pascua.
Pero me resisto a hacerle el caldo gordo al inventor de esta farsa, el suizo-canadiense Bernard Weber, una suerte de aventurero que no ve en esto más que un jugoso negocio, del cual saldrá bien forrado con dos verdaderas minas de oro: los derechos universales de las new7wonders, que luego le venderá a los gobiernos para que puedan presumir que su maravilla es una Maravilla Oficial, y que valen muchos millones impresos en camisetas, pins y demás chucherías, y una base de datos actualizada con muchos millones de nombres (hay que proporcionar una dirección de correo electrónico o un teléfono para votar), que luego le venderá a los patrocinadores que se dejen.
Negocio redondo, como corresponde a cualquier circo globalizado.
Incluso, el tal Weber podría hacer negocio con los perdedores (probable suerte de Chichén), certificando que no llegaron a Maravilla Triunfante, pero que se quedaron en Maravilla Finalista, en runner-up, como las pechugonas de Miss Universo.
Y esa es la probable suerte de Chichén por una fatalidad aritmética: en los Estados Unidos existen 200 millones de usuarios de Internet (1º lugar mundial), contra 12 millones registrados en México (17º lugar mundial), con lo cual, aún distraídos, los gringos nos pueden imponer como Campeona de las Maravillas a la infumable Estatua de la Libertad (que, además, fue un regalo de los franceses).
No hay caso. Y si lo hubiera, basta darse una vuelta por Internet para descubrir qué duros están los momios. Vote for Taj Mahal!, clama el India Times. Voter pour la Tour Eiffel!, sugiere el Nouvel Observateur, de París. Vote for the Sydney Opera House! corean los periódicos australianos. Vota por Machu Picchu!, ruega la página web del Ministerio de Educación del Perú. Vote Cristo Redentor!, exageran los medios brasileños, comprometidos con la estatua del Corcovado.
Quién sabe si se pueda ganar, pero, si llegamos a perder, sugiero que hagamos una concentración nacional (en los estadios, en cadena nacional), y le dejemos saber al mundo, aun en la derrota, nuestra indomable fe en las causas perdidas, al sonoro grito de Chichén, Chichén, ¡ra! ¡ra! ¡ra!