Año 4 Número 39 Junio 2006
 
   

Que no cunda...

Hace unos días, coincidiendo con el inicio formal de la temporada de ciclones, un hotelero español me decía en Madrid: “Ojalá no tengamos una alerta de huracán este año. Sería fatal para el turismo”.
La teoría del empresario hispano sostiene que este año sufriremos el ‘síndrome Katrina’, o sea, una resistencia sicológica del turista potencial, lo mismo de Europa que de Estados Unidos, a viajar a la zona de huracanes durante los meses de riesgo, y que ese temor se vería robustecido en caso de que una alerta de huracán afectara los destinos del Caribe mexicano.
Si ese es el caso, estamos en problemas.
Aunque no están seguros, los expertos en huracanes piensan que el Atlántico se encuentra en un periodo de máxima intensidad ciclónica, que puede durar algunas décadas. El gurú de los tormentólogos, el académico Bill Gray, ha pronosticado que en 2006 se producirán 17 meteoros en la cuenca, nueve de las cuales alcanzarán la categoría de huracán (con cinco de gran intensidad), que es casi el doble del promedio histórico.
En ese escenario, la probabilidad de que un huracán nos impacte puede ser discutible: después de todo, el lapso que separó a Gilberto de Wilma fue un largo respiro de 18 años. Pero aun cuando esta temporada la libremos, es iluso suponer que ningún meteoro nos pasará tan cerca como para activar las alarmas.
Los huracanes son parte integral de la naturaleza del Caribe. Se forman con los elementos que asociamos con la réplica del paraíso (brisas suaves y constantes, aire húmedo, mares calientes), mismos que, año con año, fatal y paradójicamente se combinan para formar esas masas erráticas de viento enloquecido.
Han existido por millones de años, recorriendo los mismos senderos (algunos de los cuales pasan por aquí), y ahí seguirán, por más siglos de los que necesitamos prever.
Pero ahí puede estar la clave.
Pues si bien no podemos garantizarle a los turistas que no habrá huracanes (y menos aún podemos apagar las alarmas), sí que podemos (y debemos) convertirnos en el destino turístico más seguro del mundo en caso de huracán.
El año pasado, hay que reconocerlo y presumirlo, resolvimos la emergencia con enorme eficacia: saldo prácticamente blanco, 70 mil turistas evacuados, reinstalación inmediata de los servicios públicos, cero epidemias, ningún problema de abasto, reconstrucción en tiempo récord (incluyendo las playas).
Esa fue una hazaña, en toda la extensión de la palabra (y no puede existir mejor antídoto que ese para el ‘síndrome Katrina’).
Pero, empeñados en la recuperación, no estoy seguro que estemos poniendo suficiente atención ante una indeseable, pero posible, repetición del siniestro.
El tiempo de la previsión ya empezó. Para la gente, es hora de comprar linternas y pilas, de surtirse de alimentos, de prepararse para proteger puertas y ventanas. Para los hoteleros, es ya más que tiempo de asegurar la viabilidad de sus refugios. Y para las autoridades, con emergencia o sin ella, es tiempo de empezar a adecuar las reglas a las realidades de nuestra posición geográfica (increíblemente, pese a la destrucción masiva de postes, anuncios espectaculares y fachadas chatarra, ningún reglamento de construcción se ha modificado después de Wilma).
La mejor garantía que tienen los turistas es nuestra propia previsión. El reverso de la moneda es el pánico anticipado.

 
2005 Latitud 21. Derechos Reservados.