José Delarra es autor de dos de los monumentos emblemáticos de Cancún. Dos monumentos, el dedicado a José Martí y el de la Historia de México, símbolos ya de la identidad cancunense.
El primero fue inaugurado el 21 de marzo de 1978 por el alcalde Alfonso Alarcón Morali, en una solemne ceremonia con la participación de los fundadores de una ciudad ya orgullosa de figurar, a escasos ocho años de su gestación, en el mapa turístico del Caribe y del mundo.
El segundo monumento, el de la Historia de México, comenzó a construirse a mediados de 1980 y fue inaugurado por el presidente José López Portillo en marzo de 1981.
En ambas obras participaron varios cancunenses como colaboradores de Pepe Delarra en diversas tareas, pero lo hicieron de manera destacada decenas de alumnos del Colegio Itzamná, institución pionera y de vanguardia en la educación privada de Cancún. Este reportero conversó con el escultor en días y noches que refulgen en la memoria sobre los temas y los personajes de su ofrenda a la historia nacional.
Pensando en Pepe Delarra y en su obra, que es la biografía esencial del artista, recordé una frase de Oscar Wilde: "El pasado es lo que el hombre no debió ser. El presente es lo que el hombre no debería ser. El futuro es lo que los artistas son". Y en las manos de Pepe Delarra, cuando empuña el cincel o el pincel, en la piedra, en el bronce, en el estuco, en el templo de su taller, subido en una tarima de cara al sol, nacen destellos de futuro.
Pepe tiene una obra suya depositada en la luna, varias en su isla -ese largo lagarto verde sobre el mar de las Antillas, que también Caribe llaman; su huella creadora está en Angola y en otros países africanos y nos dejó a los cancunenses dos monumentos. Pepe descubrió en esta ciudad la magia de desandar los pasos de la memoria.
Delarra siempre comentó que su monumento a la Historia de México es una obra inconclusa porque la tuvo que rediseñar debido a la falta de apoyo económico para llevar a cabo el proyecto original que era más alto y más amplio en su concepción.
En las paredes de su estudio habanero colgaban fotos del Cancún de 1980 y bocetos del monumento a la Historia de México. Allí aparecen muchos niños de entonces participando entusiastas en algunas facetas de la creación artística. En esos muros de su taller ubicado en La Habana Vieja estaba un tiempo detenido con el sabor del Cancún de hace un cuarto de siglo.
Pepe Delarra falleció en La Habana a finales de agosto del 2003, sin haber recibido de Cancún el homenaje que merecía.