| Perdió
Quintana Roo, se lamentaron los promotores del homeport de
Xcaret, al anunciar la cancelación del proyecto.
Colorín colorado, el homeport se ha terminado, festinaron
los opositores al puerto, eufóricos por la victoria.
Los medios de comunicación se encargaron de propalar
los clamores de triunfo y de derrota, y en justicia a ellos
les correspondía, pues la guerra del homeport no tuvo
otro campo de batalla que los periódicos y la televisión.
Aquí los combates se libraron en conferencias de prensa,
las ofensivas fueron de declaraciones, las armas tácticas
se fabricaron con páginas web y se impuso la supremacía
de la propaganda.
En un país que se supone de leyes, aquí no hubo
juicio, ni jurado, ni juez.
Hubo una feroz batalla de opinión pública y
prevaleció el bando mejor armado, el más agresivo,
y, sin duda alguna, el más astuto.
Pero Xcaret no se puede quejar, porque aceptó combatir
en un campo minado. Teniendo la razón jurídica,
contando con los permisos federales, siendo proyecto legítimo
y legal, nunca buscó el amparo de los tribunales. Inexplicablemente,
prefirió litigar en debates tumultuosos, en un ambiente
viciado por los reflectores y los micrófonos. Sus razones
habrán tenido...
(En sentido contrario, el grupo opositor sí que trató
de vulnerar la legalidad del proyecto, alegando que destruía
el arrecife, que violentaba el uso del suelo, que era competencia
desleal, y hasta que constituía un monopolio, sin que
ninguna de esas demandas progresara).
¿Habrá un homeport en el futuro de Quintana
Roo?
Vaya usted a saber.
Tendría que haber un valiente muy valiente, sobre todo
considerando la decepcionante actuación de las autoridades.
Porque, más allá de simpatías y antipatías,
más allá de estar a favor o estar en contra,
si algo quedó claro en este asunto es el olímpico
desprecio que siente el gobierno por la seguridad jurídica.
Sin ninguna atribución legal, el cabildo de Solidaridad
condicionó un proyecto que cumplía con la normatividad,
lo sometió al arbitraje de un tercero (el estudio del
ITAM), lo desacreditó en consultas públicas,
y al final, le impuso un gravamen tan inexistente como abusivo
(de 30 dólares por pasajero, pero es el mismo caso
si hubieran sido 2 o 100), un impuesto que no existe ni en
iniciativa, que el municipio no está facultado para
cobrar, ni es materia para el Congreso estatal, ni se discute
en el Congreso federal.
En términos empresariales, ese es un antecedente muy
peligroso, porque equivale a aceptar que un ayuntamiento puede
parar cualquier proyecto (no sólo el homeport, sino
cualquier proyecto), en base a una ley que todavía
no existe.
Motor de tanto desatino, el alcalde Gabriel Mendicuti todavía
remató diciendo que a Solidaridad le sobran inversiones
y le recomendó al secretario de Turismo, Artemio Santos,
que dejara de pensar como empresario y empezara a actuar como
funcionario, lo cual sin duda implica cierta dosis de arbitrariedad.
Y es que, a partir del melodrama del homeport, un proyecto
de 80 millones de dólares que se canceló por
la falta de una licencia municipal, me parece pertinente plantear
una pregunta obvia: en nuestra flamante democracia, ¿puede
un alcalde caprichoso detener un negocio legítimo sin
más argumentos que la demagogia y la prepotencia?
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