Año 1 Número 3 Junio 2003

Todavía recuerdo cuando iba al banco con mi papá.
Entrar con don Miguel a la central de Banamex -en la Casa de Montejo- era todo un evento, las secretarias eran impecables, los uniformes también y ellas estaban arregladitas de todo a todo. Los gerentes eran señores ya grandes, con un aspecto de políticos enguayaberados, y destilaban olores de lavanda y limones -English Leather muy probablemente.
Hoy, entro a una sucursal bancaria y toda la gente es mucho más joven. Me llama la atención que los altos puestos están cubiertos por hombres y mujeres muy jóvenes que hacen su trabajo a la perfección, como si nada.
Yo me pregunto: ¿dónde estarán los señorones aquellos? Eran gordillos, de pelo blanco o gris la mayoría, algunos calvos, y todos eran hombres. En esa época no se usaba el que una mujer fuera la que te aconsejara de inversiones de ningún tipo.
Cómo han cambiado los tiempos... ahora es raro encontrarse con “don fulano” en algún banco, porque casi todo el personal en puestos de importancia es mucho más joven que antes, trabajan en audioconferencias o en algún lugar de la web, van al gimnasio, hacen spinning, y atienden los asuntos cómodamente sentados en su escritorio y probablemente vestidos de una manera desenfadada y un tanto informal; las mujeres con los pelos sujetados hasta con un lápiz, y los hombres crudos del reventón de la noche anterior.
Y es que Cancún es así. También en esto tenemos reglas que sólo se siguen en este punto del hemisferio. Es un lugar donde la mayor parte de los habitantes es gente joven, y los que no lo son luchan desesperadamente por serlo. Y claro, en Cancún como en el mundo entero el número de víctimas del impacto de la modernidad y de la juventud se acrecienta día con día.

Si nos fijamos, lo que los medios

nos venden es eso: juventud. Este producto de venta número uno en toda las revistas, en todos los canales de televisión y en casi todos los medios nos hacen seguir las reglas para vernos jóvenes, usar tal y cual crema para las arrugas, tomar tal yogurt bajo en grasas, tal bebida light, infinidad de productos para bajar de peso, “astroesto” y “skinlotro” para adelgazar, gimnasios y aparatejos para estar en forma -que normalmente acaban como los toalleros más caros de la historia-, inyecciones de hormonas de becerros suizos, y la lista sería interminable, con un sinfín de publicidad y artículos escritos sobre productos y servicios que lo único que hacen es recordarnos que ser viejo NO SE USA.
Obsesionados por verse jóvenes recurren a todo tipo de cirugías, de tratamientos y de modas. Se cuelgan hasta el molcajete con tal de hacer notar que están actualizados y que no están paseé en este fascinante -y difícil- mundo tan de moda: el mundo de la juventud.
Lo de hoy es ser, verse y sentirse joven.
Y en alguno de los conceptos no está mal, la verdad es que bajar nuestros kilos y algunos triglicéridos de nuestro cuerpo nunca es mala idea, ejercitarnos para que esta maquinaria que Dios nos regaló funcione de la mejor manera posible, tampoco. Lo ideal sería tratar de verse joven y no morir en el intento. Y aquí es donde empiezan los resbalones de cuanto señor y señora de edad avanzada me topo en el gimnasio, en las discos, en restaurantes y demás Pero de ese tema trataremos en otra ocasión. No hay que desviarnos. La verdad es que sí es maravilloso ver a la gente joven tomando las riendas de los puestos importantes en las empresas y las instituciones. Y a éstos, bien valdría recordarles que no hay como una persona mayor para aprenderle muchas cosas. La experiencia tiene un precio que por sí solo no se podría pagar ni con todas las horas del gimnasio.

La sencillez que dan las experiencias duras en el trabajo no la enseñan ni en Internet, ni en audioconferencias. La conciencia que se tiene como resultado de muchos años de tratar a cientos de clientes día con día... no es adquirible en ninguna tienda de South Beach, y no habría etiqueta de ninguna buena marca para ponerle a la imagen que dan los y las ejecutivas impecables, arreglados, bañados y bien peinados.
La próxima vez que entre usted a un banco... analice al ejecutivo que lo está atendiendo. Escaneelo con la mirada y califíquelo. ¿Esta peinado? ¿Se habrá duchado antes de salir de casa? ¿Habrá llegado tan siquiera a dormir a su casa? -esto no sirve de mucho, pero cómo divierte pensarlo- ¿Se come las uñas? Los zapatos... ¿los tiene relucientes? Si lleva sandalias... ¿cómo tiene las uñas de los pies? ¿Se lavó los dientes?
Acérquese y cerciórese... ¿huele maravilloso o trae el famoso “cilantrazo” de los tacos de canasta del camellón?
Y dígame... ¿se imagina usted cómo se vería su ejecutivazo frente al que usted conoció de niño en la sucursal de su papá?
Hágalo con confianza y no se sienta mal.
Es parte del riesgo que cualquier profesional tiene que correr al ponerse en el flechero que representa el dar la cara por una compañía seria y prestigiada. La imagen en una empresa la dan todos, desde el portero hasta el director general.
Y mucho ojo.

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.