| Todavía
recuerdo cuando iba al banco con mi papá.
Entrar con don Miguel a la central de Banamex -en la Casa
de Montejo- era todo un evento, las secretarias eran impecables,
los uniformes también y ellas estaban arregladitas
de todo a todo. Los gerentes eran señores ya grandes,
con un aspecto de políticos enguayaberados, y destilaban
olores de lavanda y limones -English Leather muy probablemente.
Hoy, entro a una sucursal bancaria y toda la gente es mucho
más joven. Me llama la atención que los altos
puestos están cubiertos por hombres y mujeres muy jóvenes
que hacen su trabajo a la perfección, como si nada.
Yo me pregunto: ¿dónde estarán los señorones
aquellos? Eran gordillos, de pelo blanco o gris la mayoría,
algunos calvos, y todos eran hombres. En esa época
no se usaba el que una mujer fuera la que te aconsejara de
inversiones de ningún tipo.
Cómo han cambiado los tiempos... ahora es raro encontrarse
con “don fulano” en algún banco, porque
casi todo el personal en puestos de importancia es mucho más
joven que antes, trabajan en audioconferencias o en algún
lugar de la web, van al gimnasio, hacen spinning, y atienden
los asuntos cómodamente sentados en su escritorio y
probablemente vestidos de una manera desenfadada y un tanto
informal; las mujeres con los pelos sujetados hasta con un
lápiz, y los hombres crudos del reventón de
la noche anterior.
Y es que Cancún es así. También en esto
tenemos reglas que sólo se siguen en este punto del
hemisferio. Es un lugar donde la mayor parte de los habitantes
es gente joven, y los que no lo son luchan desesperadamente
por serlo. Y claro, en Cancún como en el mundo entero
el número de víctimas del impacto de la modernidad
y de la juventud se acrecienta día con día.
Si nos fijamos, lo que los medios |
nos venden es eso: juventud.
Este producto de venta número uno en toda las revistas,
en todos los canales de televisión y en casi todos
los medios nos hacen seguir las reglas para vernos jóvenes,
usar tal y cual crema para las arrugas, tomar tal yogurt
bajo en grasas, tal bebida light, infinidad de productos
para bajar de peso, “astroesto” y “skinlotro”
para adelgazar, gimnasios y aparatejos para estar en forma
-que normalmente acaban como los toalleros
más caros de la historia-, inyecciones de hormonas
de becerros suizos, y la lista sería interminable,
con un sinfín de publicidad y artículos escritos
sobre productos y servicios que lo único que hacen
es recordarnos que ser viejo NO SE USA.
Obsesionados por verse jóvenes recurren a todo tipo
de cirugías, de tratamientos y de modas. Se cuelgan
hasta el molcajete con tal de hacer notar que están
actualizados y que no están paseé en este
fascinante -y difícil- mundo tan de moda: el mundo
de la juventud.
Lo de hoy es ser, verse y sentirse joven.
Y en alguno de los conceptos no está mal, la verdad
es que bajar nuestros kilos y algunos triglicéridos
de nuestro cuerpo nunca es mala idea, ejercitarnos para
que esta maquinaria que Dios nos regaló funcione
de la mejor manera posible, tampoco. Lo ideal sería
tratar de verse joven y no morir en el intento. Y aquí
es donde empiezan los resbalones de cuanto señor
y señora de edad avanzada me topo en el gimnasio,
en las discos, en restaurantes y demás Pero de ese
tema trataremos en otra ocasión. No hay que desviarnos.
La verdad es que sí es maravilloso ver a la gente
joven tomando las riendas de los puestos importantes en
las empresas y las instituciones. Y a éstos, bien
valdría recordarles que no hay como una persona mayor
para aprenderle muchas cosas. La experiencia tiene un precio
que por sí solo no se podría pagar ni con
todas las horas del gimnasio.
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La sencillez que dan las
experiencias duras en el trabajo no la enseñan ni
en Internet, ni en audioconferencias. La conciencia que
se tiene como resultado de muchos años de tratar
a cientos de clientes día con día... no es
adquirible en ninguna tienda de South Beach, y no habría
etiqueta de ninguna buena marca para ponerle a la imagen
que dan los y las ejecutivas impecables, arreglados, bañados
y bien peinados.
La próxima vez que entre usted a un banco... analice
al ejecutivo que lo está atendiendo. Escaneelo con
la mirada y califíquelo. ¿Esta peinado? ¿Se
habrá duchado antes de salir de casa? ¿Habrá
llegado tan siquiera a dormir a su casa? -esto no sirve
de mucho, pero cómo divierte pensarlo- ¿Se
come las uñas? Los zapatos... ¿los tiene relucientes?
Si lleva sandalias... ¿cómo tiene las uñas
de los pies? ¿Se lavó los dientes?
Acérquese y cerciórese... ¿huele maravilloso
o trae el famoso “cilantrazo” de los tacos de
canasta del camellón?
Y dígame... ¿se imagina usted cómo
se vería su ejecutivazo frente al que usted conoció
de niño en la sucursal de su papá?
Hágalo con confianza y no se sienta mal.
Es parte del riesgo que cualquier profesional tiene que
correr al ponerse en el flechero que representa el dar la
cara por una compañía seria y prestigiada.
La imagen en una empresa la dan todos, desde el portero
hasta el director general.
Y mucho ojo.
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