Aunque es un paraje que adoro, tengo que reconocer que la Ciudad de México tiene algunos defectillos.
El tráfico, por ejemplo.
(Cierto es que no puedo alegar nostalgia porque en Cancún, en la zona de discotecas, estamos haciendo un buen esfuerzo para imitar a la capital, pero aún nos falta mucho para tener vendedores ambulantes en los carriles centrales del Periférico, empezando por el principio: no tenemos Periférico).
O el aire contaminado, por ejemplo.
(Limpio aquí porque se lo llevan las masas de aire marítimo tropical, pero, ya que no pudimos arruinar la atmósfera, hay que destacar las ganas que le estamos echando a la polución del agua: la acumulación de residuos fecales en la bahía es una gota que está llenando el vaso).
Pero esas son pecatas minutas frente al gran problema de vivir en la metrópoli: la inseguridad.
O sea, ese escalofrío que sientes en la nuca cuando un auto se te empareja en la madrugada.
O sea, esas miradas furtivas que lanzas a los cuatro puntos cardinales cuando retiras tu lana del cajero automático.
O sea, esa manía de convertir las sobremesas en un recuento de horrores, porque cada quien tiene un amigo, un pariente, un vecino (o uno mismo), que ha sido vejado, despojado, secuestrado, atropellado…
Esa hecatombe se inició hace un par de décadas, obvio, con la complicidad entusiasta de las policías. En esa época era yo chilango de tiempo completo y, como tal, alcancé a ser testigo de cómo el crimen se fue desparramando de los barrios bajos a los medios, de los medios a los altos, de los altos a los popis y los pirruris, hasta que toda la ciudad quedó cubierta por la pegajosa y asfixiante certeza de que cualquier calle era peligrosa.
Veinte años después, cancunense por decisión, habitante feliz del paraíso inventado, tengo la impresión de que estoy viendo de nuevo la misma película: se metieron con armas largas a una casa particular, secuestraron a la luz del día a un empresario, asaltaron con gente adentro una sucursal bancaria, acribillaron a tiros a un funcionario, tomaron por asalto un edificio de oficinas.
(Y todo eso sólo puede suceder con la complicidad entusiasta de las policías).
Los franceses tienen un término, dèjá vu, para describir esa vivencia: esto ya lo había vivido, esta situación me resulta idéntica, esto me sucedió en otra vida.
Pues no: me sucedió en esta, y me sucedió cuando no había narcomenudeo, ni narco guerrilla, ni narco terrorismo, ni cárteles de la droga, ni bandas gruperas echándole porras a los narcos.
El problema es qué hacer.
¿Emigrar a otra parte?
¡Qué flojera! Aquí están mis amigos, mi negocio, mi fabuloso equipo de trabajo, mis pavitos en el golf, mis tertulias en el Tafil, en fin, el rosario de bendiciones que hacen valiosa la vida.
¿Contratar guaruras?
¡Qué burrada! Aparte de que no lo justifica mi patrimonio ni lo aguantan mis ingresos, equivale a meter al enemigo a casa.
¿Denunciar en el periódico? ¿Comprar una pistola? ¿Rezar un novenario?
Esa película ya la vi: no sirve de nada.
Así que haré lo mismo que la vez pasada, lo único que podemos hacer los ciudadanos indefensos: fingir que el problema no existe y volver a desconfiar de las autoridades.
