Para ser franco, me confunde un poco la letanía turística de moda, que propala a los cuatro vientos que México es mucho más que un destino de sol y playa.
Lo dijo Felipe Calderón en Guadalajara: “…aprovechar la enorme capacidad turística de México, no sólo sol y playa, sino también el turismo ambiental y de naturaleza, el turismo que tiene que ver con lo que somos los mexicanos”.
Lo repite a cada instante el Secretario Rodolfo Elizondo, con palabras puntuales: “México no es solamente sol y playa. El reto de la promoción turística es poder llevar al mundo lo que es México desde otro punto de vista, la otra cara de la moneda”.
Lo recalca el Gobernador Félix González, en Chetumal: “Tenemos que crear una oferta turística mucho más amplia que la ya tradicional de sol y playa”.
Se hace eco la titular de Sedetur, Gaby Rodríguez: “El Caribe mexicano tiene muchos más atractivos que el sol y la playa.”
Hasta un boletín de la OVC de Cancún, distribuido en una reciente feria turística en Nueva York, apunta que “Cancún, a sus 35 años, es mucho, muchísimo más que sol y playa”.
Vamos a ver…
Se puede entender que el Presidente y su Secretario, que hablan para ser escuchados en los dos mil 400 municipios del país, muchos de ellos sin litorales o, igual de malo, con litorales pero sin buenas playas, le den un giro político al discurso y sugieran la remota posibilidad de atraer flujos turísticos masivos a esas latitudes.
Se entiende algo menos si lo dicen el Gobernador del Estado y su Secretaria, pero puede explicarse como una concesión al auditorio de la capital del estado, Chetumal, cuyos atractivos turísticos son más bien precarios.
Pero se entiende muy poco cuando adopta la misma estrategia la OVC, porque está remando directamente contra la corriente.
De cualquier modo, a mí me parece que desde el Presidente hasta la OVC, pasando por el Secretario y el Gobernador, están equivocados en esa estrategia (y en el discurso), por un par de razones obvias.
Primero, porque México tiene una frontera de tres mil kilómetros con la economía más consumista del planeta, léase los Estados Unidos, unos 280 millones de turistas potenciales, cuya motivación principal para viajar es el sol y la playa. En 2005, últimas cifras disponibles, uno de cada tres americanos que salió de su país decidió venir a México, y en una abrumadora proporción, mucho más de la mitad, vinieron a dorarse la tripa a las playas mexicanas. Las estadísticas de la OMT confirman esa tendencia: más de la mitad de los turistas, a nivel mundial, escogen el sol y la playa para pasar sus vacaciones.
Y segundo, porque el sol y playa son la esencia del Caribe mexicano, lo que motivó la creación de estos centros turísticos, el mejor activo que tiene y, a la vez, la mejor propaganda.
Desde luego, estoy muy a favor de que le pongamos a esa playa tantas chácharas adicionales como sea posible, trátese de campos de golf, parques ecológicos, marinas de altura, rutas arqueológicas, ranchos de ecoturismo, y hasta museos (que buena falta hacen).
Lo que me parece fuera de foco es pelearse con el concepto de sol y playa, sobajarlo, ningunearlo, como si se tratara de un valor inexistente, de un mensaje hueco, de un atractivo insuficiente.
Tal vez la cantaleta debería ser al revés: desde el Presidente hasta la OVC, habría que presumir que México, como país, es el mejor destino de sol y playa del mundo.
Así, con todas sus letras: el mejor destino de sol y playa del mundo.
Porque, para colmo, esa es la puritita verdad.