Secuestrados por el entorno político, los mexicanos hemos estado metidos casi un año atendiendo las sinrazones de una desaseada campaña presidencial.
Ataques frontales (‘mentiroso’, ‘peligro para México’), descalificaciones a ultranza (‘sólo nosotros sabemos gobernar’), provocaciones de mal gusto (‘cállate, chachalaca’) y acusaciones graves de reiteradas violaciones a la ley. Esos han sido, antes que las propuestas, los elementos dominantes del discurso de los candidatos.
Y tampoco se puede ignorar el triste papel que ha jugado el Presidente Fox en el debate, porque una cosa es tener un favorito, cuestión más que lógica y legítima, y otra bien distinta es descalificar a diario, desde la elevada tribuna que ocupa, a uno de los contendientes.
Al final, siento que tanta metralla terminó por aburrir al respetable, y que el sentir generalizado es de cansancio, de decepción, de hastío.
¡Qué flojera!
Pero esta dilatada escaramuza ha logrado algo más que aburrirnos. Con sus bravuconadas, los candidatos (y el Presidente) han exacerbado los rencores de muchas capas de la sociedad, creando un caldo de cultivo perfecto para el conflicto post electoral.
Durante meses, ingenuo que soy, esperé que alguno de los tres (o el Presidente), cualquiera de ellos, convocara a sus rivales a un encuentro personal, sin intermediarios ni representantes, tan sólo para acordar que el desenlace sería pacífico, y que cualquiera que fuera el veredicto de las urnas, los perdedores le levantarían el brazo al vencedor.
Ninguno se atrevió.
Ninguno ha tenido, hasta la víspera, la honestidad y el valor para reconocer que va a perder, ni siquiera que puede perder, y que se someterá sin pataletas a la decisión del árbitro.
Por el contrario, los tres se esmeraron en descalificar al IFE, cuestionando sus decisiones, ridiculizando sus instrucciones, desafiando sus órdenes.
Ahora, ¿con qué cara van a aparecer en público aceptando su derrota?
(Aunque en este tema, hay que imaginar, quizás los mueve su amor por las tradiciones históricas. Alegando fraude perpetuo, el PAN jamás reconocía la victoria de los presidentes priístas, y hasta la fecha, Labastida tampoco acepta que Fox le ganó. Por el lado del PRD, Cárdenas nunca ha admitido sus tres derrotas consecutivas).
Gobernar no sólo implica mandar. También, y sobre todo, requiere saber obedecer, ser capaz de interpretar los deseos de la mayoría (los obligatorios, de las urnas, y los manifiestos, de la opinión pública), entender las necesidades de las minorías, y reconocer con humildad que la visión ajena puede convertirse en gobierno.
Tras esta eterna campaña de dimes y diretes, e insisto, la sombría posibilidad de una rebatinga por el poder, no es extraño que los mexicanos estemos decepcionados del debut de la democracia.
Y hay que ver lo que nos falta…
Después de todo, de una cosa podemos estar seguros: sin remedio, uno de estos tres rijosos va a ser el próximo Presidente de la República.