En el resbaladizo
campo de las modas alimenticias, que no gastronómicas,
hemos pasado, desde hace algún tiempo, de la preponderancia
de los alimentos “sin” al arrasador triunfo de
los alimentos “con”.
El mundo desarrollado, obsesionado hasta la hipocondría
por la salud y la estética, valores que no osaré
yo poner en duda, se lanzó hace unos años a
los alimentos “sin”: café descafeinado,
cerveza sin alcohol, leche desnatada o descremada, que es
lo mismo... Nos quitaron de muchas cosas los elementos que
podían ser perniciosos para nuestra salud o para nuestra
esbeltez.
A mí, qué quieren que les diga, me sigue pareciendo
que un café sin cafeína no es café, que
una cerveza sin alcohol no es cerveza, y que una leche sin
nata es, por lo menos, mucho menos leche que la entera; pero
la gente aceptó esos productos entusiastamente. Ah,
pero ahora estamos en plena fiebre por los alimentos “con”.
La publicidad nos bombardea con alimentos “enriquecidos”.
El caso de la leche es bastante ilustrador. Hoy nos siguen
vendiendo leche desnatada, o semidesnatada, o sea, “sin”;
pero, además, “con”: con calcio, con flúor,
con jalea real, con fibra, con soja, con omega tres, con todo
el abecedario vitamínico... Dejando aparte el calcio
y algunas vitaminas -riboflavina, tiamina y vitamina A-, ninguna
de esas cosas está por las buenas en la leche.
Lo del calcio merece párrafo propio. Verán,
cuando yo estudiaba, me enseñaron que la leche era,
precisamente, una de las principales fuentes naturales de
calcio. La leche tiene calcio. Bueno: pues ahora nos venden
como la gran cosa leche con calcio. Calcio, claro está,
añadido. Y digo yo: ¿de dónde procede
ese calcio añadido? ¿De la leche? Entonces,
¿es que primero se lo quitan y luego se lo ponen? Para
ese viaje, como decía el añorado humorista Gila,
no hacen falta alforjas.
Más perplejo me tiene lo del omega tres. Como sin duda
saben ustedes, se trata de un ácido graso, o |
un tipo de
ácidos grasos, muy bueno para tener poquito colesterol
malo, cuyo “envase” natural son los pescados azules.
Bueno: pues a mí lo de la leche con omega tres me suena
siempre a un imposible cruce entre vacas y sardinas, y me
recuerda un viejo chiste, aquél en el que se encuentran
dos animales y se preguntan “¿tú qué
eres?
Uno contesta: “un perro lobo”.
El otro pide explicaciones, y él le dice: “mi
padre era un perro, y mi madre, una loba”. “Ah”,
entiende el segundo. “¿Y tú?”, quiere
saber el primero. “Yo, un oso hormiguero”. Y el
perro lobo, estupefacto, exclama: “¿oso... hormiguero?
¡Anda ya!”.
Bueno, pues parece que hay vacas cruzadas con sardinas. Y
con abejas. Miren ustedes, yo he defendido siempre los alimentos
que llamamos “naturales”, esto es, no sometidos
a manipulaciones. Si tengo que ingerir omega tres, me como
media docena de sardinas, forma gastronómicamente mucho
más satisfactoria que beberse un vaso de leche “enriquecida”.
Ahora, cuando anuncian algún alimento, los fabricantes
subrayan lo bueno que es, sin hacer la mínima mención
a lo bueno que está. Las aguas embotelladas están
llenas de iones beneficiosos; las leches -y los yogures, incluso
los que no son yogures porque no están vivos-, lo dicho;
los cereales, ni se sabe; los zumos de frutas, tres cuartos
de lo mismo...
Que me parece muy bien que nos cuidemos, pero muy mal que
nos laven el cerebro de esta manera. Por si acaso, pretendo
seguir comiendo y bebiendo cosas que, por un lado, sean lo
más naturales posible, sin presuntos “enriquecimientos”
ni eliminaciones, y, por supuesto, estén ricas.
Y recuerden: una alimentación equilibrada es, por sí
misma, sin necesidad de enriquecimientos que suenan a extrañas
parejas, la clave de una buena salud. Y si, encima de equilibrada,
es rica, empezaremos a hablar de cosas serias. Lo demás...
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