Año 1 Número 4 Julio 2003

Alimentos
"con", alimentos "sin"

Caius Apicius

Una alimentación equilibrada es, por sí misma, sin necesidad de enriquecimientos que suenan a extrañas parejas, la clave de una buena salud. Y si encima de equilibrada es rica...

En el resbaladizo campo de las modas alimenticias, que no gastronómicas, hemos pasado, desde hace algún tiempo, de la preponderancia de los alimentos “sin” al arrasador triunfo de los alimentos “con”.
El mundo desarrollado, obsesionado hasta la hipocondría por la salud y la estética, valores que no osaré yo poner en duda, se lanzó hace unos años a los alimentos “sin”: café descafeinado, cerveza sin alcohol, leche desnatada o descremada, que es lo mismo... Nos quitaron de muchas cosas los elementos que podían ser perniciosos para nuestra salud o para nuestra esbeltez.
A mí, qué quieren que les diga, me sigue pareciendo que un café sin cafeína no es café, que una cerveza sin alcohol no es cerveza, y que una leche sin nata es, por lo menos, mucho menos leche que la entera; pero la gente aceptó esos productos entusiastamente. Ah, pero ahora estamos en plena fiebre por los alimentos “con”. La publicidad nos bombardea con alimentos “enriquecidos”. El caso de la leche es bastante ilustrador. Hoy nos siguen vendiendo leche desnatada, o semidesnatada, o sea, “sin”; pero, además, “con”: con calcio, con flúor, con jalea real, con fibra, con soja, con omega tres, con todo el abecedario vitamínico... Dejando aparte el calcio y algunas vitaminas -riboflavina, tiamina y vitamina A-, ninguna de esas cosas está por las buenas en la leche.
Lo del calcio merece párrafo propio. Verán, cuando yo estudiaba, me enseñaron que la leche era, precisamente, una de las principales fuentes naturales de calcio. La leche tiene calcio. Bueno: pues ahora nos venden como la gran cosa leche con calcio. Calcio, claro está, añadido. Y digo yo: ¿de dónde procede ese calcio añadido? ¿De la leche? Entonces, ¿es que primero se lo quitan y luego se lo ponen? Para ese viaje, como decía el añorado humorista Gila, no hacen falta alforjas.
Más perplejo me tiene lo del omega tres. Como sin duda saben ustedes, se trata de un ácido graso, o

un tipo de ácidos grasos, muy bueno para tener poquito colesterol malo, cuyo “envase” natural son los pescados azules.
Bueno: pues a mí lo de la leche con omega tres me suena siempre a un imposible cruce entre vacas y sardinas, y me recuerda un viejo chiste, aquél en el que se encuentran dos animales y se preguntan “¿tú qué eres?
Uno contesta: “un perro lobo”. El otro pide explicaciones, y él le dice: “mi padre era un perro, y mi madre, una loba”. “Ah”, entiende el segundo. “¿Y tú?”, quiere saber el primero. “Yo, un oso hormiguero”. Y el perro lobo, estupefacto, exclama: “¿oso... hormiguero? ¡Anda ya!”.
Bueno, pues parece que hay vacas cruzadas con sardinas. Y con abejas. Miren ustedes, yo he defendido siempre los alimentos que llamamos “naturales”, esto es, no sometidos a manipulaciones. Si tengo que ingerir omega tres, me como media docena de sardinas, forma gastronómicamente mucho más satisfactoria que beberse un vaso de leche “enriquecida”.
Ahora, cuando anuncian algún alimento, los fabricantes subrayan lo bueno que es, sin hacer la mínima mención a lo bueno que está. Las aguas embotelladas están llenas de iones beneficiosos; las leches -y los yogures, incluso los que no son yogures porque no están vivos-, lo dicho; los cereales, ni se sabe; los zumos de frutas, tres cuartos de lo mismo...
Que me parece muy bien que nos cuidemos, pero muy mal que nos laven el cerebro de esta manera. Por si acaso, pretendo seguir comiendo y bebiendo cosas que, por un lado, sean lo más naturales posible, sin presuntos “enriquecimientos” ni eliminaciones, y, por supuesto, estén ricas.
Y recuerden: una alimentación equilibrada es, por sí misma, sin necesidad de enriquecimientos que suenan a extrañas parejas, la clave de una buena salud. Y si, encima de equilibrada, es rica, empezaremos a hablar de cosas serias. Lo demás... publicidad.

 
 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.