Año 5 Número 59 Febrero 2008
 
   

Arcas vacías

Voy a tratar de que este comentario no suene como una defensa de la gestión de Francisco Alor, porque la valoración que tengo del gobierno municipal que agoniza es francamente negativa.
Como muchos cancunenses, pienso que ha sido una de las gestiones menos acertadas en la historia de la ciudad, y eso es mucho pensar en este municipio, que en su corta existencia ya tiene toda una tradición de gobiernos ineficaces.
Un pecado no menor fue la soberbia. Víctima de una vanidad exacerbada, el edil saliente se instaló en una suerte sordera que lo llevó a nulificar al Cabildo, a desdeñar a la opinión pública, y a ver en toda sugerencia una idea hueca y en toda crítica una intención malsana. Así, se pasó el trienio sin recibir a nadie (es un decir, pero era célebre el desorden de su agenda), dando por resueltos multitud de asuntos que quedaron pendientes.
Pero su peor mancha, quizás, fue darle carta de legalidad a los excesos de Chacho y Canabal, autorizando la construcción de miles de condominios y cuartos en la Zona Hotelera, un despropósito ecológico y urbanístico que vamos a sufrir por décadas, que es imposible explicar sin la sospecha de los manejos turbios y que tal vez no tenga remedio.
Al final, Alor entregará un Cancún colapsado, con servicios públicos inadecuados, con las finanzas comprometidas (la deuda total del Ayuntamiento se sitúa entre 900 y 1 000 millones de pesos, más de dos tercios de su ingreso anual), con una nómina astronómica (seis mil empleados en el Ayuntamiento), lleno de baches, pletórico de asaltos, sin reservas territoriales ni relleno sanitario.
(Pese a lo cual, el alcalde parece convencido de que tiene méritos sobrados para aspirar a la gubernatura).
Pero aquí es donde, sin defender a Alor, uno tiene que preguntarse qué pasa con los gobiernos municipales, pues todos y cada uno de los anteriores han dejado a Cancún sumido en deudas, maltrecho en servicios, con el futuro incierto, con la esperanza hipotecada.
En mi opinión, la parte medular del problema es que los gobiernos de Cancún administran sin remedio un municipio quebrado.
Un sólo dato: el défict en infraestructura de servicios públicos (los primarios: agua, luz, drenaje, pavimento, etcétera, dejando de lado equipamiento que urge, como oficinas y cuarteles, para no hablar de museos o estadios) se ha estimado en seis mil 500 millones de pesos, y, como el presupuesto municipal contempla 300 millones para obra pública, a ojo de buen cubero se requieren 20 años para salir del bache (si la ciudad deja de crecer en este instante).
Cancún está quebrado y jamás tendrá dinero para tapar sus baches, completar sus semáforos, controlar a los vándalos, recoger la basura, liquidar la deuda, construir los puentes sobre la laguna o sobre la Colosio, equipar a los bomberos o embellecer sus glorietas, por la sencilla razón de que tenemos un presupuesto municipal por habitante de 141 dólares, cuando una ciudad de riqueza media, como Madrid, lo tiene de cinco mil 173 dólares (y es uno de los más bajos de Europa).
Dentro de pocos días, los habitantes de la ciudad acudiremos a las urnas para elegir un nuevo go-bierno. Al escribir este texto, a mediados de enero, no es fácil anticipar el desenlace: aunque el candidato del PRI figura en las encuestas con una cómoda ventaja, en las democracias reales nunca se puede descartar una sorpresa.
Lo que sí se puede adelantar es una conclusión sombría: gane quien gane, la calidad de vida en Cancún seguirá en picada.

 
Sotano

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