Por muy fuerte que se encuentre frente al dólar, la verdad es que nuestra unidad monetaria, el peso mexicano, tiene un valor ridículo.
Un peso no compra prácticamente nada (ni creo que haya nada que valga un peso).
Es tan poco que hasta parece un insulto dárselo al viene-viene de los estacionamientos o a los viejitos de la caja del súper.
Es tan nada que no creo que nadie lo recoja del suelo, si se le cae, a menos que sea para conjurar la mala suerte.
Hubo un tiempo de aquellos pesotes de plata que nos gastábamos en la escuela, de acuerdo a la siguiente sumatoria: un tostón por la torta de jamón, 35 centavos por la coca chica y 15 fierros para invertirlos en las estampitas del álbum de moda, que, bien administradas en el riesgoso juego de los tapados, o de la rayuela, o del trompo, o del tacón, podían convertirse en una respetable fortuna, digamos unos cinco pesos.
Claro que esos pesos se volvieron humo y llegaron a costar mil pesos viejos, cuando el gobierno nos volvió millonarios a todos los mexicanos a base de imprimir y repartir billetes.
(Y luego nos regresó a nuestra pobreza ancestral quitándole tres ceros).
De ese recorte, recuerdo una discusión con amago de huelga de brazos caídos en la redacción de un diario, el unomásuno, porque algunos reporteros consideraban un atraco que la señora de la limpieza, que habilitaba un puesto de fritangas por las tardes, les vendiera los refrescos a cuatro pesos, cuando en la tiendita de la esquina valían tres.
Entonces pensé, sigo pensando ahora, que si un reportero protesta porque tiene que pagar un peso de más por su chesco, el problema radica en que su empresa le está pagando una miseria (y no en el aumento de precios). Lo conducente, pues, sería luchar por tener un salario decente, y no manotear para fregar al más jodido.
Fiel a sus principios de sueldos magros, la dirección tomó una decisión salomónica: mandó retirar la concesión al changarrito de la afanadora, con lo cual los quejosos lograron el triunfo de la causa refresquera, pero tuvieron que caminar hasta la esquina para ahorrarse el afrentoso peso.
Esa ridícula escaramuza tuvo lugar hace décadas y, con franqueza, parecía lejana hasta el pasado mes de enero, cuando el país entró en crisis política porque el precio de la tortilla subió uno, quizás dos pesos. Vinieron las declaraciones tronantes de los ministros, las admoniciones de los tribunos, las advertencias de los procuradores y las amenazas de los neoliberales.
Todos contra la especulación, el abuso, el ataque artero a la anoréxica economía de las clases populares.
No sé si eso está bien o está mal, pero sin duda tanto teatro deja de lado el meollo del problema: hay demasiada gente en este país para quien sigue siendo importante esa baratija que llamamos peso.
Dicho sin rodeos, aparte de pobreza extrema y miseria rural, los salarios que están pagando las empresas en México son groseramente bajos. Y la transferencia de riqueza de la base de la pirámide (los pobres) a la cúspide (los ricos), en vez de reducirse o estacionarse se sigue ampliando, cada vez a mayor velocidad. Eso es lo que hace años alega la izquierda, pero ahora empieza a decirlo la derecha: con una desigualdad así, ni pensar en una economía de primer mundo.
Para nuestra vergüenza, en el siglo de la globalización, para muchos compatriotas los dos pesos de Bartola son más que una tonada divertida.