Año 3 Número 35 Febrero 2006
 
   

Cuenta regresiva

Si mal no recuerdo, en todos y en cada uno de los años de la última década Cancún se preparó para sufrir el impacto de un huracán. Se me van las fechas precisas, pero en la memoria los nombres de Mitch, Roxanne, Fran, Opal, Keith, Isidoro, George, la misma Katrina e Iván el Terrible están asociados a las ventanas parchadas con masking tape, a las compras de pánico y a sustos de variopinta intensidad.
La temporada 2005 hizo buenos los malos pronósticos. Los azotes sucesivos de Emily, Stan y de remate Wilma, revelaron que ninguna precaución había sido inútil y que, en lo que respecta a ciclones tropicales, nuestro paraíso está, siempre ha estado y seguirá estando en barrera de primera fila.
Hay que vivir con esa inquietante certeza.
Y, obviamente, hay que convertir en materia obligatoria la cultura de huracanes.
El año pasado, como la ONU, que hasta un premio nos dio, y como mucha gente, creo que aprobamos el examen. El saldo blanco entre la población, el ánimo y la solidaridad de los vecinos, la pronta reinstalación de los servicios públicos y la evacuación sin incidentes de miles de turistas son pruebas de que estábamos alertas y conscientes, sobre todo si nos comparamos con la parálisis que provocaron Katrina y Wilma en los Estados Unidos.
Pero no vale dormirse en los laureles.
Con ojo crítico, hay que aceptar que cometimos errores y que arrastramos vicios, que si bien han tenido un costo relativo sería absurdo que no los revisemos y volvamos a tropezar, en el futuro, con la misma piedra.
Por ejemplo, hubo hoteles que les pidieron a sus huéspedes empacar sus maletas y meterlas al closet mientras se iban al refugio, y luego se encontraron rescatando esos equipajes de edificios maltrechos, entre plafones caídos y ventanas rotas, con diez o más pisos de altura, y sin elevador (es obvio que los hoteleros necesitan su propio manual).
Hubo también refugios que funcionaron mal, que se inundaron, que no eran seguros o que estuvieron a punto de venirse abajo. De hecho, fue un milagro que todos aguantaran (las crisis nerviosas fueron de antología), pero es otro capítulo que habría que revisar a fondo.
La distribución de la ayuda post-huracán también registró equívocos. Queda para la anécdota que se hayan mandado ocho mil cobertores a Holbox, que sólo tiene dos mil habitantes, pero no es chistoso enterarse que nadie quería recibir un avión cargado de comida porque venía en bultos a granel, y en Cancún no había bolsas suficientes para hacer despensas (en cambio, sobraban las manos voluntarias).
La peor tara, sin embargo, son nuestros reglamentos de construcción. En Cancún edificamos como en el centro de México, para aguantar temblores, cuando lo que se requiere es lidiar con vientos huracanados. Tenemos mucho vidrio flaco, mucho cancel frágil, mucho plafón quebradizo, mucho anuncio espectacular endeble y mucha instalación chafa. Las fachadas son escénicas, los techos son volátiles (literalmente), y hasta la vegetación de ornato es inestable.
Aquí sí el problema es mayúsculo: muchos hoteles están sobre la duna costera (y si se quedan ahí se van a terminar cayendo), los cableados eléctricos y telefónicos son aéreos (y ya los volvieron a parar, cuando era el momento de hacerlos subterráneos), y las carreteras que llegan a Cancún tienen una altura que está por debajo de los vados (y nadie está hablando de rectificarlas).
Tras el paso de Wilma, escuché a mucha gente decir que se requieren manuales de prevención, que debemos revisar lo que falló, que hay que estar preparados…
Estoy cien por ciento de acuerdo, pero estamos en febrero: la próxima temporada de huracanes empieza en cinco meses.
Si vamos a hacer algo, hay que empezar ahora.  

 

 

 
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