Año Número 23 Febrero 2005


Sal y Pimienta

* Las críticas que presentamos en este espacio gastronómico están soportadas en las experiencias personales de expertos en restaurantes de Latitud 21. Todos los lugares que se mencionan aquí son visitados en anonimato y Latitud 21 paga por el consumo. Ningún desembolso de otro tipo influye en los comentarios de este espacio gastronómico.

-¿Ya viste qué mujeres más hermosas, Sal? Son unos cromos, parecen sacadas de un grabado oriental.

-Aprovéchate, Pimienta, porque este es el único lugar donde te voy a permitir que les eches ojo a las meseras. Pero sólo a las meseras, porque yo veo cromos femeninos por todos lados y me parece que también les estás dando su checadita.

-Te equivocas, salerosa, mi intención es de la más estricta y pura espiritualidad. Mira esa mujer, un modelo de belleza étnica: es altísima, es delgadísima, tiene los pómulos panorámicos, los ojos rasgados pero enormes, la boca diminuta, y camina con una elegancia de remota y misteriosa corte oriental. Cuando la veo, me parece que surgió de un antiguo grabado tailandés.

-Pues déjame decirte que no salió de un grabado, sino de Tailandia misma. En serio: los propietarios del Thailounge se trajeron siete personas desde Bangkok, entre ellos el chef del restaurante, que ni siquiera hablaba inglés cuando llegó. ¡Imagínate los enredos para descifrar los ingredientes que exigía!

-Me encantaría conocer ese país, Sal, y me conformaría con conocer tres rincones. Primero, el Palacio Real, situado junto al río Siam. Luego, el Templo del Buda Esmeralda. Y al final, el mercado de flores y frutas flotante, sobre el canal Saduak, que es como una mega versión de Xochimilco, con miles de vendedores en chalupas ofreciendo su mercancía, y miles de compradores escogiendo y regateando, también en chalupas.

-¡Qué encanto! Debe ser una tradición milenaria.

-Vender en chalupa sí, pero este mercado no. Fíjate que Tailandia tuvo un gran rey, que ellos llaman Chulalongkorn, y el resto del mundo lo conoce como Rama V. Es un personaje venerado aún hoy en día. Gobernó a fines del siglo XIX y tenía un espíritu audaz y una mente moderna. Imagínate que viajó a Europa por mar y tierra, y se tardó más de un año, pero se hizo amigo del Zar Nicolás y convenció a Francia e Inglaterra que respetaran la independencia de Tailandia. Gracias a eso, creo que ahí están las tradiciones más auténticas de todo el Sureste asiático.

-Interesante, Pimienta, pero esto ya parece clase de historia. Hablemos de la comida del Thai. ¿Qué me aconsejas ordenar?

-Te aconsejo dejarte llevar por el instinto, Sal. Hasta donde yo sé, pero te confieso que no sé mucho, la comida tailandesa es una fusión de cocinas orientales, especialmente la china y la hindú, refinada en base a salsas exóticas, muchas de ellas dulces. Si sientes debilidad por lo agridulce, te vas a sentir como en casa.

-Ya veo. Aquí hay unos rollos en salsa de tamarindo, y unas brochetas en salsa de cacahuate, y una ensalada de res y vegetales con aderezo de lima, y lo que estaba buscando, la sopa de pollo con jengibre y leche de coco.

-Si te fijas es lo mismo con el curry, que no es tan fuerte como el hindú. Hay una variedad roja con cacahuate, y una variedad amarilla con consistencia cremosa, y una roja que incluso lleva uvas y piña.

-Pero a ti no te gusta lo agridulce, Pimienta.

Cierto, Sal, pero me encanta el chile, y esa es otra especialidad Thai. Si te fijas, la mitad de los platillos te advierten que son picantes, y créeme, algunos saben a lumbre. Ahora mismo estoy indeciso entre el filete de pescado al ajo con salsa de tamarindo y chile, o la pechuga con pimientos y cebolla.

-¿Por qué no pedimos todo al centro, para compartir? Y un buen vino tinto, para afinar los sentidos.

-Creo que sería excesivo para los sabores suaves del principio. Aunque ya sé que traes la peregrina teoría de que el mejor vino blanco es el peor tinto, yo sugeriría que empecemos con un chardonnay, y hasta con un chenin, con buena acidez, que resalte el sabor frutal de las salsas, y luego, con los platos fuertes, nos seguimos con un merlot o un pinot noir. La carta de vinos está cargada de opciones, aunque, para mi gusto, traen el mismo complejo que tú y tienen el doble de tintos que de blancos, cuando debiera ser al revés.

-Lo que tú digas, yo te obedezco, pero prométeme dejar de voltear a ver a las meseras.

-Ya no estoy viendo a las meseras, sino el restaurante. ¡Qué inversión tan audaz! Fíjate cuántas mesas hay y verás que no son más de 12, cada una ubicada dentro de una pequeña cabaña de madera, al aire libre y junto a la laguna. Y en la parte del bar, el concepto lounge, o sea, pequeñas salas y grandes camas disfrazadas de sillones, donde los cromos no tailandeses toman la copa con gran desenfado. Con razón está de moda este lugar. Y para rematar, la enorme piscina del Acuario Interactivo como decoración del bar: te estás tomando la copa y, a dos metros de distancia, ves pasar a los delfines juguetones.

-Te estás volviendo romántico, Pimienta, y lo celebro. De hecho, eso fue lo primero en que me fijé: la sensualidad del ambiente, el olor de la naturaleza, y todo a media luz. Definitivamente, si quieres romance, este es el sitio. Así que en lo dicho: esta noche te obedezco.

 
 


 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.