Año Número 23 Febrero 2005

Hace unas cuantas semanas, en un viaje ocioso y placentero por París, escuché infinidad de veces la misma letanía: ¡qué envidia vivir en Cancún!

Cancún, el sol eterno.

Cancún, la playa gloriosa.

Cancún, el paraíso terrenal.

Desde luego, en la ciudad de los palacios y los museos, de los excesos y los artistas, uno tiene que responder, hasta por cortesía, que la envidia es al revés.

Pero el meollo del asunto es otro: la imagen del paraíso corresponde a un estereotipo que se da, y muy bien, en la zona hotelera, donde los turistas gozan del sol, se revuelcan en la arena y se nutren de cocos con ginebra.

Y frente a esa imagen idílica, de tarjeta postal, nadie te cree cuando explicas que el hábitat urbano de Cancún es un desastre, que el gris de los tabiques predomina sobre el verde de los árboles, que los parques no son espacios de convivencia sino depósitos de basura, que hay rumores de secuestros express en las plazas comerciales, que los altos se están llenando de tragafuegos y saltimbanquis, que todo mundo se estaciona donde se le da la gana, que el agua potable de la llave está contaminada, que los camiones juegan carreritas en las avenidas, que los anuncios espectaculares tapizan el horizonte, que esto, que lo otro.

Cancún centro es una ciudad inhóspita, yerma y, sobre todo, fea y fachosa.

Cualquier ciudad del Sureste, por pobre que sea (y casi todas son más pobres que Cancún), tiene espacios armónicos y luminosos: los portales de Veracruz, el parque-museo de La Venta en Villahermosa, las murallas de Campeche, el señorial Paseo Montejo de Mérida, el convento de Valladolid y, si mucho me apuran, hasta el Parque Ecológico de Chetumal.

Sólo Cancún (y su hermana menor, Playa del Carmen: mal de familia), andan tan escasas de encantos: ni una sola plaza hermosa, ni un edificio memorable, ni una esquina emblemática, ni un rincón fotogénico (fuera de la zona hotelera).

Triste paradoja: las niñas ricas son las menos agraciadas.

Y para colmo, nadie parece preocupado del asunto; no al menos esos señores que aspiran a ser alcaldes y que se la han pasado durante semanas hablando de lo que no saben (como crear empleos) y, peor aún, de lo que no pueden (como acabar con la corrupción).

Ninguno me ha pedido mi opinión (ni me van a hacer caso), pero igual se las voy a dar: si yo fuera alcalde, lo primero que haría sería nombrar un responsable de la belleza callejera (un director de Imagen Urbana o algo así), cuyo único encargo sería imaginar espacios comunitarios: proponer fuentes, proyectar plazas, negociar estatuas, llenar de verde los camellones y, desde luego, obligar a los vecinos (por las buenas o por las regulares) a repellar sus fachadas grises y a pintarlas con algún llamativo tono tropical. No digo que al final tendríamos una ciudad bonita, pero al menos tendríamos una cara presentable que nos ahorraría la vergüenza de confesar, cuando viajamos, que viviendo en Cancún nos tocó bailar con la más fea.

No hay que ser.

 

 
 


 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.