Para cuando lea estas líneas habrán concluido las elecciones para elegir gobernantes municipales, estatal y de representación legislativa para Quintana Roo, y sabremos quiénes resultaron ganadores.
Con la misma certeza sé que escucharemos por semanas difamaciones y desacreditaciones de todos contra todos. Se van a acusar de fraudulentos, mentirosos y desleales. Y, como siempre, nadie le creerá a nadie.
Por fortuna el IFE y el Ieqroo han modificado la duración de las campañas y esta vez la pesadilla fue más corta.
Hoy, mientras escribo, ignoro quién va a ganar, pero sí sé que quienes lo logren será por haber gastado una mayor cifra en promoción electorera, y porque contaron con un aparato promocional más poderoso, convincente y en ocasiones hasta cínico para recolectar favoritismos y dinero para las campañas. ¿A quién apoyaron los sindicatos del estado? ¿Por qué artistas costosos cooperan con partidos para agregar imagen populachera y credibilidad? ¿Quién en realidad sabe de dónde provienen todos los fondos de campaña? ¿Quién explica por qué en un estado un partido se alía con otro cuando en el estado vecino son enemigos acérrimos?
Es válido pensar que las promesas de campaña, en esencia, están basadas en vocación auténtica y en un deseo de servir, pero la estrategia y, sobre todo, la mecánica están lejos de ofrecer algo sustancial en marketing: credibilidad.