Casarse nunca ha sido, por decirlo de algún modo, un episodio barato. Las invitaciones, los anillos, las fotografías de estudio, el vestido de la novia, el smoking del novio (aunque sea rentado), la carroza nupcial, la iglesia, las flores y, sobre todo, el banquete de bodas y la luna de miel, todo suma para convertir ese evento en una de las experiencias más onerosas que pueda vivir un ser humano.
Casarse es caro. Tan caro, que hay un costo inevitable que pasa prácticamente desapercibido: la licencia oficial. En efecto, contraer matrimonio requiere permiso del gobierno, y ese trámite vale unos cuantos pesos, tan pocos que ni siquiera pintan en el presupuesto nupcial.
A menos que sea usted extranjero y que decida casarse en Quintana Roo, en cuyo caso la licencia podría llegar a costarle cerca de cinco mil pesos, casi 500 dólares al tipo de cambio actual.
"Casarse en el Caribe mexicano se ha puesto de moda en los Estados Unidos", explica la diputada Gabriela Rodríguez, presidente de la Comisión de Turismo del Congreso local. "Las revistas de novias están saturadas de sugerencias al respecto y estamos bien posicionados en ese segmento. Antes sólo era la luna de miel, pero ahora es el paquete completo".
Aunque no todos los municipios tienen al día sus registros, una estimación global sugiere que en 2003 se efectuaron en Quintana Roo alrededor de dos mil 500 "matrimonios entre extranjeros", como los define la Ley de Hacienda Municipal.
Alega Rodríguez: "Pero esa cifra es engañosa: parecen muchos, pero son pocos. Tenemos miles, pero podríamos tener decenas de miles. Un solo hotel, con adecuada promoción, llega a tener hasta 30 bodas mensuales, una por día. La industria está atacando ese nicho, pero el costo de la licencia es excesivo y actúa como un lastre. Sería trágico que, por ese detalle, alguien decidiera casarse en otra parte".
En opinión de la diputada priísta, las bodas son un negocio redondo. Aparte de que vienen los novios, obligados por las circunstancias a gastar, vienen también sus invitados. Es como una luna de miel colectiva, con grupos que fluctúan entre una docena y medio centenar de amigos y parientes, que consumen en un ambiente festivo y que se vuelven promotores activos del destino, pues regresan hablando maravillas. Esa derrama es la que puede estorbar un cobro abusivo.
Agrega Rodríguez: "Lo mejor de las bodas es que establecen un vínculo entre el destino turístico y una pareja, que luego se volverá familia. Es muy probable que vuelvan a los pocos años a revivir recuerdos, que después traigan a sus hijos pequeños, que regresen a los 25 años a celebrar sus bodas de plata. El lugar de la boda se convierte en parte de la historia familiar: esas fotos se quedan en el álbum para siempre. Y volver se convierte en cosa obligada".
Con esos argumentos, Rodríguez propuso al Congreso una drástica reducción en las cuotas de la licencia. Así, a partir de enero de 2004, el costo del permiso se redujo de 120 a 60 salarios mínimos en los municipios turísticos del Norte (Cancún, Cozumel y la Riviera Maya ), y en proporciones similares en el resto de la entidad (donde era y es mucho más barato).
Remata Rodríguez: "La estructura fiscal del país es muy injusta. Los alcaldes tienen muy pocas vías para allegarse recursos y, con toda lógica, incrementan los derechos municipales. Pero los impuestos deben fomentar la actividad económica, no reprimirla. Y en este caso, el costo del trámite estaba lesionando una veta de negocios muy prometedora. Hay que fortalecer las finanzas municipales, pero no a costa de sacrificar mercados. Ese es el desafío".