Una de las aspiraciones más comunes en los humanos es viajar. ¿Adónde? Adonde sea con tal de abandonar por un tiempo más o menos largo la rutina, el afán cotidiano, la monserga de los días, el rostro del jefe y si es posible una dicha mayor, la cara de la suegra. Pero se han dado casos de viajeros con todo y madre política, lo cual no tiene ni madre ni perdón.
La organización del viaje ha dado lugar a una industria: el turismo, palabra cuya etimología proviene del vocablo "Tourism" y significa rotar, girar, dar vueltas, y se usa indistintamente en inglés o francés. En ese sentido Marco Polo, cuya leyenda ha servido para bautizar agencias de viajes o para enarbolarlo como precursor de la globalización y el mercado libre, no fue un turista, fue un comerciante transnacional. Los hermanos gemelos del turismo son la excursión, la exploración y en terrenos más fecundos la diplomacia.
El éxito del turismo como nave salvadora de muchas economías consiste en una verdad repugnante: a todo el mundo le gusta viajar. A mí no, y menos ahora cuando cualquiera es terrorista o sospechoso de llevar bombas en los calcetines o simpatizante de Bin Laden, nada más por la paranoia insufrible de George Walker (caminante) Bush, quien a pesar de su peripatético nombre está logrando lo imposible: dejar sin andadura al resto de los mortales.
Cualquiera en su sano juicio dejaría de ir a Estados Unidos por gusto, sin protestar, al menos por una foto humillante, una cifra de registro y la captura de sus huellas digitales en una pantalla al entrar y al salir, como si durante la estancia alguien se fuera a cambiar los dedos. Además le quitan a uno los zapatos, con mefíticos y terribles riesgos. Hasta el cinturón pasa como víbora muerta por los rayos "X", mientras uno quiere resolver un problema de exhibicionismo: ¿Cómo alzo los brazos y al mismo tiempo evito la caída de los pantalones? |
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En la revisión le meten una pala por la entrepierna, le soban la zona glútea (si tiene) y le hacen dejar la morralla en una canastita como de limosna parroquial. Luego lo apresuran para levantar el tenderete pues los de atrás gritan mientras a usted se le derraman los dracmas, florines o euros sobrantes.
Después viene la molestia de no tener ocupación en las tres horas restantes, con lo cual el vuelo -la forma más rápida de viajar- se convierte en la manera más estúpida de perder el tiempo. Y si hace una escala de cuatro o cinco horas (para cambiar de avión y repetir todo el circo anterior sin importar la efímera condición de viajero en tránsito-, una de dos: o se embriaga como un perro en el bar del aeropuerto y pierde el vuelo por tratar de fajotearse a una aeromoza de Lufthansa o se tira a leer a la señora Rowling.
No cabe duda: el éxito editorial de Harry Potter va en proporción directa de la nueva modalidad para discurrir la mitad de las vacaciones en el aeropuerto. Lo dicho. Viajar es horrible, pero leer las aventuras del joven mago ya raya en los linderos del suplicio. Y llegar a donde uno va suele ser peor. París ya vale como diez misas; Roma está llena de gatos y ruido de motorinos; en Inglaterra lo confunden a uno con turco y en Alemania lo detienen a cada cuadra para exigir el pasaporte manoseado, lleno de arrugas y pleno de sospechas.
No sé a los demás, pero a mí me ha detenido la policía en Suiza, en Alemania, en Inglaterra, en Estados Unidos (but of course), en Israel y en muchos otros lugares de cuyo nombre no quiero acordarme. Fui interrogado cuatro horas por el Mossad nada más por traer nueve visas árabes en mi pasaporte. Y todo eso en viajes de trabajo, mientras yo pensaba para mi consuelo: ¿Y hay gente capaz de pagar por esto? Pues sí, para presumir su álbum de fotos al vecino. |