Superada la mini-crisis de la desaparición de la Secretaría de Turismo, Rodolfo Elizondo parece estar disfrutando de una suerte de gira de despedida, anunciando a los cuatro vientos su inminente salida del puesto que ha ocupado durante más de un sexenio.
Alega que su ciclo ya se cumplió, anuncia que tiene listas las maletas, se congratula de que empresarios y legisladores (no los de su entorno, por cierto, ni los de su partido) hayan salvado a la Sectur, y propone la tesis de que la mini-crisis es consecuencia de la desunión de los empresarios, pulverizados en demasiadas cúpulas de escasa representatividad. La unión es el siguiente desafío, enfatiza.
Ese discurso cosecha aplausos. Y hasta podría pensarse que se ajusta al típico discurso napoleónico (o camaleónico), de pregonar que te quieres ir para que te rueguen que te quedes. Al final, si te vas, te vas con una ovación. Y si te quedas, te quedas fortalecido.
Por desgracia, la propuesta a futuro del todavía secretario es inalcanzable. Si se reconoce la transversalidad del turismo (él mismo ha impulsado este concepto), también hay que reconocer que eso que llamamos empresariado turístico es una increíble ensalada de personajes que engloba demasiados intereses, con frecuencia contrapuestos. Ahí cohabitan las cadenas hoteleras con los hoteles de paso, los restaurantes gourmet con las fondas, las rentadoras de autos con los sindicatos de taxistas, los mega-cruceros con las lanchas de las cooperativas, para no hablar de las líneas aéreas, las tarjetas de crédito, los constructores de condominios, las escuelas de turismo, los guías de turistas, los operadores de aeropuertos, y un largo etcétera. Pretender que esa babel hable el mismo idioma es un reto de proporciones bíblicas.
Pero el yerro mayor del mensaje de Elizondo, dicho sea con el respeto que merece su permanencia récord al frente del sector, es que no acepta ni asigna ninguna responsabilidad a las autoridades en la mini-crisis de la desaparición de Sectur, y sobre todo en la macro-crisis de la fragilidad del turismo, como si fueran meras espectadoras de una industria que, antes floreciente, ahora empieza a desfallecer.
El turismo en México da muestras de anemia porque el Estado Mexicano, o el Gobierno Federal, o el Presidente en turno, o la mismísima Sectur no han reconocido el carácter estratégico de la industria y operan en base a metas anuales, en el mejor de los casos sexenales, sin definir políticas de largo alcance, sin proponer metas ambiciosas, sin planear con un horizonte de varias décadas.
Así, lo importante se vuelve el número de turistas que ingresan cada año (como el Teletón, vamos por un turista más), el monto de inversiones que se anuncian (no necesariamente que cuajan), un hotel que se inaugura, una playa que se rellena, o el relumbrón efímero de las ocurrencias sexenales, como Mundo Maya, como Barrancas del Cobre, como Ruta de la Independencia, como Escalera Náutica, como Mar de Cortés, o como Pueblos Mágicos, que el siguiente sexenio borra de un plumazo (o lo deja como simple membrete).
Ningún país, llámese Francia, llámese España, llámese Grecia, llámese Egipto, llámese Cuba, llámese China, llámese como se llame (hay docenas de ejemplos), se ha convertido en potencia turística sin una política decidida y de largo alcance de parte del Estado.
México tuvo su chance hace 40 años, cuando el gobierno convirtió el turismo en prioridad nacional. Surgieron entonces Fonatur (1969) y la Sectur (1975), se fundaron Cancún e Ixtapa (1970), luego Los Cabos (1975); arrancó el Tianguis Turístico de Acapulco (1976); se abrió el convenio bilateral aéreo (1968), y luego se permitieron los charters; se crearon incentivos fiscales a la inversión hotelera (los swaps, en los 80’s), y hasta se puso a México en los ojos del mundo: las Olimpiadas del ´68 y la Copa Mundial de Futbol del ´70. Así nos convertimos en una potencia media, en el octavo lugar de la lista
Pero todo eso se ha desdibujado en las últimas dos décadas y, aunque persiste cierta inercia, los síntomas indican que vamos en picada. El remedio es muy simple: hay que reinventar la fórmula. Los ingredientes pueden discutirse (fundar más ciudades turísticas, construir puertos de cruceros, crear colonias de jubilados extranjeros, integrarnos con Norteamérica, prestigiar la marca México), pero todas requieren un elemento: decisión política. Eso no lo pueden hacer los empresarios, por muy unidos que estén: es responsabilidad del Estado Mexicano y no se vale ignorarla.
En su gira del adiós, Elizondo introduce una nota festiva: dice que el gusanito ya le picó, que él se va a quedar en el sector turístico, dentro o fuera del gobierno.
Si acaso se sale, ¡bienvenido! Entonces, como empresario turístico, de seguro procurará la unión del gremio.
Pero, mientras no se vaya, debe asumir su responsabilidad como Secretario de Turismo.
