Año 4 Número 44 Noviembre 2006
 
   

¡Ay dolor!

Aparte de la tersa toma de protesta de Felipe Calderón, la mejor noticia de diciembre fue que los tres grandes partidos políticos se comprometieron a sentarse a la mesa en el 2007 para definir, en un periodo de seis meses, una propuesta de reforma fiscal.
En resumen, la buena nueva es que vamos a pagar más impuestos.
Tal vez esta afirmación me haga acreedor a unos cuantos improperios, pero estoy convencido de que jamás seremos un país viable, ya no digamos serio, si tenemos a los tres niveles de gobierno postrados en la pobreza.
A mi entender, muchos de los males que sufrimos todos los días, incluyendo la colección de baches en las calles de Cancún, la falta de pasos a desnivel que alivien el tráfico, la ineficacia de la policía, la creciente inseguridad en las calles, el pésimo nivel educativo en las escuelas, la ruleta rusa que llamamos Seguro Social y un largo pero muy largo etcétera, tienen como explicación primaria la resequedad de las arcas nacionales.
Desde luego, eso no justifica que, teniendo tan poco dinero, el gobierno lo gaste tan mal. Y mucho menos, ya en el colmo, que algunos burócratas (no todos) ganen unos salarios de película, adobados con toda clase de aguinaldos, préstamos, jubilaciones, bonos de actuación y propinas sexenales. Eso no solamente es ofensivo: es repugnante.
Todavía más lo es la corrupción.
De hecho, esa es la excusa perfecta para evadir impuestos: no pago porque se lo roban.
Y efectivamente, todavía se lo roban: en nuestras narices, funcionarios de cuna humilde que nunca fueron otra cosa que burócratas terminan sus carreras como propietarios de fortunas faraónicas, mismas que exhiben sin pudor en las boutiques de Mazaryk y en las playas de Cancún.
Bueno, a esos hay que meterlos al bote.
Pero no puede ser pretexto para que millones de mexicanos no tributen, para que gremios enteros no paguen sobre sus ingresos (los taxistas y los ambulantes, sí, pero también los médicos y los abogados), para que los comercios se transen el IVA, para que las trasnacionales hagan sus enjuagues fiscales, para que las iglesias armen negocios con las limosnas, para que los sindicatos laven dinero a mansalva y para que existan docenas de regímenes de excepción (por ejemplo, la absurda disposición de que libros y revistas no pagan IVA).
Es de desear que los partidos en el Congreso puedan superar sus diferencias de enfoque, pues unos quieren rasurar a los de arriba y otros insisten en recargarse en los de en medio (aquí, los de abajo cuentan muy poco y ya están muy exprimidos).
Y también es de desear que la clase empresarial, cuyo instinto natural la empuja a defender los intereses propios por encima de los comunes, entienda al fin que tributar es un asunto de justicia, y no empiece con la eterna cantaleta del terrorismo fiscal.
Un país fuerte y moderno requiere extensa infraestructura, buenos servicios públicos, sistemas eficientes de enseñanza y salud, inversión en áreas estratégicas, una burocracia eficaz y bien pagada, y una administración transparente para castigar los abusos.
Es un lujo que tenemos que darnos, aunque nos duela el codo.
Porque gobierno pobre es sinónimo de gobierno malo.

 

 
2005 Latitud 21. Derechos Reservados.