A querer o no, es más que probable que nos pasemos mucho tiempo hablando de Wilma.
El huracán lesionó seriamente la zona hotelera, columna vertebral de nuestra economía, y van a pasar meses antes de que logremos borrar sus huellas del paisaje.
Hay tiempos que no es posible violentar.
Por ejemplo, para reconstruir las terrazas y las albercas de algunos hoteles, para no hablar de los muros de contención, primero hay que contar con una base de playa, y ese requisito puede llevarse toda la temporada de invierno.
(Ese no le quita un ápice al portentoso regalo navideño que nos dio Vicente Fox, con el anuncio de que la recuperación de playas inicia en enero 16, y concluye en abril 30, pero aún no está claro qué tramos serán los iniciales y cuáles los últimos, y para los últimos la espera será eterna).
Pero Cancún va a tener que lidiar con un problema adicional al logístico y al financiero, que bien podría explicarse como la resistencia de las empresas a apostarle a la recuperación, no tanto del destino pero sí del flujo turístico.
El caso más evidente son las cadenas de hoteles que, salvo notables excepciones (como Oasis, Riu, Fiesta Americana), se están tomando las cosas con calma. Mejor tener un hotel abierto y llenarlo, reza su filosofía, que tener varios hoteles medio vacíos. Y es difícil rebatir ese argumento, que encaja a la perfección en la lógica de los negocios, aunque el resultado será que muchos tramos del bulevar seguirán apagados de noche.
Hay otros casos más complejos.
Las discotecas, por ejemplo. El huracán las afectó a todas. En algunos casos, la avenida de agua inutilizó los equipos de música y de iluminación (Daddy’O). En otros, fracturó la estructura del techo, al grado de que corren el peligro de desplomarse (La Boom). Y en alguno más dañó la estructura del edificio, tanto como para considerar la demolición parcial (The City).
Y hay un caso más enredado aún: una discoteca está lista para abrir (Coco Bongo), pero el centro comercial que la aloja se opone (Plaza Forum), porque si la disco inicia operaciones, el seguro se negará a pagar los daños consecuenciales de toda la plaza.
Pero no todas son consideraciones financieras: las mega discotecas de Cancún se están yendo con cuidado, porque no están seguras que el flujo turístico de enero y febrero sea suficiente para hacer negocio. Con esa óptica, están dispuestas a transitar la temporada alta operando tan sólo sus terrazas exteriores (Congo Terraza, Terraza Corona), o no operando en absoluto.
Eso es veneno puro para Cancún. Nos gusten o no, vayamos o no, las discos son pieza fundamental de la oferta turística, lo mismo que las marinas, los campos de golf, las plazas comerciales, los barcos pirata y los tours a Chichén, que también andan con ganas de no abrir, o de abrir poco a poco, mientras se estabiliza la oferta. Pero si cunde esa actitud, el resultado será un círculo vicioso: los atractivos cerrados porque no hay turistas, los turistas ausentes porque no hay atractivos.
Ante este panorama, se me ocurre una idea loca. Si hemos subsidiado a las líneas aéreas para que nos traigan turistas, por qué no subsidiamos ahora a nuestros negocios turísticos, no con la idea de que tengan ganancias, pero sí, al menos, de que cubran sus pérdidas mientras pasa el temporal.
Y no se trata de darles dinero a fondo perdido, pero qué tal comprar, con los recursos destinados a la promoción, unos cuantos miles de barras libres, y unos cuantos miles de jungle tours, o unos cuantos miles de gift certificates, o unos cuantos cientos de green fees, o qué sé yo, que de algo servirán si los subastamos, o los rifamos, o los regalamos, y de paso ayudarían a los indecisos a salir del bache.
Eso sería transformar el círculo de vicioso a virtuoso, pues ayudaríamos a los negocios indecisos en la crisis y consolidaríamos la oferta del destino.
¿Suena raro? ¿Suena riesgoso? ¿Suena a rebatinga?
Pues sí: es una idea loca…