De ideas fijas, llevo años repitiendo en charlas de café y otras tribunas privilegiadas que México en general, y Quintana Roo en particular, deberían adoptar un plan a largo plazo para atraer a su territorio un número significativo de inmigrantes estadounidenses.
Claro, estos inmigrantes no serían como los nuestros, héroes familiares en busca de sustento, sino que se ubican en el otro extremo de la cadena productiva: son los jubilados, aquellos que han cerrado su ciclo laboral y cuentan con una pensión vitalicia.
Los números de ese segmento del mercado son prodigiosos. En Estados Unidos hay 33 millones de retirados, con un ingreso promedio anual de 19 mil dólares por pareja, pero una quinta parte de ese total, ojo con eso, más de seis millones, tienen entradas superiores a 50 mil dólares anuales. Y cada año se retiran dos millones adicionales, muchos de los cuales ya han tenido, vía vacaciones, un primer contacto con nuestro país.
Para poner un horizonte ambicioso pero factible, qué pasaría si México en general, o Quintana Roo en particular, se trajeran un millón de jubilados de esos de 50 mil dólares en los próximos veinte años. Pues pasaría que dentro de 20 años México estaría recibiendo una inyección anual de divisas del orden de 50 mil millones de dólares, es decir, cuatro veces más de los que hoy recibe por turismo o por remesas, e incluso bastante más de lo que hoy factura por petróleo.
Claro, traerse un millón de jubilados se dice rápido, pero es un proyecto de gobierno muy complejo. Los jubilados demandan vivienda adecuada y planes de financiamiento a tasas internacionales, que puedan vincularse a sus historias de crédito previas. Los jubilados requieren infraestructura urbana de primer mundo y son remisos, vaya usted a saber por qué, a vivir en ciudades llenas de baches. A los jubilados les gusta la buena vida, los campos de golf, las marinas, ir de compras, tener buena conectividad aérea. Los jubilados exigen seguridad pública, no quieren saber nada de plantones ni de marchas. Y sobre todo, los jubilados exigen una excelente atención médica, hospitales de primer nivel cerca de casita.
Todo eso lo tienen en su país de origen, pero podrían tenerlo aquí, con la ventaja de que su dinero les rendiría el doble (o el triple, o el cuádruple).
Un negocio de ese tamaño requiere una planeación muy cuidadosa, ajustes del marco jurídico, desarrollo de estrategias financieras, construcción de mucha infraestructura, intensas campañas de promoción y vigorosas inversiones previas, porque se trata de construir con ese propósito colonias completas, que luego se volverán pequeñas ciudades. Es un desafío tan grande como lo fue el proyecto de ciudades turísticas de Fonatur, pero podría ser igual de rentable y exitoso.
(Entre paréntesis, en el actual contexto nacional, no sería tarea menor convencer a un sector recalcitrante de la opinión pública que no se está vendiendo la patria, sino que estamos aprovechando nuestra situación geográfica y la coyuntura económica para que el país haga negocio).
Por su auge económico, por su estabilidad política y por su experiencia en la industria de la hospitalidad, Quintana Roo es el escenario ideal para arrancar tal plan, pero es obvio que requiere un sólido respaldo financiero y el aval político del gobierno federal.
Por eso sonó como música para mis oídos un comentario suelto del próximo secretario de Hacienda, Agustín Cartens, con esa precisa puntería: el gobierno de Calderón, dijo, se propone evaluar con seriedad el mercado de los jubilados de los Estados Unidos. Y aunque Cartens lo situó como un pendiente del Sector Turismo, la buena noticia es que lo proponga el titular de Hacienda, porque semejante iniciativa rebasa las capacidades de un solo ministerio y requiere el concurso de todo el gabinete económico.
De paso, habrá quien opine que tal proyecto sería como una cachetada con guante blanco: mientras ellos nos levantan el muro de la infamia, nosotros les abrimos las puertas.
Pero aquí no cabe el romanticismo
Hay que hacerlo por una razón muy simple: porque nos conviene.