Año 2 Número 21 Diciembre 2004

Lo dicen los clásicos: los negocios prósperos requieren una dosis de eso que se llama buen gobierno.

Eso supone, digamos, no cambiar de un plumazo las reglas del juego, no inventar impuestos caprichosos, no invalidar con triquiñuelas los títulos de propiedad, no despojar con impunidad a los débiles, y confiar en que un equipo político, diligente y silencioso fomentará una atmósfera propicia a la generación de riqueza.
(Tal como sucede en los países donde se hacen los mejores negocios). Pero esa verdad de Perogrullo parece no aplicar en Cancún, donde es verdad que los negocios florecen, pero también florecen los gobiernos funestos.

Qué decir, por ejemplo, del proceder gangsteril de Mario Villanueva, cuando era el propio gobernador quien exigía su tajada en los nuevos proyectos, quien se adueñaba por la fuerza de empresas y las pagaba perdonando impuestos, quien ponía a subasta los cargos policíacos y quien metía a la cárcel a los empresarios que lo incomodaban.

Y qué decir de los últimos años, de los gobiernos de Magaly y el Chacho, donde la corrupción siempre fue reina soberana, donde los cambios de uso de suelo se negociaron con la chequera en la mano, lo mismo que las ampliaciones de horario, la apertura de giros negros y las compras del Ayuntamiento.

Pese a todo, y pese al kafkiano interinato del alcalde sin votos, Carlos Canabal, los negocios en Cancún marchan hoy mejor que nunca.

Y la cosa promete: hay más mega proyectos en marcha que en cualquier otro momento de la historia de la ciudad. Los dedos de una mano no alcanzan para contarlos: el puerto náutico y la zona residencial de Puerto Cancún, el complejo golfístico y hotelero de Riviera Cancún, el desarrollo golfístico y hotelero de cinco estrellas de Playa Mujeres, el faraónico proyecto náutico y hotelero de Maya Kobá, la central de carga y la segunda pista del aeropuerto, el recinto ferial y el parque industrial de Puerto Morelos, y la promesa de un autódromo y el retorno de la Fórmula Uno.
(Para no hablar de las docenas de hoteles, con miles de habitaciones, que se levantan aquí y allá). Hasta podría pensarse que Cancún es inmune a los malos gobiernos, pero yo prefiero pensar lo contrario: si así estamos bien, dónde estaríamos de haber tenido gobiernos ya no digamos probos, sino tan sólo decentes.

Claro, esto se me ocurre porque pronto nos toca elegir nuevo gobierno, y sospecho que seremos severamente agredidos con calamitosas dosis de demagogia, de populismo, de simulación, de codicia y de oportunismo, y en ese río revuelto será muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso, lo transparente de lo turbio, lo riesgoso de lo sensato.

Todos, creo yo, sabemos lo que no queremos: no más redentores de ocasión, no más populistas de banqueta, no más pillos de cuello blanco, no más guerrilleros urbanos, no más picapleitos.
Y todos, creo igual, sabemos lo que necesitamos: un gobernante meticuloso y prudente, sin gatos en la barriga ni humos en la cabeza, que le salgan bien las cuentas y que pueda restablecer el orden en el caos municipal.

¿Es mucho pedir?
Si, es mucho. Así que hay que echarle ganas, echarle discursos, echarle recursos, echarle intención de voto, y si es preciso hay que echarle hasta rezos y oraciones.

¡A ver si se nos hace el milagrito!

 
 
 


 

2003 Latitud 21. Derechos Reservados.