Casi toda la gente con la que he tenido la oportunidad de platicar sobre el tema de moda, el conflicto post electoral, confía en que el desenlace del proceso jurídico será tan terso como lo fue la elección, es decir, un auténtico modelo de civilidad.
En ese escenario, el Trife ratificará el triunfo en las urnas de Calderón, el PRD hará un berrinche pero tendrá que aceptar los resultados, las instituciones mostrarán su fortaleza, el nuevo gobierno entrará en funciones en la fecha prevista, el 1 de diciembre, y todo seguirá como antes.
Por el bien del país, deseo con toda el alma que eso suceda, aunque sospecho que el escenario es demasiado frágil para ser tan optimista. La campaña de amenazas y descalificaciones del PRD se ha convertido en una bola de nieve, y no me extrañaría que el sistema termine arrinconado, teniendo que optar fatalmente entre la anarquía y la fuerza.
Para mí, y para la gente con quien platico, esa sería la peor de las noticias…
Pero no sé qué piensa la gente con la que no platico (o platico muy poco).
Hay millones de gentes que votaron por Andrés Manuel, que están convencidos que hubo fraude, que aceptan sin regateos la teoría del complot, y que no tengo idea hasta dónde están dispuestos a llegar.
Mea culpa, porque un núcleo nada despreciable de esos compatriotas viven en Cancún. La evidencia está en las elecciones: el PRD ha estado a un tris de ganar las cuatro últimas llamadas en las urnas, y sólo factores de coyuntura han impedido que este estado turístico, como ya sucedió en Guerrero y en Baja California Sur, caiga en manos de la izquierda.
Puede que esa tendencia la explique el voto del resentimiento, la revancha por el tremendo contraste entre el derroche de la Zona Hotelera y la miseria de las regiones y las franjas ejidales.
Pero de nada sirve ese diagnóstico si no se aplica una curación.
El voto del resentimiento se justifica en el hecho de que esa marginación extrema no tiene razón de ser. Cancún y, por extensión, la Riviera Maya, son ciudades muy ricas, que están produciendo enormes ganancias a muchas empresas, pero tal bonanza no se refleja en la calidad de vida de empleados y trabajadores.
De hecho, el salario mínimo en Cancún es el más bajo del país, apenas poco más de 40 pesos diarios.
Cierto, casi nadie gana en Cancún el salario mínimo, pero no es posible seguir ocultando que los sueldos tienen un nivel miserable, que son inseguros al vincularse a las propinas, que las jornadas laborales son excesivas, que no se respeta el descanso del séptimo día, que se evaden las prestaciones de salud y de vivienda, que se evitan las primas de antigüedad con contratos eventuales, y que al amparo de tanto maltrato se amasan fortunas colosales.
No tendría por qué ser así: el turismo da para amasar fortunas fabulosas (y qué bueno), sin tanto abuso.
Ya van cuatro veces que ese reclamo se expresa en las urnas, pero las empresas de Cancún, tan buenas para reclamarle concesiones al gobierno, hemos prestado oídos sordos a tan justa demanda.
Ya son muchas advertencias de que estamos sentados en un barril de pólvora; no vamos a poder alegar ignorancia cuando estalle.