Hace unas cuantas décadas, en la prehistoria de Cancún, el joven banquero encargado del proyecto, un ilustre desconocido que respondía al nombre de Antonio Enríquez Savignac, se entrevistó con el entonces tatich de Isla Mujeres, Don Ausencio Magaña, con la intención de convencerlo, e incluso de entusiasmarlo, con los detalles de su plan.
Entre sus papeles, Enríquez Savignac llevaba unas gráficas que demostraban, estadísticamente, que Cancún era un territorio repelente, por no decir inmune, al impacto de los huracanes, pues ningún meteoro lo había afectado en el transcurso de los últimos cien años.
Don Ausencio, vestido de pies a cabeza de un blanco impecable, zapatos y sombrero incluidos, escuchó con toda cortesía a su visitante, pero remató la plática con una joya de sabiduría isleña: sus números deben estar correctos, pero mire usted, joven amigo, hasta donde yo sé, esas cosas no tienen timón.
Para efectos prácticos, más allá de los avances de la ciencia, Don Ausencio sigue teniendo razón: esas inmensas moles de energía avanzan sin rumbo fijo por el océano, con trayectorias caprichosas que no se ajustan a los modelos matemáticos (o tal vez aún no sabemos suficientes matemáticas).
Sabemos que en el otoño los frentes fríos los empujan hacia el Sur, pero ignoramos por qué, en pleno verano, Dennis tuerce hacia el Norte y afecta Cuba, y diez días después, sin cambios atmosféricos mensurables, Emily enfila al Oeste franco e impacta Quintana Roo.
En nuestra incipiente cultura de huracanes, las anécdotas sobre el tema se multiplican. Quién no recuerda que Opal venía sobre Cancún y, unas horas antes, torció camino y entró debajo de Playa (y aquí ni se sintió). O el mismo año Roxanne, que se estacionó frente a Campeche y se eternizó en pasitos de danzón, adelante y atrás, en las aguas poco profundas de la Sonda.
También hay que mencionar al monstruo llamado Mitch, que caracoleó durante días en el Golfo de Honduras, voluble cual veleta, para luego devastar ese país. Y más curioso aún Isidore, que se metió por el Canal de Yucatán (rodeando Cancún), asoló la costa Norte de Yucatán (destruyendo Holbox), golpeó Mérida, y cuando parecía que se iba, viene de vuelta y le tupe de nueva cuenta (mientras Hendricks se paseaba por Europa. Con mucha más inteligencia, Félix se apersonó en cada municipio, presidió la instalación de los comités, emitió docenas de mensajes por la radio, dejó claro que controlaba la situación (no el huracán) y, con un ciclón que a la postre resultó casi inocuo, fortaleció de manera increíble su imagen pública).
En el caso de Cancún, el huracán Gilberto probó que no gozamos de ninguna clase de blindaje (de hecho, todos los pronósticos indicaban que tomaría rumbo Noroeste), pues el
ojo nos pasó rozando y Cancún sufrió el impacto del cuadrante superior izquierdo, el más destructivo de todos.
En esa ocasión, desde Florida hasta Texas, los americanos ya se habían preparado (alertas públicas, movilizaciones de equipos de rescate, planes de evacuación). Ahora, con Emily, la alerta roja nos tocó a nosotros, desde Chetumal hasta Holbox. Pero no sólo nos tocó a nosotros: por aquello de la deriva sin rumbo, también se preparó Puerto Rico, y Haití, y la Dominicana, y la asolada Cuba, y hasta en Belice se tomaron medidas preventivas.
¿Cuántas horas hombre cuesta un huracán? O peor aún, ¿cuánto cuesta la temporada de huracanes? ¿Cuántas gentes dejan de trabajar, cuántos negocios cierran, cuánto tiempo se pierde? ¿Cuánto desperdiciamos en tapiar ventanas, guarecer barcos, podar árboles, tranquilizar familiares por teléfono, hacer compras de pánico?
Enorme gasto inútil (cuando no pegan).
Pero cuando pegan, como Emily, hay que celebrar tanta precaución.
Mas no hay motivo de queja: ese tributo es el impuesto que la Providencia nos cobra por vivir en el paraíso.