| ¿Por qué
un político joven y ambicioso, que se supone inteligente,
que se supone talentoso, le apuesta de repente a la resbaladiza
popularidad del escándalo? ¿Por qué un
cuadro tan prometedor deja de lado la prudencia e inicia una
cruzada populista, no exenta de prepotencia y demagogia? ¿Por
qué ese empeño en mostrar poderío, en
crear incertidumbre jurídica, en espantar inversionistas?
No encuentro otra manera de calificar la reciente actuación
de Carlos Hernández, político joven y ambicioso,
para más señas alcalde de Cozumel. Decidido
a cobrar el predial de Xel-Há, el edil perdió
la cualidad más apreciada en un poderoso: la serenidad.
Veamos las cosas en su justa perspectiva. En 1995, el Grupo
Xcaret, con el nombre de Promotora Xel-Há, suscribe
un fideicomiso con el Gobierno del Estado para explotar la
célebre caleta. En el contrato, no una, sino dos veces,
queda asentado a la letra que le toca al Gobierno “mantener
al día las contribuciones relativas al impuesto predial
y los derechos por uso de la zona federal marítimo-terrestre”.
Pero el gobierno nunca paga, en apego a la filosofía
del más grandote. En nuestro peculiar sistema tributario,
es costumbre (y muchas veces ley), que Federación y
estados no paguen impuestos municipales. ¿Sabía
usted, por ejemplo, que Pemex y la CFE, que son empresas,
están exentas de ese gravamen? ¿Sabía
usted que tampoco lo paga Telmex, rémora de cuando
era monopolio estatal? Y aquí en la localidad es famoso
el caso de Fonatur y su disputa con el gobierno verde.
Cozumel, con todo derecho, pretendía cobrar su predial,
pero gestiones de años resultaron infructuosas. Y entonces,
¡vaya lógica!, el alcalde se deja ir contra la
empresa que opera el parque. Primero los requirió,
pero se ampararon. Luego amenazó con la clausura, por
ahí de principios de año.
Esa arremetida tuvo sus consecuencias. La empresa se asustó
y aceptó firmar un convenio para pagar el predial por
cuenta de Fidecaribe, el deudor real (un acuerdo que promovió
y avaló un abogado muy influyente, léase Joaquín
Hendricks). Pero Fidecaribe, que trae ganas de cancelar la
concesión, declaró nulo el convenio. La empresa
suspendió los pagos y Hernández cumplió
sus amenazas: clausuró, en el clímax de la temporada
turística, como para asegurarse que todo México
se iba a enterar del incidente.
¿Tendrá idea el alcalde del mensaje que está
mandando? ¿Será consciente de su generosa contribución
al ambiente de incertidumbre jurídica que campea en
Quintana Roo? ¿Suena lógico que una empresa
se tenga que amparar ¡siete veces! para seguir operando?
No tengo respuestas para esas preguntas, pero se me ocurren
otras…
¿Dónde está la respuesta de la iniciativa
privada? ¿Para qué sirven los consejos coordinadores
y los organismos cúpula, si no reaccionan ante un atropello
de este tamaño? ¿Será que su misión
consiste en desayunar en bolita y salir en la foto?
El gobierno cambió, pero el país no. Todavía
nos paraliza, todavía pensamos en términos de
papá gobierno, todavía el cambio está
a años luz de distancia…
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