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| Año 1 Número 5 Agosto 2003 |
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Hablar
de “progreso” en Latinoamérica es algo
así como seguir bailando después que se acabó
la música. La región está tambaleándose.
La pobreza crece, se amplía la brecha de la desigualdad.
Latinoamérica está lejos de ser hoy en día
la región próspera, pacífica y estable
que -desde el punto de vista estadounidense- emergió
en los 90’s para ser descrita como un imperativo estratégico
para EU.
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Es difícil que alguien se fije en
Latinoamérica. No hay en la región “estados
paria”. Ningún país latinoamericano
ha sido nombrado hasta ahora parte del Eje del Mal. Y Latinoamérica
no tiene de inmediato ningún país que califique
como candidato a poder mundial.
Como ocurrió durante la Guerra Fría -cuando
Washington, los medios de comunicación estadounidenses
y el público de EU prestaban poca atención
a Latinoamérica y el Caribe, o se enfocaban en la
región sólo a través del lente distorsionador
de la rivalidad bipolar- de igual manera se hace caso omiso
a Latinoamérica hoy en día, siempre “la
tierra del mañana”.
El único país latinoamericano que recibió
considerable atención el año pasado es Colombia,
debido precisamente a que su hábil embajador en Washington
y su dinámico nuevo presidente han logrado representar
la situación del país como desoladora -a través
de falsedades principalmente- debido al terrorismo internacional,
tema álgido para la Administración Bush, que
impele al gobierno estadounidense a actuar.
Se tiende a pasar por alto a Latinoamérica por dos
razones principales: el cambio en el enfoque de EU después
de los ataques terroristas del 11 de septiembre y la impresión
general en círculos políticos de que Latinoamérica
es una región “segura”, que no debería
causar problemas.
En años recientes se ha puesto de moda enfatizar
cuánto han cambiado las Américas desde los
años 80: el mayor número de gobiernos democráticos
y la tendencia a proteger los derechos humanos; las reformas
hacia la economía de mercado, incluyendo la liberalización
del comercio, la privatización y la búsqueda
de inversiones extranjeras; y la amplia disposición
existente en Latinoamérica a abandonar la confrontación
con EU y optar por la cooperación interamericana.
Cierto es que estos cambios han ocurrido, al menos limitadamente,
y sí son importantes. Pero hablar de “progreso”
en Latinoamérica es algo así como seguir bailando
después que se acabó la música.
La región está tambaleándose. La economía
de casi todas sus naciones se ha contraído, y en
varias se nota marcadamente el declive del ingreso per cápita.
Las instituciones políticas están erosionándose.
La pobreza crece, se amplía la brecha de la desigualdad
y la emigración se ha disparado vertiginosamente.
Latinoamérica está lejos de
ser hoy en día la región próspera,
pacífica, estable y amistosa que -desde el punto
de vista estadounidense- emergió en los 90’s
para ser descrita como un imperativo estratégico
para EU. Esa Latinoamérica -de rápido crecimiento,
cada vez más democrática, abierta a la inversión
extranjera y en general cooperadora- está desapareciendo.
En Argentina se ha dado en los últimos años
un fenómeno de implosión. El Producto Nacional
Bruto (GDP) per cápita se redujo en un 12% en 2001
y otro 12% en 2002; un proceso de recuperación inicial
en 2003 sigue anémico. El peso, por muchos años
ligado al dólar y en paridad con él, ha perdido
el 75% de su valor, arrasando con los ahorros de una generación.
El desempleo está al menos al 20% y más del
50% de los argentinos viven por debajo del nivel oficial
de la pobreza, esto en el que solía ser el más
rico país latinoamericano. El malestar social es
palpable, con disturbios urbanos, saqueo de supermercados
y un incremento atemorizador en el crimen violento. Argentina,
el país con mayor clase media junto con Uruguay,
ha experimentado la rápida depauperación de
la clase media y el incremento alarmante del miedo y la
furia.
Venezuela también está metida en graves problemas.
El presidente Hugo Chávez se aferra al poder, pero
la oposición organizada es numerosa, audaz y vociferante,
además de dispuesta a sacarlo del poder aparentemente.
El país, considerado una isla de estabilidad democrática
en Sudamérica hace 20 años, sufre ahora de
gran desestabilidad; tiene que escoger entre un caudillo
de tendencias autoritarias elegido por el pueblo, y una
oposición movilizada y evidentemente deseosa de usar
medios extraconstitucionales para derrocarlo. Su economía,
que por casi 25 años estuvo estancada, se aproxima
al colapso.
¿En qué afecta la crisis de Latinoamérica
a Estados Unidos? Dada la relativa falta de poder -económico
y militar- del continente latinoamericano, ¿nos importa
realmente a los estadounidenses lo que le pase a Latinoamérica
o debemos optar por la “negligencia benévola”
como actitud más sensata? Latinoamérica es
mucho más importante para EU de lo que se suele pensar
y ello por cinco razones principales: una recesión
prolongada en esta región haría que se redujeran
drásticamente las exportaciones estadounidenses,
que en este sector latinoamericano llevan una década
de rápido crecimiento. La recesión
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económica de Latinoamérica
ya está mermando severamente las reservas y ahorros
de entidades bancarias y corporativas en EU.
Si
EU sigue una política inteligente con Latinoamérica
eso le valdrá mucho en varios
campos, pero los cambios necesarios no se efectuarán
hasta que el Coloso del Norte pondere de una vez por
qué esta región tumultuosa es tan importante
para él.
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Latinoamérica -especialmente México,
Venezuela y Colombia- provee gran parte de la electricidad
que EU importa. La inestabilidad y radicalización
severas de la región podrían intensificar
la inestabilidad del suministro de energía eléctrica.
Se requiere de la cooperación de esta región
para enfrentar asuntos arduos -el narcotráfico, el
calentamiento del planeta o el efecto invernadero, la protección
global del medio ambiente, la lucha contra las enfermedades
infecciosas- que EU no puede resolver solo.
Las condiciones del área determinarán el alcance
numérico de la inmigración a EU y el ritmo
de llegada de los nuevos inmigrantes, con o sin documentos.
Los desastres económicos y políticos de Latinoamérica
y el Caribe pondrán intensa presión sobre
las fronteras de EU.
Nuestros vecinos más cercanos -cada vez más
ligados a nosotros por la creciente diáspora latinoamericana
y caribeña en EU- son un importante terreno de prueba
para nuestros valores e ideales más apreciados: el
gobierno democrático, la protección de los
derechos humanos individuales y los beneficios del libre
mercado. Si se derrumban los gobiernos democráticos
y las economías de mercado en Latinoamérica,
el modelo que Washington favorece se verá seriamente
amenazado. El tipo de mundo por el que nos preparamos a
luchar en Irak podría venirse abajo sin un solo disparo
en Latinoamérica, que hasta ahora es el mejor candidato
del Tercer Mundo por realizar una transición exitosa
hacia el orden que nosotros preferimos.
¿Qué debe hacerse?
EU necesita ofrecer cooperación clave de modo consistente
a Latinoamérica, en vez de una combinación
de letanías sobre el libre mercado -con un proteccionismo
flagrante de parte nuestra- que constituyen la llamada política
económica de EU en América. Mientras nosotros,
en EU, nos apresuramos a apremiar a países como Brasil,
México, Gran Bretaña y Japón a que
sean líderes y visionarios generosos, otra prédica
muy distinta dedicamos a los países latinoamericanos
a los que instamos a que acepten acuerdos de “libre
comercio” que convienen a EU principalmente, y aplicamos
nuestro proteccionismo en forma de “excepciones”
y subsidios a nuestros productos agrícolas, textiles,
aceros, aviones comerciales y camiones.
Nuestra política económica ha de ser coherente
y percatarse de que las fórmulas de “talla
única” no funcionan; ha de diseñarse
una política innovadora y de cooperación combinada
con mecanismos de mercado, con la equidad como norte.
También es menester que nos enfoquemos en las necesidades
especiales de nuestros vecinos más cercanos en el
Caribe y Centroamérica. Estos son los países
más interconectados con EU mediante el comercio,
las finanzas, el turismo, la migración y las remesas.
Entre EU y estos países surgen asuntos que combinan
el ámbito doméstico y el internacional, haciéndolos
casi inseparables.
Es crucial para EU que participe de una manera positiva
y creativa en la dinámica latinoamericana, en particular
con el nuevo liderazgo establecido en Brasil, un mega país
cuya gran influencia sigue creciendo. La manera en que se
desempeñen Brasil y Lula, su presidente, ejercerá
una influencia decisiva sobre la futura cooperación
entre Latinoamérica y EU para la creación
de un área de libre comercio o, por oposición,
una vuelta a la vieja confrontación del Tercer Mundo
con EU, como en los 70’s.
Si EU sigue una política inteligente con Latinoamérica
eso le valdrá mucho en varios campos, pero los cambios
necesarios no se efectuarán hasta que el Coloso del
Norte pondere de una vez por qué esta región
tumultuosa es tan importante para él.
*Abraham F. Lowenthal es
profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad
del Sur de California y presidente fundador del Pacific
Council on International Policy de Los Angeles.
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Gracias
al petróleo y a las maquiladoras la economía
mexicana
es hoy la octava mayor del mundo, y la única de AL
miembro de la OCDE.
Sin embargo, casi a la mitad del sexenio de Fox el debate
se ha volcado
sobre la revisión del modelo económico.
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La última vez que viajé a
México presencié el fin de una dictablanda
de partido; el Partido Revolucionario Institucional (PRI)
perdió contra la Alianza Fox, fundamentalmente apoyada
por el Partido Acción Nacional (PAN). Habían
sido 72 años de predominio, sólo superado
en el siglo XX por la dictadura comunista en la Unión
Soviética (1917-1991). Sin embargo, los priístas
mantuvieron el control del Senado, y determinaron que Vicente
Fox no pudiera realizar un gobierno enérgico, como
generalmente acostumbran a hacer los presidentes mexicanos,
desde la residencia imperial azteca en Los Pinos. Hubieran
podido presionar algo más el actual presidente de
México y los panistas, de haber obtenido el control
del Congreso en las elecciones del 6 de julio pasado. Pero
eso no estaba escrito.
Por lo tanto, previendo lo que iba a ocurrir, me concentré
en examinar el quo vadis de la economía mexicana.
Supuestamente el crecimiento económico de ese país
fue muy rápido durante la posguerra (1945-1976),
hasta que comenzó a trabarse en un mar de importaciones,
facilitado por el tipo de cambio fijo, tradicionalmente
mantenido entonces en México, de 12.5 pesos (antiguos)
por dólar. Aún recuerdo cuando presenté
uno de mis primeros trabajos sobre niveles de precios, aprovechando
una reunión de bancos centrales de este hemisferio,
para 1973, en que apunté la sobrevaluación
del peso, ante el horror de mis colegas mexicanos. Tres
años después esta moneda se despeñaría
en nuevos (miles de antiguos) pesos, para no volver jamás.
Agotado el proceso de sustitución de importaciones
a través de medidas arancelarias, cuotas y otras
limitaciones cuantitativas, porque demandaba más
divisas de las que ahorraba, México volteó
sus ojos al petróleo.
Nadie creería que a comienzos del siglo XIX este
poderoso producto era conocido como el ''estiércol
del diablo'', mientras que el azúcar tenía
el mote de ''oro blanco''. No en balde Cuba fue, según
Hugh Thomas, la colonia más rica de aquellos tiempos.
Hoy en día sabemos que el petróleo es oro
negro, y ni digamos del azúcar. Como en una inspiración
de sor Juana Inés de la Cruz, México descubrió
que podía exportar productos petrolíferos.
Por qué lo dejó de hacer después de
la nacionalización de las empresas extranjeras (El
Águila, Huasteca) en 1938, es todavía un misterio
de la fe para mí.
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Desde 1976 los mexicanos
volvieron a depender prodigiosamente de sus producciones
primarias, como antaño. Las exportaciones de petróleo
resultaron billonarias. Pero lo más importante es
su aporte fiscal. Los costos promedio del crudo mexicano
(maya, istmo, olmeca) oscilan entre $2 y $3 por barril,
y los precios son alrededor de diez veces más. Ganancias
algo menores, pero aún pingües, se obtienen
en las ventas internas, donde el monopolio Pemex vende la
gasolina más cara que en Estados Unidos. Idem podemos
decir de los amplios recursos gasíferos aliados al
oro negro. Total: si sumamos todos los impuestos, derechos,
afectaciones, etc., relacionadas con estos productos, nos
encontramos con que ascienden al 40% de las recaudaciones
fiscales.
México ha sabido complementar esta fortaleza intrínseca
de su economía con el ensamblaje industrial (maquila).
En contraste con el petróleo, el gas y la energía,
que se concentran grandemente en el sur, las maquiladoras
se establecen predominantemente en el norte. Esta actividad
genera exportaciones mayores de los $60,000 millones al
año y ha impulsado la exportación total de
la nación a niveles de alrededor de $160,000 millones,
que están entre los mayores del mundo. Gracias a
los productos energéticos y a la industria de la
maquila, la economía mexicana es actualmente la octava
mayor del mundo, y la única latinoamericana miembro
de la OCDE (el club de los ricos). Pero en contraste con
el petróleo y sus derivados, y el gas, que dejan
amplios márgenes para el pago a los recursos internos
y al gobierno, la maquilación es exigua en estos
valores agregados (o añadidos) que retiene el país.
Por ello casi a la mitad del sexenio de Fox, el debate mexicano
se ha volcado sobre la cuestión económica.
El TLCAN, vocablo que parece náhuatl y significa
Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se
ha puesto en cuestionamiento. El ser humano más rico
de México (y Latinoamérica), Carlos Slim,
en declaraciones públicas recientes ha dicho que
el modelo económico mexicano debe ser revisado. Al
paso le han salido Fox y su Secretaría de Hacienda,
cuyo subsecretario afirmó que su apellido era neoliberal.
Total, que la recta final hacia la meta de la próxima
elección presidencial, promete ser apasionante.
*Jorge Salazar Carrillo
es profesor y director en el Departamento de Economía,
Florida International University e investigador senior no
residente de Brookings Institution, Washington D.C.
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Desde
que México se unió a EU y Canadá mediante
el TLCAN, millones de campesinos que dependen de la agricultura
son testigos de un deterioro paulatino de ese sector. Por
el contrario, unas cuantas transnacionales acumulan millonarias
ganancias. ¿Acaso es esto lo que buscan los gobiernos
centroamericanos con la firma de un TLC con EU? |
Dice un viejo refrán que guerra avisada
no mata soldado, pero si los gobernantes de Centroamérica
finalmente suscriben un Tratado de Libre Comercio (TLC)
con Estados Unidos, a pesar de conocer la amarga experiencia
de México en ese sentido y los reclamos de los pueblos
opuestos al proyecto, sentirán el sabor amargo de
saber pisoteada su soberanía, que es igual a morir.
Cinco rondas de negociaciones se han efectuado, de un total
de nueve previstas antes de concretarse el acuerdo a fines
de este año, según los planes de Washington.
La última de estas conversaciones concluyó
hace pocos días en Tegucigalpa, Honduras, en medio
de protestas populares de rechazo a un tratado que busca
convertir a los países del área en un paraíso
para el capital y en un infierno para los pueblos, a decir
de Carlos Reyes, líder del Bloque Popular (BP), que
integran más de 30 organizaciones sociales y sindicales
hondureñas opuestas al TLC.
En esta última cita, Estados Unidos dejó claro
que dialogará con Centroamérica como un bloque
y no por separado con cada país, después de
que el grupo dejara traslucir sus diferencias internas respecto
a la propuesta a presentar a Washington sobre los productos
de acceso al mercado del gigantesco país sin aranceles.
De cualquier manera, las negociaciones avanzan con la mantenida
disposición de los gobiernos centroamericanos de
echar a andar una maquinaria que, según renombrados
economistas, aplastará sus economías nacionales,
en franca desventaja con la primera economía mundial.
La experiencia mexicana
En México, donde el 20% de la población
económicamente activa de casi 39 millones de personas
se ubica en el sector agropecuario, ese renglón desempeña
un papel primordial en la economía nacional.
Sin embargo, desde que en 1994 México se unió
comercialmente a Estados Unidos y Canadá mediante
el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN),
casi ocho millones de personas, la mayoría campesinos
pobres que dependen de la agricultura para sobrevivir, son
testigos de un deterioro paulatino de ese sector, en detrimento
de su calidad de vida, mientras, por el contrario, unas
cuantas transnacionales del agro acumulan millonarias ganancias.
Antes de firmarse ese convenio, que hoy Estados
Unidos pretende extender con su proyecto del Área
de Libre Comercio de las Américas (ALCA), los agricultores
mexicanos sintieron en los años ochenta los efectos
de las primeras medidas neoliberales aplicadas al campo,
como parte de la política de ajuste impuesta por
el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para
superar la crisis financiera del país.
Los primeros síntomas del debilitamiento
de la producción nacional se hicieron notar con el
ingreso de México al Acuerdo General sobre
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Comercio y Tarifas (GATT) en 1986, que
dio luz verde a la apertura comercial, extendida con la
puesta en marcha del TLCAN.
Las cifras advierten sobre lo que ha significado ese acuerdo
para México, casi 10 años después de
su introducción: de país exportador se convirtió
en importador de productos cultivados tradicionalmente,
como el frijol y el maíz, este último principal
alimento de la población, y del que se adquirieron
en el extranjero cerca de seis millones 150 mil toneladas
en el 2001.
En los primeros ocho años de existencia del TLCAN,
México duplicó sus importaciones agrícolas
y ganaderas de 2,9 mil millones de dólares a 4,2
mil millones; incrementó en un 44% sus compras de
productos agropecuarios y agroalimentarios, mientras sus
exportaciones sólo se elevaron un 8%.
De manera constante se han violado los plazos fijados en
el acuerdo para la reducción gradual de las tarifas
arancelarias. Desde el mismo momento en que se firmó
el convenio, las importaciones de maíz estuvieron
libre de aranceles y lo mismo ocurrió con el frijol,
arroz y soya, cuya liberalización total fijada para
el 2009 se adelantó 13 años.
Entre 1994 y 1999 la adquisición de estos granos
fuera del país se incrementó en casi un 66%,
lo que equivale a unos 12 millones de toneladas en cinco
años, convirtiéndose México en el principal
importador de esos productos en América Latina.
Igual infortunio corrió la ganadería. Las
importaciones de carne bovina se elevaron un 200% entre
1994 y el 2000; las de carne porcina un 300% y las de huevo
un 55%, en similar período.
De manera que México, uno de los más grandes
países agrícolas del mundo, ha perdido con
el TLCAN su soberanía alimentaria.
De acuerdo con el Departamento de Agricultura de los Estados
Unidos, las importaciones mexicanas de maíz, sorgo,
trigo y soya crecerán casi un 30% en los próximos
10 años.
Miles de campesinos perdieron sus empleos en los primeros
ocho años del TLCAN con la reducción de las
siembras de los cultivos tradicionales hasta 1,6 millones
de hectáreas.
La competencia con Estados Unidos es muy fuerte, sobre todo
después de que el país norteño aprobó
hace un año la Ley de Seguridad Alimentaria e Inversión
Rural, la llamada Farm Bill, que aumenta en casi un 80%
las ayudas directas a la agricultura, con más de
180 mil millones de dólares de presupuesto destinado
a esa actividad hasta el 2011.
El propio Banco Mundial reconoce que la situación
en el campo mexicano es deplorable: dos de cada tres personas
que habitan en el área rural viven por debajo del
límite de la pobreza, la mayoría depende de
otras actividades económicas para subsistir y hay
más de una decena de estados amenazados por la inseguridad
alimentaria, lo cual ha aumentado la emigración hacia
Estados Unidos en alrededor de medio millón de mexicanos
cada año.
¿Acaso es esto lo que buscan los gobiernos centroamericanos
para sus campesinos con la firma de un TLC con Estados Unidos?
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