Año 1 Número 5 Agosto 2003

Oiltanking
          VS
Oldthinking

El problema es de sobra conocido: en todo Quintana Roo no existe un depósito industrial de combustibles capaz de garantizar el abasto al menos por unos cuantos días.
De hecho, cada litro de gasolina que se consume en el Caribe mexicano es transportado en pipa, directo a las gasolineras, desde el puerto de Progreso, en Yucatán. Pero la cosa se complica en los meses de invierno, cuando la costa de la península es azotada por los ‘nortes’ y Progreso permanece cerrado a la navegación. Entonces, ese acarreo hormiga se efectúa por carretera desde la refinería de Pajaritos, en Veracruz.
Exactamente en el mismo caso se encuentra el diesel (de consumo reducido en la entidad, porque la demanda industrial es baja), y la turbosina para los aviones (de consumo igualmente reducido, a pesar de que el aeropuerto de Cancún es el segundo en el país en número de operaciones: el costo del transporte eleva tanto su precio, que las aerolíneas prefieren mandar los tanques cargados con el combustible que precisan para regresar antes que pagar los exorbitantes sobreprecios que implica abastecerse en Cancún).
Muy atento al problema, desde hace varios años Pemex concibió establecer un mega-depósito de hidrocarburos en Leona Vicario, a escasos 40 kilómetros de Cancún, que sería alimentado por un oleoducto proveniente de Progreso. Pero el proyecto no ha pasado de proyecto: Pemex nunca tiene recursos para hacer la inversión y tampoco se ha decidido a hacer una licitación pública.
(Entre paréntesis, hay que apuntar que varias empresas extranjeras están interesadas en el negocio, por una sencilla razón: es un negocio redondo. Pemex paga, y paga muy bien, por la construcción de los ductos y el almacenaje de sus carburantes).Así las cosas, Pemex concibió un proyecto paralelo: otro depósito de combustibles, pero esta vez al sur de Cancún, vinculado a las instalaciones portuarias de Puerto Morelos.

La idea es edificar una media docena de tanques gigantescos, suficientes para abastecer al estado por un periodo de 14 días, y reducir las dimensiones del oleoducto, pues en esta opción la tubería alimentadora conectaría el puerto con el depósito (unos cinco kilómetros), con un ramal secundario hasta el aeropuerto (otros 20 kilómetros).
Desde luego, esa solución requiere adecuaciones mayores.
Primero, hay que dragar hasta una profundidad de ocho metros el canal de navegación de Puerto Morelos, para permitir la entrada de las barcazas petroleras. Esa obra implica remover alrededor de un millón de metros cúbicos de arena y cien mil más de roca, con un costo aproximado de cuatro millones de dólares. La ventaja de esa ampliación, no importa quien la haga, es que habilitaría a Puerto Morelos para recibir embarcaciones de unas ocho a 10 mil toneladas (en la actualidad, su máxima capacidad es de cinco mil).
Segundo, hay que ampliar el muelle y adicionarle la terminal del oleoducto. Y luego, hay que llevar ese oleoducto por arriba de los manglares (para respetar el flujo natural de esos ecosistemas), alrededor del Jardín Botánico, por debajo de la carretera, y lejos de los centros de población, hasta la zona extrema de la ciudad industrial, con un costo de otros cuantos millones de dólares.
Tercero, hay que construir los tanques, con unas medidas de seguridad muy estrictas y una tecnología de vanguardia, y, desde luego, hay que encontrar una compañía dispuesta a hacerlo, con una cartera bien forrada de billetes, pues las primeras estimaciones prevén una inversión directa de unos 30 millones de dólares.
Mas como el negocio es redondo, de inmediato surgió un interesado: la compañía danesa-holandesa Oiltanking, que mantiene operaciones de transporte y almacenaje de hidrocarburos en más de 30 países, entre los cuales se encuentra México (con depósitos en Acapulco, Manzanillo, Mazatlán, Ciudad de México y otras plazas).

Y el asunto, que cuenta con el visto bueno del Gobierno del Estado y que está impulsando en lo personal el secretario de Desarrollo Económico, Luis García, ya andaba en la etapa del proyecto ejecutivo (tras lo cual sería sometido a los estudios de impacto ambiental, para luego ser presentado en consulta pública), y de repente empezó a ser denunciado como un atentado al ecosistema. El resto de la historia era bola cantada: los ecologistas radicales lo han adoptado como bandera y amenazan con oponerse al proyecto por el proyecto mismo, más allá de cualquier garantía de seguridad.
Ese giro tomó a Pemex, a Oiltanking y al mismo Desarrollo Económico por sorpresa. Muy a las carreras, los promotores tuvieron que asistir a una consulta pública en Puerto Morelos y, tratando de mostrar las bondades de la iniciativa, han organizado algunas reuniones informativas con los habitantes del poblado, pero sus presentaciones carecen de consistencia, no muestran un frente unido (el gobierno municipal, por ejemplo, ni siquiera conocía el proyecto), y no proyectan una buena imagen.
Pese a todo, como es obvio que Quintana Roo lo requiere, es muy probable que la planta de Oiltanking (o cualquier otra), pronto forme parte del paisaje de Puerto Morelos. Pero también es posible que se repita el absurdo: con la caja de resonancia de la prensa escandalosa, en este país los ecologistas radicales pueden detener cualquier cosa

 
 


 

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