| El problema
es de sobra conocido: en todo Quintana Roo no existe un depósito
industrial de combustibles capaz de garantizar el abasto al
menos por unos cuantos días.
De hecho, cada litro de gasolina que se consume en el Caribe
mexicano es transportado en pipa, directo a las gasolineras,
desde el puerto de Progreso, en Yucatán. Pero la cosa
se complica en los meses de invierno, cuando la costa de la
península es azotada por los ‘nortes’ y
Progreso permanece cerrado a la navegación. Entonces,
ese acarreo hormiga se efectúa por carretera desde
la refinería de Pajaritos, en Veracruz.
Exactamente en el mismo caso se encuentra el diesel (de consumo
reducido en la entidad, porque la demanda industrial es baja),
y la turbosina para los aviones (de consumo igualmente reducido,
a pesar de que el aeropuerto de Cancún es el segundo
en el país en número de operaciones: el costo
del transporte eleva tanto su precio, que las aerolíneas
prefieren mandar los tanques cargados con el combustible que
precisan para regresar antes que pagar los exorbitantes sobreprecios
que implica abastecerse en Cancún).
Muy atento al problema, desde hace varios años Pemex
concibió establecer un mega-depósito de hidrocarburos
en Leona Vicario, a escasos 40 kilómetros de Cancún,
que sería alimentado por un oleoducto proveniente de
Progreso. Pero el proyecto no ha pasado de proyecto: Pemex
nunca tiene recursos para hacer la inversión y tampoco
se ha decidido a hacer una licitación pública.
(Entre paréntesis, hay que apuntar que varias empresas
extranjeras están interesadas en el negocio, por una
sencilla razón: es un negocio redondo. Pemex paga,
y paga muy bien, por la construcción de los ductos
y el almacenaje de sus carburantes).Así las cosas,
Pemex concibió un proyecto paralelo: otro depósito
de combustibles, pero esta vez al sur de Cancún, vinculado
a las instalaciones portuarias de Puerto Morelos.
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La idea es edificar una
media docena de tanques gigantescos, suficientes para abastecer
al estado por un periodo de 14 días, y reducir las
dimensiones del oleoducto, pues en esta opción la
tubería alimentadora conectaría el puerto
con el depósito (unos cinco kilómetros), con
un ramal secundario hasta el aeropuerto (otros 20 kilómetros).
Desde luego, esa solución requiere adecuaciones mayores.
Primero, hay que dragar hasta una profundidad de ocho metros
el canal de navegación de Puerto Morelos, para permitir
la entrada de las barcazas petroleras. Esa obra implica
remover alrededor de un millón de metros cúbicos
de arena y cien mil más de roca, con un costo aproximado
de cuatro millones de dólares. La ventaja de esa
ampliación, no importa quien la haga, es que habilitaría
a Puerto Morelos para recibir embarcaciones de unas ocho
a 10 mil toneladas (en la actualidad, su máxima capacidad
es de cinco mil).
Segundo, hay que ampliar el muelle y adicionarle la terminal
del oleoducto. Y luego, hay que llevar ese oleoducto por
arriba de los manglares (para respetar el flujo natural
de esos ecosistemas), alrededor del Jardín Botánico,
por debajo de la carretera, y lejos de los centros de población,
hasta la zona extrema de la ciudad industrial, con un costo
de otros cuantos millones de dólares.
Tercero, hay que construir los tanques, con unas medidas
de seguridad muy estrictas y una tecnología de vanguardia,
y, desde luego, hay que encontrar una compañía
dispuesta a hacerlo, con una cartera bien forrada de billetes,
pues las primeras estimaciones prevén una inversión
directa de unos 30 millones de dólares.
Mas como el negocio es redondo, de inmediato surgió
un interesado: la compañía danesa-holandesa
Oiltanking, que mantiene operaciones de transporte y almacenaje
de hidrocarburos en más de 30 países, entre
los cuales se encuentra México (con depósitos
en Acapulco, Manzanillo, Mazatlán, Ciudad de México
y otras plazas).
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Y el asunto, que cuenta
con el visto bueno del Gobierno del Estado y que está
impulsando en lo personal el secretario de Desarrollo Económico,
Luis García, ya andaba en la etapa del proyecto ejecutivo
(tras lo cual sería sometido a los estudios de impacto
ambiental, para luego ser presentado en consulta pública),
y de repente empezó a ser denunciado como un atentado
al ecosistema. El resto de la historia era bola cantada:
los ecologistas radicales lo han adoptado como bandera y
amenazan con oponerse al proyecto por el proyecto mismo,
más allá de cualquier garantía de seguridad.
Ese giro tomó a Pemex, a Oiltanking y al mismo Desarrollo
Económico por sorpresa. Muy a las carreras, los promotores
tuvieron que asistir a una consulta pública en Puerto
Morelos y, tratando de mostrar las bondades de la iniciativa,
han organizado algunas reuniones informativas con los habitantes
del poblado, pero sus presentaciones carecen de consistencia,
no muestran un frente unido (el gobierno municipal, por
ejemplo, ni siquiera conocía el proyecto), y no proyectan
una buena imagen.
Pese a todo, como es obvio que Quintana Roo lo requiere,
es muy probable que la planta de Oiltanking (o cualquier
otra), pronto forme parte del paisaje de Puerto Morelos.
Pero también es posible que se repita el absurdo:
con la caja de resonancia de la prensa escandalosa, en este
país los ecologistas radicales pueden detener cualquier
cosa
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