Año 5 Número 59 Febrero 2008
 
   

Fumando espero...

Con el afán de atizar la sabrosa polémica que se ha montado en torno a la Ley Antitabaco, me he pasado una mañana en Internet buscando datos que le puedan servir como arietes a cualquiera de los dos bandos.
Desde luego, entiendo que se trata de una pelea sin arreglo posible, una lucha de posturas frenéticas e irreconciliables, pues mientras los unos tachan de fascistas a quienes aspiran a respirar, los otros llaman asesinos en serie a quienes sólo pretenden echarse un cigarrito.
Como yo, en este caso particular, no sé si voy o vengo, y mucho menos, si fumo o no fuman, estoy tratando de permanecer neutral, con la cándida pretensión de disfrutar de la batalla. Así que ahí va el recuento.
n Primera sorpresa: en México se fuma muy poco. Tan sólo el 12 por ciento de los hombres y el cuatro por ciento de las mujeres, lo que nos lleva a un consumo per cápita anual de 647 cigarros (ojo con esta cifra: es por persona, incluyendo infantes y niños). Eso está muy lejos de las grandes fumarolas del continente, que serían Argentina (1, 512), Uruguay (1, 616), Estados Unidos (1, 721), Cuba (1, 756) y, ¡oh sorpresa!, Canadá (1, 836, pese a que está prohibido fumar en todas partes), y se halla a años luz del récord mundial en la especialidad, que le pertenece a la olorosa España, con 2, 464 pitillos al año
n Con todo, esos 647 cigarritos mexicanos suman la portentosa cantidad de tres mil 800 millones de cajetillas, que le dejan al gobierno unos 20 mil millones de pesos en impuestos directos, sin contar los que pagan las tabacaleras por sus utilidades. Veinte mil millones de pesos: se dice rápido, pero es casi lo que vale la planta hotelera de Cancún, es decir, se podría construir otro Cancún cada año con ese dinero.
n Por eso es tan difícil luchar contra el cigarro: su venta es una mina de oro para las arcas públicas. Algunos países recaudan por ese concepto ¡cuatro mil veces más! de lo que gastan en prevenir el consumo. México anda a la mitad de la tabla: 340 a 1, en la relación impuestos contra campañas antitabaco.
n En el momento de redactar estas líneas, los parlamentos de la República Checa, Sudáfrica, Vietnam, Argentina, Corea del Sur, Nueva Zelanda y, desde luego, México se encuentran discutiendo la aprobación de leyes antitabaco. Y en España estaba a discusión una moción de censura, porque a Zapatero se le ocurrió prender un puro en el Palacio de la Moncloa, que será la residencia oficial del Presidente, pero también es un edificio público y su centro de trabajo, según alegaba la diputada del PP que promovía el castigo. Más de 50 países ya cuentan, en mayor o menor grado, con medidas restrictivas al consumo, sin contar las escalofriantes advertencias impresas en el lomo de las cajetillas. Los ejemplos mundiales de persecución a los tragahumo son Irlanda, Noruega, Italia y Canadá, donde por ley los fumadores son unos apestados.
n La trifulca la va ganando sin duda el bando de la represión, encabezada por la Organización Mundial de la Salud, cuya titular, una doctora china muy entrona que se llama Margaret Chan, acabó primero con la fiebre de los pollos en el Sur de Asia, y ahora se ha dejado ir sobre los chacuacos. En todo los países del llamado Primer Mundo están surgiendo como hongos las ONG’s antitabaco, cuya prioridad manifiesta es impedir la publicidad de las tabacaleras. Pese a todo, la OMS estima que sólo el cinco por ciento de la población mundial está protegida contra esos promocionales. Por cierto, las tabacaleras gastan doce veces más en producir anuncios que en producir cigarros.
Como sea, en todos los países donde se han aprobado leyes antitabaco se aprecian claramente tres fases, a saber:
Primero, la fase apocalíptica, en la cual los hoteleros anuncian que van a quebrar, los restaurantes se amparan en masa, las tabacaleras amenazan con el cierre, en fin, todos los afectados vociferan. Por ahí anda México en este momento...
Luego viene la fase acomodaticia, en donde todos los afectados buscan la manera de sacarle la vuelta a la ley, cosa de derribar unos metros de muro para inventar jardines e improvisar terrazas. En España, la organización No Fumadores calcula que el 75% de “los lugares públicos libres de humo incumplen la legislación antitabaco”, en estricto apego a la sabiduría popular que establece que después de un buen taco, lo que procede es un buen tabaco.
Y al final, lo que queda es la fase de la sorda resignación, en la cual los afectados tienen que apiñarse en los más apestosos rincones de los aeropuertos, o en las ventosas y gélidas puertas de los bebederos, desde donde miran con odio jarocho a los promotores del aire limpio, que a la vez devuelven la mirada con inocultable repugnancia a los consumidores de nicotina.
Ni a quien irle: es una ecuación de pierde-pierde.
Y no tiene remedio: cómo podrían los enemigos fumar la pipa de la paz… ¡si está prohibido fumar!

 
Sotano

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