Año 4 Número 49 Abril 2007
 
   

Hole in one

 

La verdad, iba jugando mal.
Eso no es novedad: casi siempre juego mal. Hago muy pocos pares y mi juego está plagado de pifias y distracciones. Algún día fui un aceptable catorce, pero tengo un handicap creciente, antes que menguante, y ya nadie protesta a la hora de las apuestas si declaro que soy un veintidós…
Pero este era el torneo de la PGA, el pro-am del Maya Cobá, la oportunidad histórica que teníamos los maletas de recorrer el campo como comparsa de los profesionales. Ahí, de cuerpo presente, eras testigo de cómo estos brutos le atizan 300 yardas a su drive, cómo buscan la esquelética bandera con sus fierros largos, cómo pasan rozando el agujero en putts kilométricos.
Quieras que no, tanta destreza atlética te azora, te aplasta, te apabulla…
Y juegas mal, porque no vas pensando en los golpes certeros sino tan sólo en la gracia celestial de no cometer, frente a los ojos del maestro, un yerro desastroso, hacer un sapo infame, digamos, o una méndiga paloma, que te convierta en el hazmerreír del respetable.
Miguel Borge, integrante del grupo, tuvo la ocurrencia de meterse la noche previa a Internet a medir el calibre de nuestro pro: Jesper Parnevick, sueco de cuna, alto y correoso, cuarentón que llegó a figurar entre los primeros cuarenta golfistas del mundo.
Buenísimo el muchacho, pero tampoco iba jugando bien, sacaba los pares a tirones, andaba de un humor de perros, tal vez por tener que jugar con tanto inútil. Correcto en su trato, pero no cortés, mucho menos amable, observaba nuestros tiros con el desdén de un semblante gélido y reanudaba la marcha sin comentarios.
Así llegamos al hoyo siete, un par tres corto, que apunta de frente al eterno y resuelto soplo del mar. Jesper, como de costumbre, la dejó a unos metros de la bandera. Mientras me cuadraba para tirar, pensé si había agarrado suficiente bastón para vencer al aire. Pero le pegué sólido: era indudable que la bola se dirigía al green y Jesper todavía le ayudó con unos susurros animosos: ¡gouuu! ¡gouuu! ¡gouuu!
Ya no veo muy bien de lejos, pero clarito vi cómo la bola pegó a medio green y, de un solo bote, se metió al hoyo.
¿Era verdad?
¿Estaba soñando?
¿Había metido un hole in one frente a Jesper Parnevick en un torneo de la PGA?
Por unas centésimas de segundos me quedé petrificado, dudando si había visto bien, si era posible aquel milagro.
Pero Jesper lo vio, Borge lo vio, su mujer Rosalía lo vio, Pepe Acevedo lo vio, y lo vieron la media docena de fans que seguían a Parnevick, y en unos instantes todo era algarabía, gritos, abrazos, júbilo, euforia.
Jesper, de pronto sonriente, me instruyó a caminar hasta la bandera, sacar la  bola del hoyo con los dedos índice y medio, y mostrarla a los escasos espectadores, ritual que arrancó un aplauso como los que se oyen en televisión. ¡Mhh!
Dos oficiales de la PGA, con sus uniformes naranjas, me pidieron mis datos personales, para asentarlos, dijeron, en la cédula oficial del torneo. ¡Mhhhh!
Y cuando terminamos la ronda, en el hoyo 18 me esperaba la jefa de prensa del evento, que me sentó frente a los periodistas en el salón oficial para dar pormenores de la proeza y me sometió, diré que de buen grado, a una sesión fotográfica, material que al día siguiente se reprodujo en el periódico Reforma y en el sitio web de la PGA. ¡Mhhhhhh!
En el mundo entero existe la tradición de que quien mete un hole in one paga los tragos de toda la concurrencia (no sólo de tu grupo, sino de cuanto golfista haya en el campo). Es una fórmula para bajarte los humos, creo yo, de castigarte para que sepas el precio de la gloria, de recordarte que todo se redujo a una chiripa, una casualidad, un churrazo.
Esa penitencia era imposible en el torneo de la PGA, donde todo mundo traía todo pagado, pero terminé rindiendo el tributo unos días más tarde, con una dilatada y ruidosa juerga de cantina.
Sin embargo, quien realmente me ubicó en la realidad fue mi amigo y maestro (de golf) Armando Pezzotti, quien, al enterarse de la hazaña, se limitó a comentar que eso demostraba que cualquier penitente podía meter un hole in one.
Claro está, la palabra que usó Pezzotti no fue precisamente penitente.

 

 
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