Muchos de los problemas que padece Cancún son por falta de amor. Las autoridades municipales, estatales y federales no le han tenido amor a esta ciudad. La han visto sólo como un negocio de suculentos dividendos, como un hotel de paso, como una amante para presumir pero no para querer.
En la historia de Cancún, salvo en sus primeros años, ha estado ausente el sortilegio del amor, ese sortilegio que todavía ilumina la mirada de muchos habitantes de esta ciudad y que muchas veces se transforma en un gesto de tristeza ante los padecimientos y las grietas de este nuestro hogar común.
En el palacio municipal, en el palacio de gobierno de Chetumal y muchos ámbitos del gobierno federal -ya vimos que hasta en las más altas instancias de la judicatura federal- se ve a Cancún con indiferencia y a los cancunenses con desdén. Allí están los resultados a la vista. Los hechos hablan por sí solos.
Las inversiones del gobierno estatal son las mínimas y las del federal se han estancado. En cambio, lo que Cancún aporta al estado y a la Federación es demasiado.
Los cancunenses queremos a nuestra ciudad y nos duele lo que le pasa. Nos duelen sus arrugas prematuras; nos duele que siendo joven ya tenga padecimientos de ciudad vieja.
Nos entristece que desconozca el embrujo de la caricia amorosa. Sólo ha sufrido groseros manoseos. Nos entristece que no haya tenido el hechizo de la voz queda al oído. Sólo ha conocido el grito, la destemplanza, el ruido.
No es cuna de sueños plácidos sino incubadora de ambiciones que se convierten en pesadillas. Es pedestre trampolín político; es pedestal de esquizofrénicas vanidades.
Esta es una ciudad que no ha conocido el amor de los políticos aunque todos -y todas- la desean. Y es que no hay nada más alejado del amor que la política actual, donde sólo imperan las relaciones de poder, la manipulación mediática, el engaño de los perfumes baratos en envases caros y la truculencia de un pragmatismo desdeñoso de principios y valores.
Y mientras vemos grotescos ajustes de cuentas en los partidos, mientras observamos el esplendor del oportunismo en torno al ganador, mientras unos se rasgan las vestiduras por la derrota y otros echan las campanas al vuelo por una victoria que es de la sociedad, los cancunenses que amamos a nuestra ciudad -y somos más de lo que se cree-, debemos pensar más en ella, preocuparnos más por ella, darle más tiempo a sus problemas y estar siempre preparados para cuidarla y defenderla. Porque de lo contrario...