| Hace unos años, cuando el crimen se volvió experiencia colectiva y cotidiana, los habitantes de la Ciudad de México adoptaron una sabia previsión: en las reuniones de amigos, cenas y cosas así, sólo se permitía contar la reseña de un delito por persona, ya fuera secuestro, o asalto a mano armada, o simple cristalazo, para evitar que toda la velada se convirtiera en una reseña de desgracias.
Nunca faltaba material de horror en ese preámbulo, pues no hay chilango que no haya sufrido en carne propia, o de familiar, o de vecino, los horrores de esa violencia desatada. Pero la fórmula funcionaba: superado el patético prólogo, la tertulia podía dedicarse a temas más placenteros y reconfortantes.
¡Qué lejos parecían de Cancún esas truculencias!
¡Qué cerca están ahora!
Un día, amanecemos con la noticia de una docena de ajusticiados en Bonfil, al estilo inconfundible de los narcos.
Al otro, escuchamos que dos bandas de chavos se trenzan en batalla campal en un centro comercial, con saldo de un muerto.
Ayer, te enteras que ya se inició la pesadilla del secuestro, de momento en la modalidad express, pero con la fundada sospecha de que pronto tendremos versiones más temibles.
Hoy, leemos sin asombro del enésimo asalto a una joyería de Ultrafemme (llevan como doce percances), y con menos asombro registras que se trató de ex policías.
Y hoy, ya ni es noticia que encontraron otro taller que maquilla carros robados.
Y hoy, ya es normal que los aparadores de las casas de empeño rebosen de mercancía chueca, producto de los asaltos a casas habitación.
¿Alguien duda de lo que sucederá mañana?
En entrevistas separadas, incluidas en esta misma edición, tanto el gobernador como el alcalde electos colocan entre sus prioridades la seguridad pública. Propósito idéntico manifiestan los de Isla Mujeres, de Cozumel, de Playa del Carmen, dejando entrever que el asunto preocupa a lo largo y ancho del estado.
Qué bueno que así sea, porque la seguridad pública es una responsabilidad exclusiva del gobierno. Si se quiere encarar el problema, resulta ridículo pedirle a Ultrafemme, o a Plaza Las Américas, o a cualquier otro negocio que refuerce su vigilancia, porque el auténtico problema estriba en que todos los jefes policíacos de los últimos años, sin excepción, han sido acusados de conductas tan honrosas como homicidio, asociación delictuosa, robo de vehículos y narcotráfico.
(¿Dónde habrá quedado, lo digo con nostalgia, aquel beatífico y entrañable genízaro, que buenamente se ganaba la vida juntando mordidas?).
Para la nueva administración, ese y ningún otro es el gran desafío.
De que se resuelva, o al menos de que se contenga, depende en mucho la calidad de vida de la ciudad, el atractivo como destino turístico, y a largo plazo hasta el flujo de las inversiones y la prosperidad económica de la región.
Si se descuida, si se desdeña, si se complica, el pronóstico es grave: se nos puede caer todo el teatrito.
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