México es un país sin rumbo. A pesar de contar con un tamaño de producción que nos coloca en el noveno lugar del escalafón mundial, estamos ausentes de la discusión que mueve al mundo moderno. La tecnología avanza, y México no la adopta; los ciudadanos del mundo se movilizan, mientras los mexicanos se domestican; el turismo global se vuelve más sofisticado, pero en México confiamos en nuestra "hospitalidad". Es patético.
El Banco Mundial ha sido demasiado benevolente al proyectar un crecimiento cercano al cinco por ciento para las economías en desarrollo para este y el siguiente año. México, como miembro de la OCDE, estaría creciendo a un ritmo de 2.5%. Quizá se cumpla. No obstante, no preocupa tanto la cifra, sino la posibilidad real de contar con sectores fuertes, con estrategia y rumbo, diferenciadores de nuestra capacidad frente a otras naciones.
El turismo debería cumplir esa labor. Pero no ocurre. La tibia administración de Rodolfo Elizondo al frente de la Secretaría de Turismo se complementa con la incapacidad de sus empresas para construir propuestas con marcas globalmente reconocidas. En turismo la marca es muy importante, y si bien es cierto que el Caribe mexicano tiene lo suyo, carece de una marca global que sea identificada con fortalezas inimitables.
Me explico. Una cosa son los recursos naturales y arqueológicos que se hallan en la zona, y otra, sustantivamente diferente, es crear una marca con ellas. El Caribe nuestro, y Cancún en lo particular, carecen de una posición estrictamente diferenciada para un público objetivo. Le apuesta al "turismo extranjero", whatever that means. No nos extrañe por lo tanto que los springbreakers irrumpan en marzo tanto como los lunamieleros en la segunda mitad del año.
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La indefinición de un carácter estratégico para Cancún no podía haber recibido favor más flaco que el que propinó el escándalo del Niño Verde hace un par de meses. El episodio, cuando más, alistó a la clase política para poner focos rojos en la región; y cuando menos -aunque quizá más importante-, nos exhibió a nosotros mismos con la exuberancia que caracteriza al mexicano promedio: despreciativo de la naturaleza, corrupto, irrespetuoso de la ley, hacedor de negocios en lo oscuro.
Al inicio de este sexenio todo parecía indicar que el turismo se convertiría en el puntal del México moderno. Y el Caribe con él. Era el amanecer. ¡Qué deseosos estábamos muchos mexicanos de que los empresarios de la región más privilegiada generaran el ejemplo para dictar la pauta turística nacional!
Pero no se cumplió. Las discusiones inacabadas de la ley para regular la entrada de casinos, la grilla de los hoteleros para evitar la llegada del Home Port, y el desconocimiento generalizado de lo que quiere el país como puntal turístico hacia afuera son las tres características que definen al sector en la región. Es una pena. Así fue, así sigue siendo. Se antoja difícil que deje de ser así.
A partir de esta edición tendrá una colaboración mensual en Latitud 21 motacarlos@aol.com
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